Angélica Aguilar Gutiérrez
Investigadora INGEP
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Ser joven implica una mayor apertura a los principios democráticos y una mayor posibilidad de protagonismo en la construcción nacional. Los jóvenes son más proactivos, propositivos y dedicados en el desempeño de sus labores cotidianas. Sus mentes, ávidas de conocimiento, se inclinan más por el trabajo en equipo, son más respetuosos de la diversidad y proclives a la innovación. Repletos de fuerza vital, fe y esperanza en el futuro, son tierra fértil que debe cultivarse y alimentarse con valores de humanidad. A nosotros, los latinoamericanistas, nos gusta conversar con ustedes porque su capacidad de atención y notable interés en todo cuanto les rodea, les sirve siempre para ser mejores. Para vivir mejor.

En esta ocasión quiero conversarles sobre política. La política es siempre un escenario complejo. Su definición clásica de gestión del conflicto social nos permite intuir que es un camino realmente escabroso el que se abre ante nuestros pasos. Sabemos que la sociedad guatemalteca adolece de cohesión; de un ordenamiento que posibilite la convivencia en armonía, con solidaridad y cooperación; de ciertos valores y principios que nos permitan a los guatemaltecos vivir con dignidad y confianza en el futuro. Por eso, muchos de nosotros buscamos construir democracia; por eso, otros tantos hacemos énfasis en la inclusión y también por eso mismo, el tema de las mujeres adquiere gran importancia para países como el nuestro.

A razón de la elección de doña Laura Chinchilla como presidenta de la hermana República de Costa Rica y el recién celebrado día internacional de la mujer, vienen a mi mente ciertas anécdotas interesantes que deseo compartirles. Recuerdo hace algunos años haber leído un artículo en el diario chileno La Tercera que hablaba sobre el debate político de las otrora aspirantes a la presidencia de la República doña Soledad Alvear y doña Michelle Bachelet. El contenido del artículo se desarrollaba en función a la propuesta programática de ambas candidatas: “diálogo social” y “desarrollo con valores”. Ambas propuestas podrían encajar bien en un escenario como el nuestro, aunque no es mi objetivo interpelar en este artículo a quienes disparatadamente llevan a cabo lo contrario en Guatemala, desde posiciones antagónicas irreconciliables. Solamente lo subrayo porque se que, en su agudeza, ustedes lo han notado.

Un punto que pretendo sacar a relucir es que no debe extrañarnos este tipo de planteamientos políticos cuando viene de mujeres ilustres. Las mujeres somos en general más proclives a las soluciones conciliadoras. No es casualidad que el movimiento feminista se desarrolle desde organizaciones sin jerarquías rígidas preestablecidas y en contextos de cooperación y coordinación entre iguales. De otro lado, pensar en una gestión más digna, más allá de un dispendio irresponsable de recursos, es una práctica bien conocida por muchísimas mujeres en todo el mundo y replicable con ciertas regulaciones y disciplina en el ámbito político. Hemos pasado muchos años estirando la economía doméstica y manejando con racionalidad los recursos siempre escasos para garantizar la mejor calidad de vida de quienes son nuestra responsabilidad prioritaria como mujeres, hijas, hermanas, madres, esposas, profesionales y sobre todo seres humanos.

Sin embargo, no es el programa de ambas candidatas lo que me invita a reflexionar sobre ellas. Son sus calidades y la relación de las mismas con las de la politóloga, hoy presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla. Sabemos que Alvear apoyó en un ejercicio solidario y de disciplina partidaria la participación en la contienda electoral de Bachelet y escribió su parte de la historia los años en que ésta última fue presidenta de Chile. Sabemos también que al igual que Chinchilla son brillantes profesionales dedicadas al servicio público desde una postura profesional y humanitaria. Lo que realmente quiero subrayar, como lo hiciera la Tercera en su momento, es que son mujeres notables con logros y conocimientos técnicos en distintas áreas, que las respaldan y los han puesto al servicio de su país. Han logrado sobrepasar las barreras que obstaculizan el avance de las mujeres con ambiciones políticas, desarrollando estrategias para neutralizarlas. Sin duda son poseedoras de grandes fortalezas personales y psíquicas, a diferencia de algunas medianías masculinas que pululan en ciertos congresos y partidos políticos de nuestros países latinoamericanos. Además, se ven sometidas constantemente a exigencias de rendimientos excepcionales y diferenciales, dado su rol de pioneras.

Son mujeres notables, entre muchas otras, de aquellas a quienes debemos en la historia nuestro derecho al sufragio y a la relativa libre emisión del pensamiento en países abatidos por el subdesarrollo. Cada vez que alguna de ellas tiene un logro tan importante es un placer celebrarlo y exhortar a la creación en nuestro entorno de más espacios adecuados para el mejor desarrollo de muchas potencialidades anónimas vestidas de hijas, hermanas, madres, esposas, compañeras, amigas y profesionales, apelando a la voluntad y disposición de escucharlas, de recibir tanto de lo que tienen para entregarnos. ¿Conocen ustedes alguna de estas mujeres en nuestra Guatemala? Estoy segura que sí. Los invito a que me cuenten, los invito a que las apoyemos y compartamos sus historias de vida, los invito a construir nuestra democracia. Ellas son grandes ejemplos de amor y servicio, en una manifestación permanente de humanidad incansable y perenne. Nosotros tenemos mucho que aprender de ellas, por la paz y el desarrollo de nuestro país. Un fraternal saludo para ustedes y hasta la próxima.

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