By Brújula
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“Esto apenas empieza”, es una de las principales consignas ciudadanas que la población guatemalteca que salió a las calles y plazas del país desde abril pasado, ha hecho suyas como garantía que nuestro país está cambiando para bien, que las tuberías agrietadas y sucias de nuestro sistema político poco a poco se están limpiando, para que en un futuro no muy lejano vuelva a correr por ellas agua limpia, fresca y renovada.

Sin embargo, en Guatemala muchas veces de forma fácil y sencilla se arrebata la esperanza de las manos y mentes de las personas que sueñan con un cambio.  El pasado 01 de octubre una montaña rugió, se derrumbó y junto a ella, se derrumbaron los sueños de más de 150 familias y más de 350 personas que vivían en la colonia El Cambray II, un área de residencia urbana del municipio de Santa Catarina Pinula, del departamento de Guatemala.

Dicen que la lluvia limpia la tierra, que el agua aclara horizontes.

Las lluvias de las últimas semanas en el país cumplieron su función, a costa de la vida de familias que llevaban una vida sencilla y tranquila dentro de su comunidad; limpiaron y aclararon nuestro horizonte, recordando que para que este país realmente empiece a avanzar y cambiar, se necesitan más que un par de renuncias de funcionarios públicos y procesos de justicia transparentes.

En Guatemala, el hogar de muchas personas se encuentra en áreas vulnerables y de riesgo, lugares en los cuales en cualquier momento, unas lluvias pueden borrar del mapa a una comunidad completa.  Hace diez años el cantón Panabaj, en Santiago Atitlán, Sololá, quedó soterrado bajo toneladas de tierra, entre muchas razones, por encontrarse en un área de riesgo y vulnerabilidad. Más de 100 personas fallecidas fue el dato que se registró en dicho suceso.  Hoy lloramos la tragedia de Cambray II, donde muchas familias quedaron bajo la tierra de la montaña.  Sin embargo, ante esto, vale la pena preguntarse: ¿Qué ha realizado el gobierno de Guatemala en esta década por intentar disminuir estas colonias, comunidades y/o asentamientos que se encuentran asentados en lugares peligrosos y vulnerables? ¿Qué opciones de tierra se han ofrecido a estas comunidades? ¿Cuál ha sido la planificación territorial en cada área y región del país para garantizar viviendas dignas a los pobladores? ¿Cuál es el acompañamiento brindado a familiares de los afectados?  Preguntas que debemos reflexionar y exigir una respuesta.

El hogar es el lugar por excelencia donde las personas se sienten seguras y cómodas.

Hogar es regresar de la jornada laboral cansados para encontrarse con los seres queridos, es el lugar para reparar el sueño, para recargar energías. Hogar son los rostros de las parejas, hijos, nietos con quienes se comparte el café, los frijoles y las tortillas de la cena, y el pollo y la rosa de jamaica del fin de semana. Hogar también es la colonia, los vecinos, la señora de la tienda. Porque nadie debería sentirse inseguro en el hogar propio, porque en diez años parece que el tema de ordenamiento territorial y el acceso a tierras no ha sido una prioridad del Estado y porque todos tenemos derecho a una vida y vivienda digna, es importante exigir al gobierno respuestas ante estas situaciones.  Aplaudimos la noble labor de bomberos y rescatistas en estas emergencias; sin embargo, deseamos más prevención y menos reacción. Más planificación de vivienda y menos tragedias como Panabaj y Cambray II. Aunque es difícil, es sencillo a la vez: exigimos priorización por la vida de los habitantes de este país.

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