Fue el cuadro de soledad más grave que vi. Me gusta pensar que las mujeres sufren menos porque son precisamente mujeres, como la luna. Lo cierto es que siendo testigo de semejante momento, decidí contarlo para que nadie en el mundo tuviera que vivir una situación igual.

Le gustaba recordar. Era su pasatiempo favorito, recordaba con exactitud los calzones que vestía en aquellas fotos que guardaba paseando por el parque Otoño, aislada del planeta, sumida entre Borges y  Rimbaud.

Su memoria le permitía recordarse a ella misma como si fuese un espectador del momento, o quizá, sus anhelos de verse así. Delgada, con hombros claros y piernas largas, toda nevada, toda profunda. Se imaginaba con un vestido blanco que cedía divisar su espalda clara con un intenso surco medial que formaban las depresiones del espinazo. Con movimientos elegantes y naturales veía sus muslos no tan gordos, no tan delgados, sino perfectos, donde el sol se hacía reflejar como crema de vainilla. El cuello largo y pronunciado desembocaba a un rosto femenino, demasiado femenino quizá, imaginaba que si el mar tuviera un rostro sería como el suyo. Colgaban dos esferas negras que eran habitadas por pupilas lisas como la entrada hacia una oscura cámara sin fin. Pómulos redondos y esponjosos, debajo de ellos los labios con forma de azúcar y sonrisa de miel, finalizaba el arte un mentón prominente que era como el marco de aquel rostro del cual ella misma sentía envidia.

Así se recordaba, con una flor morada entre el pabellón de la oreja y el cabello negro y liso, demasiado negro quizá. En su memoria existían violines, interpretados de una manera lejana adornado el tenue viento donde navegaba su cuerpo, ligero y volátil.

Su memoria, demasiado memoria. Una mujer caminaba claudicando, sus caderas producían un sonido terebrante al caminar, como cuando se rompe la corteza de un árbol seco. Superaba el dolor a cada paso aquella mujer pálida de cabello cano y seco. En sus escleras habían crecido cúmulos amarillos que rodeaban la pupila, sin cejas, el cuello corto disfrazado con un collar negro. En su mano derecha cargaba una bolsa con flores  ajenjo o de ausencia como le llamaban los vendedores, un vestido oscuro  y ajustado colgaba de su espalda abombada repleta de cicatrices invisibles de mordidas antiguas. Ya no sonreía, había perdido las ganas y los dientes entre los años que no recordaba, aquellos sin primaveras ni sexo.

El cielo de Agosto oscureció el sol y las nubes poblaron el mundo. La lluvia acudió con más hastío que ganas, mojando la tierra y penetrando en ella como pequeñas tumbas de gotas que se acumulaban formando charquitos que luego eran alimentados por más gotas que, suicidas, saltaban desde las hojas de los árboles de manzanos y eucaliptos. Se formaron los ríos sobre el camino donde transitaban autos que con las limpias brizas despejaban la vista de los conductores. El transito aumentaba la desesperación  y el agua se acumulaba en las ceras y caía con fuerza en un chorro desde las láminas industriales, un bullicio de lluvia se transformó en silencio y yo con un salto atlético me acerqué al coche. La lluvia me soltó el cabello y busqué las llaves para entrar, los autos hacían sonar sus bocinas mientras algunos eludían los charcos sobre la carretera y la acera. Entré al auto y limpié la humedad de los vidrios para manejar, tomé un calcetín que descasaba debajo del asiento y limpié el vidrio frontal. Intenté echar a andar el motor pero fue quizá la lluvia o dios (¿Dios?)  quien me regaló este momento, intenté tres, cinco, diez veces y nada. Ofuscado voltee deprisa a buscar mis herramientas en el asiento de atrás y le vi.

De nuevo sonaron violines, esta vez con melodías lentas y dolorosas. La soledad volvió, el cuadro más agudo de soledad que he visto. Una dama no tan joven, no tan vieja, demasiado dama quizá, vestía un harapo negro mojado, sosteniendo en su mano derecha flores de ajenjo, el cabello mojado y con forma de alambre que caía sobre su rostro pálido, con expresión de ausencia.

Observaba, como midiendo, el río de agua que bajaba calle abajo delante de ella. Calculando quizá la manera para pasar del otro lado de la calle, donde estaba su casa. Veía cómo sus pies se hundían en el lodo,  miraba las raíces de los árboles justo antes del final de la acera, donde corría agua  y los coches afligidos se movían lento llenos de personas refunfuñando. Después de la fila de vehículos estaba la otra acera, esta, más alta, daba paso a un trozo de grama y una pequeña puerta negra.

Miraba el trozo de calle que debía cruzar y pensaba en sus articulaciones viejas y tristes, que luchaba contra la gravedad para dar los pasos,  <imposible poder bajar la acera con la raíz de los troncos allí> no se imaginó poder saltar el charco que corría calle abajo con sus débiles muslos arrugados, así que en lugar de intentarlo, recordó. Imaginó los veranos donde saltaba persiguiendo niños en el campo  y no había ríos, ni raíces, ni coches y menos soledad, siempre a su antojo cortesanos y fugaces besos bajo árboles de almendros.

Le vi, detenida allí, con sus ojos observando la pequeña puerta negra, y su mente en París. Mi coche no arrancó hasta que escampó, y eso fue siete horas después, observé a la mujer con sus flores de ausencia, bajé la ventana varias veces y le ofrecí ayuda, pero su soledad era demasiado intensa. Su cuerpo ya no pertenecía a este mundo, sino al breve lugar que existe entre la nostalgia y la muerte, ese tiempo donde no somos dignos de llamar Vida a la vida ni tampoco tenemos la dicha de la muerte.

Pasó la lluvia y antes de marchar, advertí cómo logró bajar a la calle sin agua y cruzar la carretera sin carros, subir la acera más alta y abrir la puerta negra, demasiado negra quizá, por supuesto regresó a casa, con violines tristes en el viento  y a la espera, la ausencia.

 

José Antonio Cornejo Guerra/  Ciudad de Penderla 

Fotografía: www.sunnmy.deviantart.com

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