By Martín Berganza
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Martín Berganza / Opinión /

En los dos meses y medio que llevamos de protestas ciudadanas no es de extrañar que los políticos miren de reojo a los movimientos que han surgido por motivo de la coyuntura. Y no es para más: muchos de estos buscan una alteración radical de las normas que legitiman al actual sistema socioeconómico. Los políticos, desde siempre, han sido los actores que mantienen, alimentan, y se alimentan del sistema. Es por eso que no es de extrañar la hostilidad con que Luis Rabbé trató a los manifestantes en su discurso de inauguración de las Mesas Técnicas del Congreso de la República el mes pasado.

No es de extrañar que Rabbé y otros políticos traten a los movimientos de esta manera. Como sociedad, estamos acostumbrados a hacer una distinción entre “el guatemalteco bueno” y el “guatemalteco malo”. Hacemos una distinción muy dañina entre personas que viven, opinan, y buscan objetivos distintos a los nuestros (si suponemos que “los nuestros” son un bloque homogéneo conservador de ladinos de clase media urbana). Pero este bloque no es homogéneo: hemos algunos que somos ateos, otros que creemos en el anarquismo, el socialismo, el libertarismo como ideologías políticas que deben regir al sistema político y económico. Y luego, hemos algunos que por nuestra juventud, somos marginados y no tenemos voz ni voto en la toma de decisiones políticas. ¿A qué se debe esta actitud tóxica y nociva de nuestra sociedad?

En su libro “El Enemigo Interno En Guatemala: Contrainsurgencia y su herencia en la configuración de nuevos conflictos”[1], José Rodolfo Kepfer y Matthias Epe ofrecen una explicación. Establecen que, como legado de la violencia sistemática ejercida por los gobiernos de corte anticomunista que rigieron el país entre los años 1954 y 1985, se construyó una visión del enemigo a erradicar por parte del status quo. Esta visión, según la segunda interpretación de la definición que proporciona el Manual de Guerra Contrasubversiva del Ejército de Guatemala, consiste en, según los autores, “toda expresión de descontento social, intención de cambio o deseo por modificar el orden sociopolítico, fue razón suficiente para considerar a individuos o grupos como enemigo interno y por ende, blancos a destruir”.

La participación en organizaciones sociales, estudiantiles, religiosas, sindicales, o simplemente no estar a favor del régimen establecido y expresarlo, significó ser objeto de enemistad y por tanto, potencialmente aniquilable.

¿Se dan cuenta lo que implica esto, si esa es la mentalidad que tienen nuestros gobernantes? En primer lugar, no sería raro, dado que varios, el presidente incluido, son exmilitares. Su comprensión de la realidad se formó en un entorno ultraconservador, violento y hostil a toda exigencia democrática de cambio. Es cierto, vivimos en un entorno menos hostil hacia diferentes formas de pensar, pero como comenté en el segundo párrafo, sigue vigente. Si nos miran como enemigos, son capaces de tratarnos como tal, de formas legales (procesos frívolos en contra de individuos señalados como subversivos), o ilegales (asesinatos y desapariciones).

Por eso, creo que hay que dejar claro que querer el cambio del sistema político no nos hace enemigos del país. Los movimientos estudiantiles, campesinos, sindicales y ciudadanos no queremos destruir al Estado guatemalteco. Queremos un país donde se nos incluya, donde nuestra voz sea escuchada. Queremos un Estado que responda a los intereses de todos, no sólo de una minoría económica y étnica. La población guatemalteca capitalina, que es la mayor consumidora de medios escritos, audiovisuales y electrónicos, no debe considerar como enemigos a sus conciudadanos.

La base que sostiene a la democracia es la tolerancia y el respeto hacia el otro, y hacia opiniones distintas a la propia. Por eso es que concluyo con esto: los sindicatos, los estudiantes organizados, los campesinos y demás movimientos ciudadanos, no somos el enemigo.

El enemigo es el sistema corrupto, impune, excluyente y desigual en el que vivimos. Y este se va a venir abajo, tarde o temprano.

 

[1] Epe, Matthias, y Kepfer, José Rodolfo. El Enemigo Interno En Guatemala: Contrainsurgencia y su herencia en la configuración de nuevos conflictos. Guatemala, 2014. Magna Terra Editores. P. 64. (citas según el Manual de Tesis de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Rafael Landívar).

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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