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Claudia Calderón / Opinión /

En un conocido redondel de la capital, se ondea la bandera de El Salvador, pálida y rota, como si fuese un reflejo vivo de la fractura social que atraviesa este pequeño país. No es el azul y blanco el que celebramos, sino un rojo carmesí, tan profundo que llega hasta nuestras entrañas al saber que solo en el año 2015, hasta el mes de agosto se reportan 4,000 homicidios. Y no, no confundamos la supuesta alegría por el día patriótico solo porque vimos cientos y miles de personas marchar en las calles más conocidas de la capital. No, no era alegría, era costumbre –u obligación– o tal vez esperanza en que habrá un día que sí gritemos ¡libertad!

Algunos se esfuerzan más que otros por plantear soluciones cada día. La ciudadanía misma grita por nuevas leyes o el cumplimiento de los derechos humanos. Los espacios de opinión invitan a analistas y peritos en temas socio-políticos y económicos. El gobierno se esfuerza por trabajar o por lo menos busca parecer esforzado.

Pero, ¿qué realmente necesita un país como El Salvador?

Si preguntamos a la señora que madruga al molino para comenzar a tortear o hacer las pupusas desde temprano, dirá que mejore la economía. Si recurrimos al campesino que ruega a Dios para que cada estación del año venga a tiempo, muy probablemente pedirá un aumento al salario mínimo. O si acudimos a un grupo de jóvenes empresarios tal vez quieran mayores facilidades para aprobación de préstamos y seguridad en sus empresas. Si es la madre de un fallecido exigirá justicia, o si es la madre del preso pedirá misericordia.

Patria, tú ya sabes lo que necesitas. Son tres palabras que todos hemos olvidado. Son tres fundamentos -uno más importante– que están superpuestos en la bandera, en el escudo, más no en el corazón. Es simple: Dios-Unión-Libertad.

Sin importar a quien se le haya ocurrido o cuál fue su fundamento, las tres palabras son claras. Dios es el Creador del universo, el dueño y Señor de todo cuanto somos y tenemos. Dios es ese Padre de amor que ha creado la tierra, cada país y ser humano en ella. Y esto no se trata de una religión. Se trata de fe, de convicción, de entender que no nacimos porque de repente el humano nació, sino colocar a Dios en el centro de una nación y alinear cada área de la vida a Él.

Unión no es más que la mezcla o unificación de partes. El mejor significado de la Real Academia Española (RAE) a mi parecer es: “Conformidad y concordia de los ánimos, voluntades o dictámenes”. Es aquello en donde dejamos los colores y partidos, los deseos desigualitarios, el egoísmo y la codicia. Es creer que somos hermanos y no enemigos. Es una Asamblea Legislativa que dicte leyes y reformas basadas en el pueblo y no en lo que su partido dice. Son las alcaldías que no se endeudarán previo a elecciones porque saben que el partido contrario llegará al poder. Son las empresas monstruos que no buscarán afectar a la micro y pequeña empresa ubicada en la misma zona. Son las personas honestas que no maquillarán la mercancía solo por sacar lucro de ella. Eso es unión.

Y libertad es lo que todos anhelamos. Es alegrarnos por una i-n-d-e-p-e-n-d-e-n-c-i-a verdadera, donde no seamos esclavos de la violencia, la corrupción que corroe el sistema de gobierno, la ineficiencia en los sistemas de salud y educación, las políticas de otros países mayores que nos afectan. Libertad se trata de sentir una paz plena que haga del país un lugar autosuficiente, donde el PIB no dependa en más del 50% de las remesas, o donde el 70% de los micro y pequeños empresarios paguen “renta” a las pandillas, según la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP).

¿Utópico, no? Podría ser. Pero creo en Dios-Unión-Libertad. Creo más en el primero, pero sin voluntad de cada uno, nada es posible.

Y perdón, pero celebrar un 15 de septiembre no se trata de la música folklórica, de los trajes o comidas típicas, de los desfiles o las bandas de paz, de los próceres o de la historia, del himno o de la Oración a la Bandera. Celebrar un 15 de septiembre, una independencia, es un sueño todavía. Es aquella pequeña puerta de luz al final del camino que aún no conocemos.

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“País mío no existes,
sólo eres una mala silueta mía,
una palabra que le creí al enemigo.

Antes creía que solamente eras muy chico,
que no alcanzabas a tener de una vez
Norte y Sur,
pero ahora sé que no existes
y que además parece que nadie te necesita,
no se oye hablar a ninguna madre de ti

Ello me alegra
porque prueba que me inventé un país,
aunque me deba entonces a los manicomios

Soy pues un diosecillo a tu costa.

(Quiero decir: por expatriado yo
tú eres ex  patria)”

Roque Dalton
Poema: El Gran Despecho.

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Consejo Nacional de la Pequeña Empresa de El Salvador (CONAPES) (2014). “Consulta Empresarial de Investigación Delincuencial en las Pequeñas Empresas”. El Salvador.

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