By Daniel Monroy
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En los últimos días he reflexionado acerca de lo aleccionador que ha sido este año. A decir verdad y sin temor a equivocarme, es el año más extraño que he vivido: nuevas personas, nueva universidad, nuevos gustos adquiridos, nuevos libros, nuevas ideas, nuevos hábitos y una lista grande sobre cosas que han decidido acompañarme en los últimos meses.

He tratado de cambiar la forma en la que veo el mundo que me rodea y el que llevo adentro y sin duda alguna, es la tarea más difícil que me ha tocado realizar. Quizás lo más complicado ha sido invertir tiempo y esfuerzo en restaurar muchas cosas que estaban destruidas por dentro. Meses después veo hacia atrás y no me arrepiento.

A veces el miedo por embarcarse en aventuras desconocidas nos priva de conocer un universo lleno de sorpresas y bendiciones esperando a que lleguemos a descubrirlas. Y este año no fue así. Decidí lanzarme al río, a nadar con equipaje ligero, dispuesto a disfrutar cualquier minúsculo detalle del entorno, honrando al pasado pero con brazos abiertos para recibir al futuro. Y aunque ello parezca una tarea que exige prologados espacios en el tiempo, en realidad, la dinámica del pasado-futuro la implementé todos los días, en lugar de esperar a que llegue el fin de año para observar desde lo alto todo el acontecer pasado.

Todos los días aprendí a asimilar todo aquello que me rodea y que es parte de mi historia: mi pasado, mis papás, mis hermanas, mis amigos (pocos, pero amigos), mis libros, etc. El 2019 me volvió aprendiz de todo y de todos. Me golpeó directo al orgullo y a las falsas expectativas.

Esta es mi última columna del año y cuando hago el análisis de pérdidas y ganancias de los últimos meses, el resultado es negativo, es decir, las primeras superan a las segundas. Pero el ejercicio contable es engañoso. En la vida muchas veces las pérdidas presentes son necesarias para soportar y disfrutar las ganancias futuras.

Sin ánimo de caer en papel de víctima, admito que perdí mucho, más de lo que esperaba (en realidad, tenía la expectativa de un año lleno de “victorias”). Cada mes me sentía como un Sísifo peleando en el mundo moderno, sintiendo que los esfuerzos no tenían sentido porque al fin y al cabo, todo vuelve a caer. Pero, el tiempo me ha demostrado lo contrario. Incluso, aunque me cuesta (y no me gusta) aceptarlo, agradezco al cielo por todo lo malo e inesperado que me dejó este año. La fortaleza y el aprendizaje que he adquirido me empujan a caminar (a mi ritmo) hacia un futuro, desconocido e incierto, pero donde tengo una camisa de fuerza que me ayuda a permanecer y a ser resiliente.

Aunque sigo navegando sin llegar a tierra firme, espero poder contarles por medio de este espacio algunas lecciones que aprendí durante el proceso. Por el momento, solo deseo que cada una de las personas que amo y aprecio (y que leen estas líneas) puedan encontrar la verdadera felicidad y sobre todo, que conozcan todo lo bueno que la vida ofrece y que muchas veces viene en forma de risas y momentos espontáneos.

En fin, tengo muchos motivos para celebrar mis pérdidas, pero lo más importante es que cada una de ellas me acercó más al de allá arriba.

Perdí para ganar. Y eso lo que importa.J

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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