By Daniel Monroy
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Creo que uno de los beneficios derivados de la libertad de expresión, es la libertad de disentir. Aun con todo lo malo y las debilidades de nuestras democracias, la libertad de expresar nuestras diferencias es un privilegio, que en algunos lugares del mundo quizás es algo desconocido o en el peor de los casos, algo seriamente penalizado.

Y si bien en Guatemala podemos tener espacios como este para explicar y hablar de nuestras diferencias con un movimiento político, con el gobierno o con cualquier otra cosa, sí existe una consecuencia social impuesta por el nuevo estatus quo que gobierna las redes sociales y la opinión publicada (que no es lo mismo que la opinión pública).

Esta introducción, tan obvia pero necesaria, la escribo porque como he criticado en estos espacios, el debate político en Guatemala me parece que es sumamente infantil y sin sentido.

Mi postura actual respecto a los paros y bloqueos que han llevado a cabo ciertos sectores sociales, es la siguiente:

no estoy de acuerdo y no sé si sirven para algo, creo que la razón se debe a que nuestra sociedad está sumamente dividida.

Si bien históricamente hemos estado polarizados, creo que las dinámicas de la vida moderna hacen que esta polarización tome otros matices.

En lo personal, no he participado en ninguna de estas movilizaciones debido a varios motivos. El primero y más simple, es porque no puedo por mis horarios de las actividades diarias que tengo que cumplir.

El segundo y más obvio, es que estamos en pandemia. Aunque quisiera y pudiera, no sé si es prudente convocar a ese tipo de movilizaciones. Todavía recuerdo cuando en la mitad de la pandemia, un grupo de personas de derecha salieron en sus carros a manifestar y fueron duramente criticados por irresponsables. Eso sí, meses después, siempre en pandemia, el otro grupo político convocó a manifestar y obviamente, no hubo problemas. Hasta algunos políticos se fueron a tomar fotos para publicarlas en sus redes sociales.

Eso me lleva a mi tercer punto. No comparto nada con los grupos que convocan a estas movilizaciones. Y seguro alguien podría decirme que cuando se trata de la patria, no deberían existir diferencias ideológicas y que el interés nacional va primero. Y en parte entiendo, pero me parece romántico cuando escucho eso. En lo personal, no comparto ninguna de las ideas de ningún movimiento, ni de los políticos que toman la bandera en esos espacios. Pongamos un ejemplo: no creo que los estudiantes universitarios que han asistido a las movilizaciones de las últimas semanas, apoyen una iniciativa similar impulsada por el hijo del exalcalde de la ciudad. Es obvio, no tendrían que dar explicaciones, se entiende de antemano. Pues bueno, a mí me pasa lo mismo.

Y como cuarto punto, genuinamente, no sé si sirven. Primero, porque atentan contra un derecho que es fundamental para la vida diaria de las personas, a decir, la libre locomoción. Solo con incurrir en esto, generan más rechazo que empatía. Nadie se pone a pensar en las personas que tienen que hacer malabares para llegar a tiempo a sus trabajos, mucho menos consideran qué va a ser de los choferes de transporte pesado, que tienen que llevar a cabo una jornada de trabajo más dura. Simplemente la idea de violentar el derecho de otros para ejercer los míos, no me parece correcta.

Y es que, en la política, a los políticos y sus movimientos, les encantan las ideas románticas. El mesianismo y la autodenominación que son “la voz del pueblo”, les hace creer que los demás estamos contentos con que se nos viole un derecho, porque “ellos están luchando por nosotros”. Y seamos honestos, no está pasando nada.

No representan más que sus propios intereses y agenda.

No sé cuántas semanas han pasado desde que empezó toda esta costumbre de bloquear ciertas zonas del país, pero realmente me cuesta creer que eso incluso le quite el sueño al presidente o al famoso pacto de corruptos, que a estas alturas, saber ni quiénes lo conforman, porque he conocido a tantos que caen en esa bolsa, solo por hacer uso de su bendito derecho a disentir.

Y esto no es una defensa al gobierno, ni una columna escrita “desde el privilegio”. Simplemente creo que la gente atraviesa una especie de indiferencia política, en donde la vida diaria es más importante que los amparos del procurador, las fotos de los diputados en sus redes sociales o la lucha ciudadana.

Me parece que la gente ya aprendió a convivir con un gobierno ausente y con un sistema que prácticamente no sirve. ¿Es triste? Por supuesto. Pero la gente tiene necesidades reales que satisfacer diariamente y no hay tiempo para perderlo en ideales que es poco probable que se conviertan en realidades.

Entristece el tema de las vacunas, la situación de los hospitales, la corrupción y la pobreza en el país; pero no sé de qué sirve incluso que renuncie el presidente o la fiscal general. El problema es mucho más profundo y no se resuelve paralizando la actividad de los demás o peor aún, endiosando nuevos políticos y construyendo deidades en torno a personas.

Realmente no sé qué tiene que pasar, para que exista tal cosa como la unidad ciudadana. Realmente no sé si algún día llegue a ocurrir en el corto plazo.

Es curioso, porque el contexto que atravesamos se presta para un hartazgo social gigantesco, pero como repito, la gente al parecer ha aprendido a convivir con eso. O quizás es la pandemia. O quizás así son las cosas, no lo sé. El punto es que la vida sigue siendo igual, para el jornalero, para el trabajador de una maquila y para el trabajador guatemalteco en general. Esa es la realidad.

Que el tiempo nos ayude a encontrar respuestas.

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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