Kaiden Benard
Hay una memoria que se repite en mi cabeza. Estaba en el celular en la cama, antes de dormir, y leo que este fue el año más caluroso desde que hay registros. Siento un nudo en el pecho. No es solo tristeza. Es una mezcla de angustia, rabia y un vacío que no sé cómo describir. Luego aprendí que se llama ecoansiedad.
No estoy enfermo. O sí, pero no de algo mental. La ecoansiedad es la respuesta lógica de una generación que creció sabiendo que el planeta arde mientras los adultos miran hacia otro lado. ¿Por qué duele tanto? Porque duele lo que amamos. Y nosotros amamos el mar, el bosque, la idea de tener hijos o, simplemente, la certeza de que mañana habrá un mundo habitable.
El problema es que muchas veces este miedo nos paraliza. Dejamos de actuar porque todo parece gigante, inútil, y que no cambiar nada. Pero aquí va mi apuesta, la ecoansiedad compartida puede volverse un motivo y el motor para el cambio que necesitamos.
Lo vimos con Greta. Ella no empezó sus protestas porque estaba tranquila. Empezó porque estaba enojada y asustada. Y al sentarse sola frente al parlamento sueco, descubrió que millones sentían lo mismo. La protesta colectiva transformó la angustia individual en un grito común. De repente, el cartel en una marcha no es solo un reclamo político, sino un ritual donde dejo de ser yo contra el apocalipsis y paso a ser nosotros.
Pero hay otro problema igual de importante: el cuidado entre pares. En muchos grupos juveniles se están creando espacios para hablar del miedo sin vergüenza. Se organizan huertos comunitarios, noches de cine seguidas de llantos compartidos, o simplemente se preguntan “¿cómo estás de verdad?” antes de una jornada de protesta. Eso no es una pérdida de tiempo. Es resiliencia comunitaria, entendemos que no podemos luchar con las mismas reglas individualistas que nos metieron en este lío.
Lo cotidiano, entonces, es político. Esa culpa pequeña al comprar algo con plástico, esa rabia al ver a un político negar la ciencia, ese nudo en el pecho antes de dormir, son el espejo de un sistema que nos empuja a consumir como si no hubiera mañana, mientras anuncia que el mañana será inhabitable.
La imaginación sociológica nos enseña a conectar ese malestar personal con algo estructural. La ecoansiedad no es un trastorno mental raro. Es un malestar de época, el síntoma de una contradicción entre lo que sabemos y lo que hacemos.
