By Brújula
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Eliu Nuila / Opinión /

Los meses han pasado después de un adiós, aquel adiós que no se sentía como un hasta pronto, como en otras ocasiones cuando peleábamos. Los dos sabíamos que después de esa tarde ya no sabríamos nunca más el uno del otro, y que nuestras vidas habían sido transformadas para bien o para mal, el tiempo lo diría y lo juzgaría. Nos diría si habíamos cometido el peor error o la mejor decisión de nuestras vidas. Yo en ese entonces no lo sabía, en lo más profundo de mi dudaba si todo tenía que terminar así o simplemente fui alguien más en tu vida.

Los días empezaron a transcurrir; día y noche rodando lágrimas al mencionar tu nombre en mi silencio, ahí en lo más oscuro de mi habitación donde nadie mas que mi almohada y mi sábana conocieron tu nombre, contaron las noches y las lágrimas que esas noches y esos días rodaron en mi mejilla, maldiciendo el día en que dejé que todo cambiara.

Esas lágrimas se debían porque mi mente despertaba y traía aquellos recuerdos cuando a solas tú y yo pasábamos tardes enteras, noches a solas en la lejanía de todos y todas, los fines de semana que nos escapábamos para decirnos en silencio lo mucho que nos amábamos, esas palabras eran las que no me dejaban tranquilo, recordando cuando tú me decías “te amo y siempre estaré contigo.” Me recriminaba mis hechos, mis acciones, lo que yo hice para que tú no estés hoy conmigo.

Entré en una crisis nerviosa y en una depresión, lo que provocó que dejara el interés por mi diario vivir; vivía solo por vivir, comía solo por comer, bebía solo por beber, dormía solo por dormir, sonreía solo para que no se me olvidara que es la sonrisa; aunque por dentro sentía que era un hipócrita, pues no sentía ya el interés y a pesar de ello siempre fingí en las medidas de mis posibilidades.

Siempre le pregunté a la luna si estabas bien, si cuidaba de ti y si al finalizar tu día pensabas en mí cuando cerrabas tus ojos…

También le preguntaba al sol si al despertar pensabas en mí, si alumbraba tu camino y al medio día te daba sombra. Tengo que admitir fue muy difícil saber de ti, aunque siempre existía alguien que te mencionaba y me hablaba de ti… Jamás pude fingir en mis ojos y mis gestos el interés de saber de ti y preguntaba si estabas bien.

Nuestras vidas al parecer estaban destinadas al olvido y solo a vivir del recuerdo que un día vivimos juntos. Hubo más momentos malos que buenos, pero esos pocos momentos fueron los que me impulsaron para ir detrás de ti, a pesar que fui objeto de constantes humillaciones por parte de ti nunca me di por vencido, nunca dudé que lo que un día habíamos vivido lo podíamos volver a vivir dejando por un lado nuestros errores. Pero cada vez se veía mucho más lejos para cualquiera, aún para ti era imposible volver a estar juntos.

Una noche en la que empezaba a olvidarte, sonó mi teléfono. Eras tú, ¿llamarías para decirme que moría? ¿O dirías que me extrañas?. Y es que esas preguntas siempre estuvieron, pues hasta me matabas en varías ocasiones con tan solo tus palabras.

Ha pasado ya un año, yo sin ti, todo es igual, nada cambió. Nuestro amor se desvanecía, mi vida estaba por los suelos, a punto de tirar la toalla porque recordar esa fecha, ese día, esa hora y ese momento hicieron de ese día el peor de todos. Amanecí llorando por tu nombre, por tus recuerdos, a pesar que posiblemente estabas durmiendo a la par de mí y fue entonces donde sufrí un menosprecio, pues ni un hola pude obtener.

El tiempo sigue y sigue avanzando, nuestras indiferencias poco a poco van cambiando. El destino me llevó a otro lugar, lugar donde estaría solo. Los primeros días de estar en este nuevo lugar sonó mi celular y eras tú, mi corazón palpitaba fuerte.

Contesté y preguntaste: –¿Cómo estás?

Yo sin saber que responder dije: –bien gracias a Dios.

-¿Estas en Guate?.

Vuelvo a contestar: -Si

-¿Nos podemos ver?

-No, creo

-¿Donde estás? yo llego

-No, mejor no.

Esa es la pequeña conversación que se dio esa noche del viernes. Sábado en la mañana suena nuevamente mi celular, preguntaste ¿dónde estás? y la hora en que yo iría por ti para ir a mi casa y hablar. Esa mañana pasó lo que tuvo que pasar, pero eso no significaría nada para tí.

Finalmente, creo que al pasar lo días, accedió nuevamente y regresamos a intentar una relación que quién sabe si duraría un año, un mes, un día o esa misma hora terminaría. El nivel de amor creció -según nosotros- pues hicimos cosas nuevas, platicamos que no harías las mismas cosas para no lastimar a nadie.

Hoy después, de tres años la luz de la vela se ha apagado, pues está mojada con tus lágrimas y las mías. Significan que hemos fracasado, nuevamente nos lastimamos mutuamente. Hoy más que nunca, me doy por vencido, tiro la toalla y digo adiós porque fallé y no quiero cometer los mismos errores, ni prometer algo que no cumplí, cientos de veces.

Pero a pesar de ello, te amaré en el silencio de mi soledad…

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