Por Valeria Juárez y Alejandro Camajá
Hace unas semanas, en el transmetro de las siete de la mañana, alguien se quedó parado frente a un asiento vacío mientras una señora mayor llevaba sus bolsas, sosteniéndolas con dificultad a unos metros de distancia. Nadie cedió el puesto. Nadie volteó. Todos miraban la pantalla de sus celulares con esa concentración que parece tan conveniente cuando no queremos ver lo que tenemos enfrente. No era maldad, no era crueldad… era algo más cotidiano y, por eso mismo, más indignante: era la indiferencia, el egoísmo que nos persigue, que no necesita justificarse… porque simplemente existe, siempre ha existido y, creemos, siempre existirá.
La pregunta que nos hicimos desde que leímos los primeros archivos del caso Epstein -que estaba lleno de horrores y atrocidades- realizadas por nadie más que personas con gran capital económico, poder y, reputación. No es si el ser humano puede ser malo. Eso ya lo sabemos. La pregunta es si lo es por naturaleza o si la sociedad lo convierte en eso.
Nuestra postura incómoda es poco popular y, definitivamente, debatible para algunos; sin embargo, si notas a tu alrededor, te darías cuenta de que el ser humano nace malo. No lo hace la pobreza, no lo hace el sistema, no lo hace nadie más que sí mismo. El mal es el origen; lo que cambia es cuánto logramos contenerlo.
Sabemos que esto genera debate. El pensamiento moderno, desde Rousseau hasta las redes sociales, nos ha dado la imagen del ser humano siendo bueno por naturaleza. Jean-Jacques Rousseau construyó toda una filosofía acerca de la idea del “buen salvaje”: el individuo en estado de naturaleza sería puro, y solo la sociedad era quien podía corromperlo. Es “ideal” pero, a nuestro juicio, una mentira. ¿Por qué si la sociedad fuera la razón, cómo explicaríamos que los peores crímenes de la historia los hayan cometido los más poderosos, los más intelectuales, los más “civilizados”? El problema no es que la sociedad nos corrompa; es que la sociedad no consigue contenernos.
Nicolás Maquiavelo tuvo siglos de mala fama por entenderlo de manera distinta a lo que era y, siempre será cómodo: los hombres son “ingratos, volubles, simuladores, huidizos del peligro y ávidos de ganancia”. No lo decía como insulto; lo decía como realidad. Y cualquier político guatemalteco -o cualquier persona que haya intentado hacer un trámite en una institución pública- se le hará conocida esa descripción.
Pero queremos mencionar a alguien, Adam Smith, el padre del liberalismo económico a quien se usa como fuente para defender el mercado libre; construyó su sistema bastante en contra de lo que era su propia filosofía: los individuos actúan movidos por el interés propio. Su famosa “mano invisible” no es otra cosa que el reconocimiento de que, si dejamos que cada uno busque su propio beneficio, el sistema en conjunto podría funcionar. Nótese la premisa: el motor del mundo no es la generosidad, es el egoísmo. Smith no lo condena; simplemente lo asumía como punto de partida. Nosotros lo hacemos también.
Émile Durkheim, por su lado, nos muestra que los hechos sociales existen porque la convivencia los demanda. Las normas, las leyes, la solidaridad mecánica y orgánica no sirven por la naturaleza bondadosa del ser humano, sino de la necesidad de regular sus impulsos. Si las personas fueran naturalmente buenas, ¿para qué necesitaríamos cárceles, contratos y leyes? El derecho no es un logro de la virtud humana; es necesidad. Durkheim nos deja ver, sin proponerlo del todo, que la sociedad está construida para contener lo que el individuo haría si pudiera.
Weber añade otra capa: el poder siempre busca legitimarse, siempre busca el monopolio de la violencia, siempre tiende a expandirse. Las burocracias, esas estructuras que describe con tanta precisión en su sociología de la dominación, no son neutrales; son posturas creadas para tener el control de uno sobre otro. El que logra institucionalizar su dominación simplemente ha encontrado una forma más elegante de imponer su voluntad. La violencia no desaparece con la modernidad; se viste de protocolo.
Marx nos diría que todo esto es consecuencia del sistema económico, que la explotación del hombre por el hombre es producto del capitalismo y no de la naturaleza humana. Es un argumento convincente, pero tiene una falla: los regímenes que intentaron superar el capitalismo reprodujeron exactamente las mismas dinámicas de poder, vigilancia y opresión. El problema no era el sistema económico. El problema era quién lo controla, y quiénes lo controlaban eran los seres humanos.
Jaldún, el pensador árabe del siglo XIV, ya presento algo similar cuando describió el concepto de asabiya, ese espíritu de cohesión grupal que une a los clanes y les permite conquistar. La asabiya no es amor unilateral; es lealtad hacia los propios y hostilidad hacia los otros. Es solidaridad dentro del grupo precisamente porque afuera hay competencia, hay conflictos y enemigos. La sociedad, entonces, no elimina la agresividad humana; solo la redirecciona.
C. Wright Mills nos hablaría aquí de la imaginación sociológica: la capacidad de conectar los problemas personales con las estructuras sociales. Aplicando esa lógica, la persona que no cedió el asiento en el transmetro no lo hizo porque la sociedad lo condicionó a ser egoísta; lo hizo porque su natural sentido de autointerés no encontró ninguna razón suficientemente buena para ceder el asiento. La presión social, cuando existe, puede hacer un cambio radical a una persona, pero no la naturaleza.
No podemos dejar de lado a Tocqueville, quien, al observar la democracia en Estados Unidos, nos venía advirtiendo que el individualismo era silencioso: la tendencia del ser humano a encerrarse en su pequeña burbuja, a ignorar lo obvio, a no escuchar al otro. No era un juicio sin hechos; era algo que naturalmente –la democracia- en lugar de corregir, podía ser la gasolina que haría arder a la sociedad.
Todo esto nos lleva al corazón del argumento: no es que la sociedad cree animales monstruosos. Es que la sociedad -con sus normas, sus instituciones, su dialéctica, la estructura y agencia- son el único mecanismo que tenemos para gestionar e intentar moldear lo que en realidad somos.
¿Significa esto que estamos condenados? No necesariamente. Significa que debemos ser honestos sobre el punto de partida. Las personas no son buenas que se corrompen; son seres complejos con capacidad para el bien y una inclinación hacia el interés propio. Reconocerlo no es pesimismo; es realismo. Y desde ese realismo es donde comenzamos y se pueden construir instituciones más fuertes, normas más exigentes, y una sociedad que no espere bondad solo porque sí -que existe, pero es escasa- sino de metas clara y verdaderas consecuencias.
La próxima vez que estés en el transmetro, analízate ¿Qué piensas cuando ves a alguien que podría necesitar tu asiento? Observa cuánto tiempo tardas. Observa si esperas que alguien más lo ceda primero o si es verdad que la bondad espontánea no es tan escasa como lo argumentamos en este artículo.
