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José Andrés Franco / Opinión /

No tengo que decirles que tan mal están las cosas. Cualquier persona con un poco de sensibilidad por el país sabe lo mal que están.

Las extorsiones están a la orden del día, los asaltos son tan comunes como el trafico a las 8, asesinatos a todas horas, los casos de corrupción parecen ser episodios de una mala serie policiaca en donde todos somos investigadores (porque es la única forma como vemos un caso realmente resuelto); la pobreza nos golpea en el momento que el semáforo marca el color rojo.

Los spots, los postes, las vallas adornadas con logos, frases, colores y sonrisas con arreglos de photoshop solo hacen que nos preguntemos ¿de que se estarán riendo? Probablemente de mi…

A pesar de que la realidad ya es bastante explícita en nuestras vidas, los medios de comunicación masivos se encargan de volverla a mostrar de una forma mas creativa y periodística. Hay periódicos en el país que dependen de un asesinato para tener una portada que vender junto con un titular atractivo; los noticieros deciden cual de los 15 asesinatos diarios pueden ser reportados para que no reste tiempo al “deporte” o a las cápsulas en donde Luis Rabbe juega a ser el mejor diputado del país (o al menos esa es la fantasía que comparte con nosotros todos los días).

¿Qué es lo único que realmente queda en nosotros después de vivir, experimentar y observar esta realidad? El miedo, aquel sentimiento que es una combinación de impotencia, amenaza, enojo y desesperanza. Este sentimiento hace que tratemos de voltear la cara, cerrar los ojos, tapar los oídos e ignorar lo que estamos viviendo a toda costa.

El miedo hace que busquemos una forma de aislarnos, de cerrar la puerta y esperar que todo deje de causar ruido en nuestra vida. Pedimos que, por favor, esta realidad no penetre en nuestra conciencia, nuestra mente, pero menos, en nuestro corazón. Esa sería una de las mejores maneras para no dejar que esas situaciones negativas nos contaminen, sería una forma para respirar tranquilamente en algún momento del día y descansar.

Pero no quiero que estén tranquilos, mi intención al escribir esta columna no es para decirles que vivan otra realidad o que busquen formas para ignorar la realidad. Quiero que al menos el día de hoy ni su consciencia o su corazón los dejen tranquilos, porque si no los logro enojar, al menos sembraré inquietud por un día en sus vidas.

La razón para decirles esto no es porque quiera que vivan infelices, es porque ya me cansé de que tener que darle gracias a Dios porque no fui yo al que mataron o al que asaltaron el día de hoy; aunque alguien más esté sufriendo uno de sus peores días de su vida. Es porque ya me cansé de ver como alguien no puede conformarse con lo que realmente merece, piensa que es superior a los demás y roba para saciar su hambre; es porque ya me cansé de ver como el miedo limita nuestras vidas, se alimenta de nuestra indiferencia y se mantiene para beneficiar aquellos que les gusta vernos acorralados.

En esta columna no voy a decirles qué hacer, qué tienen que cambiar, cómo pueden ayudar, o si deben de protestar o no. Esta vez es para hacerles saber que el camino que nos han enseñado, en donde hay que voltear la cara, seguir caminando y no decirle nada a nadie, solamente ayuda a que todo siga en lo más oscuro de nuestra vidas.

El miedo destruye la vida de cada uno de nosotros, porque es la mejor herramienta para desarticular la voluntad para seguir adelante.

Existen muchas personas que se benefician de este mecanismo de control, lo utilizan para conservar el status quo de las cosas. Viven del miedo y el miedo vive de ellos, es una relación que se logra mantener cuando todos los demás aceptan involuntaria e inconscientemente su situación.

Pero ellos saben que, al ser incapaces de mantener y reproducir el mismo mecanismo, puede llegar el fin de su dominio sobre los demás. Cuando no se voltea la cara, cuando se abren los ojos y los oídos no ignoran lo que está sucediendo, se pone el peligro la relativa tranquilidad de las personas que se benefician del miedo.

Solamente cuando experimentamos nuestro miedo más profundo, cuando logramos sumergirnos en lo más oscuro de nuestra mente y logramos darnos cuenta de que todo es tan limitado como nuestra vida en este mundo, alcanzamos el valor necesario para actuar.

Como mencione al principio, no voy a decirles que tan mal están las cosas, y por lo tanto, tampoco voy a decirles a que situación especifica de la vida diaria se puede aplicar esta columna. Pero de lo que si estoy seguro es que nadie puede pensar realmente en vivir feliz sin antes combatir sus miedos.

No son los únicos, somos muchos los que sentimos lo mismo, pero ¿Cuántos estarán dispuestos a afrontarlo?

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No conocerás el miedo.

El miedo mata la mente.

El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total.

Afrontaré mi miedo.

Permitiré que pase sobre mi y a través de mí.

Y cuando haya pasado girare mi ojo interior para escrutar su camino.

Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada.

Solo estaré yo.

-Frank Patrick Herbert, Letanía contra el miedo

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