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Hace 3 años, por estas fechas, estábamos viviendo lo que era un evento sin precedente alguno para la mayoría, el mundo se detenía, la vida se ponía en pausa obligada, el tiempo transcurría y sin embargo pareciera no avanzar; nos encerrábamos en casa, tomábamos este descanso obligado como una oportunidad para muchas cosas, descansar entre ellas y hacer la mayoría de las cosas que no hacíamos porque estábamos demasiado ocupados en la rutina, el tráfico y las excusas. Pero hacer una pausa era un lujo que no estuvo al alcance de todos, detenerse implicaba para muchos guatemaltecos perder un día de trabajo, no tener ingresos, dejar todo a medias y ponerse en modo supervivencia, pasar hambre, llenarse de desesperanza y sentir que las cosas no podrían estar mejor.

La pandemia, marca un antes y un después en muchos aspectos de la vida, academia, rutina, movilidad y políticas; una simple tira de ARN nos vino a cambiar todo, se llevo a seres queridos, devasto espacios, cobro victimas por todos lados sin distinción de clas, genero, ideología política u orientación sexual. ¿Saben que si tuvo sesgos bien marcados? Las políticas gubernamentales, los espacios seguros, el acceso a la salud, las ayudas económicas, el hambre y soledad, la vacunación en sus estadios iniciales y sobre todo la forma en que enfermaban o morían los pacientes por COVID-19.

Hace 3 años, escribía que nos creía lo suficientemente capaces y humanos para salir de esta mejores, mas unidos, mas simples, mas dispuestos a replantearnos muchas cosas (la salud pública, por ejemplo) y hacer de cada uno de nosotros, una versión mas plena, mas feliz, mas agradecida con lo que tiene y no le falta. Pero tres años, la vida nosocomial y el sumergirme en la Guatemala profunda, me demostraron todo lo contrario. Es más, seguimos en plena pandemia (por si no lo sabían) y desde el momento que se levantaron la mayoría de restricciones y acciones gubernamentales para la contención de la pandemia, pasamos a estar en un gran “sálvense los que puedan” que lentamente va permeando en el imaginario colectivo.

Los pobres siguen siendo pobres, y no precisamente porque ellos así lo quieren; la corrupción en las esferas estatales escalo a niveles inimaginables e indignantes, claro, directamente proporcional a la indiferencia y estupor de los guatemaltecos. La gente no se vacuna, no se cuida, no cuida de otros, no guarda las normas o medidas que se pensaron para salvaguardarnos a todos y hasta hablan de la pandemia como un mecanismo de control mundial para someternos. Joder, cuando decía que no nos creía capaces de salir mejores, tampoco pensé que fuéramos a terminar más imbéciles y egoístas, mas ensimismados en nosotros mismos y en nuestras necesidades, nuestros caprichos y miedos.

Una pandemia no fue capaz de cambiarnos para mejor, al parecer solo sacó lo que llevamos dentro y no pinta a que fueran azúcar, flores y muchos colores, todo lo contrario y es una lástima, pero es lo que hay.

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