By Brújula
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manifestación portada

 

Laysa Palomo / Colaboración /

No estaba segura de hacerlo, pero al ser estudiante de comunicación y trabajadora del sector de investigación en el país, era lógico que los comentarios y organizaciones para asistir a la manifestación comenzaran a darse. No podía decir que sí ni no porque una parte de mí necesitaba participar para demostrar mi indignación con estos gobernantes descarados que tenemos, pero otra cree que hay alternativas distintas para ejercer mi ciudadanía.

–Sí voy.

Alrededor de las 3:00 p.m. del sábado 25 me subí en el Transmetro con mi novio. Me sentía segura de querer hacerlo. En el bus se notaba cómo otros jóvenes también iban de camino a la plaza central. Nos bajaron en la estación de la zona 4: “Hasta aquí llegamos por la manifestación, es por seguridad señorita.”

-Pidamos un taxi, ¿se apuntan?

-Démosle, nos va a salir como a Q5.00 cada uno.

Íbamos cinco en el taxi. Tres directo a la plaza. Veía gente caminando con carteles y cintas en su cabeza exigiendo justicia. Me bajé del taxi y la emoción llegó a mí. No pude evitarlo, toda esta gente estaba allí porque compartía conmigo esa indignación. Todos estábamos (seguimos) molestos.

Miré a mi alrededor y me sorprendí de ver a tantas caras conocidas. Fue un sentimiento increíble encontrarme amigos y que me dijeran: “Que bueno verte acá.” Comencé a repetirles lo mismo, se vivía un aura de poder. Viví por primera vez lo que la unión del pueblo significa.

Entendí que eso que hacíamos a las 4:00 p.m. frente al Palacio Nacional era democracia.

-¡Que la quemen!

Una piñata de la señora pasó sobre mi cabeza. Y comencé a ver los carteles que tenía la gente. El ingenio chapín es increíble. Pero las ganas con las que gritaban sus exigencias era lo que más me asombraba. Tomé fotos. Allí no importaba en qué universidad estudiabas, si eras indígena o ladino, o de qué clase social eras. Allí todos éramos uno solo pidiendo justicia; exigiendo justicia.

-Qué bueno ver a tanta mara acá, aunque para Rosenberg éramos más. ¿Laysa, tú llegaste?

-No, yo no fui.

Honestamente no se si fueron más o menos que aquella vez, pero todos me dicen que en la del sábado fueron más de los que pensaron.  Terminó la manifestación para mí y me retiré de la actividad. No pasó nada violento y las únicas muestras de salvajismo fueron demostradas hacia Otto Pérez Molina hecho una rata de piñata y a Roxana Baldetti con imágenes y fuego.

¿Qué pasará con todas esas personas que nos reunimos esa tarde? La mayoría quizá no vuelva a participar de forma directa en algún acto que permite la democracia. Incluso creo que una buena cantidad de personas allí reunidas se rehúsa a votar. ¿Pero saben algo? Guatemala está cansada y actividades como esta crean un efecto de bola de nieve en donde los participantes muestran en redes sociales fotos de la marcha, y parece que esto no se va a detener pronto. Llegaron a contar la experiencia con sus amigos apáticos y despertaron quizá a más de algún dormido. Están ayudando a que otras personas se informen, a que otras personas quieran saber qué se puede hacer, a que se rompa el estereotipo de que manifestar es un acto criminal media vez sea bien organizado y se enmarque en la dignidad de los que deciden hacerlo.

Bien dice el abuelo de un amigo “Manifestar es la voz del pueblo.”

Perdamos el miedo a dar nuestra opinión, a decir en qué estamos de acuerdo y qué nos enoja de la forma en que vivimos. No sabemos a quién tenemos adelante. Quizá alguna idea surja para mejorar la situación del país.

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