Gabriela Carrera

Cuando entramos a la universidad lo hacemos con ganas de ser profesionales, de estudiar lo que creemos que nos gusta o para lo que somos buenas. Algunas de nosotras, tal vez, entre por inercia, por moda, sin saber realmente si quiere o no seguir una carrera, si le interesa, en fin. Pero lo que nos define no es nuestro “ser mujer” frente a muchos otros,  es que somos novias (esposas potenciales) o próximas mamás. Más grave aún: nosotras nos definimos así.

Es cierto que las del “sexo femenino” compartimos algunas cosas de nuestra vida diaria: la pena de pasar frente al chavo que nos gusta con unas toallas en el super por “eso” que nos atormenta cada mes, los hábitos de higiene que cuestan caro (física y económicamente hablando), las visitas a médicos demasiado curiosos, las pláticas “de mujeres” para compartirnos uno que otro secreto, aguantarnos las malas casaqueadas de chavos que nos siguen diciendo que nuestros ojos son bonitos, cuando sabemos que son de lo más común… La mayoría lo disfruto y de muchas cosas me río. O nos reímos juntas.

Pero no estoy segura de que nuestro destino deba estar trazado por nuestra capacidad biológica esencial. Tampoco estoy de acuerdo que nos  digan qué es ser una “buena mujer”: las que saben cocinar, las que son atentas con los novios que no lo son, las que siempre dicen que vayan a ver la  película de acción porque al “gordo” le gusta, la que sonríe cuando en realidad le quiere dar una cachetada. O la mujer que la regañan porque estudiar y leer es de hombres (lo digo por experiencia propia), o a la que no le cae nadie porque es “demasiado inteligente” (omito los adjetivos correspondientes a los hombres con este tipo de idiotez). Eso no es “natural”. ¡Me niego a definirme por alguien más que no sea yo misma!

A mí, como mujer,  me corresponde decir quién soy, qué quiero y qué me merezco. Asumo la responsabilidad de mis actos y no me escondo atrás de espaldas anchas de tanto gym. Ser mujer es buscar ser una persona libre, que se conoce, que sabe lo que quiere y lucha por eso.  Quiero que ser mujer sea una dignidad y no una pena, sea una característica que me defina por ser alguien que muestra que se puede ser realmente plena por decisión propia.

Advierto que no tengo nada en contra de las mamás y las esposas. Es posible que yo misma quiera serlo y que tenga como ejemplo a una Astrid Perdomo de la “Convocatoria”, a una Claudia Maldonado de la Facultad de Ciencias Políticas, que con su Alejandro y Gavrel nos dan esperanzas de una maternidad bien vivida.

Admiro también a las mujeres que me topé en las aulas y que ahora son colegas: Karen en la DAE, Jeral en ASIES, Andrea en la DIP, Paulina en Acción Ciudadana, Bettina en el Arzobisbado. O a las mujeres con las que comparto diariamente mi vida en el trabajo, que como dice una de ellas, es ya una familia: Regina, Sandrita, Lily, Iveth, Grettel, Mariela, Dania, Clau, Angélica y Andrea T. (bienvenidas) y mi nueva vecina de enfrente, Liza. Todas nosotras diferentes, pero unidas en una complicidad… de mujeres que se piensan y se definen a ellas mismas. Y que lo hacen con alegría.

A ellas y a todas las mujeres que se arriesgan a ser lo que quieren ser: ¡Feliz día de la mujer!

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