blue and pink flag

Si los duendes de la publicación logran su cometido, escribo este artículo para que sea fechado justamente entre el día del teatro (27 de marzo) y el día de la visibilidad trans (31 de marzo). Quitando la coincidencia de fechas, también siento preciso señalar el vínculo entre la teatralidad y la existencia trans. No, lo siento, no sostendré el mito hegemónico de que las personas trans estamos actuando una falsedad escénica con el fin de aprovecharnos de la sociedad. Más bien, explicaré que la existencia transgénero es forzada a actuar para sobrevivir. Soy muy consciente de ello, porque me ha tocado hacerlo.

Existe un lazo inherente entre la marginalización -lo periférico (fuera del centro de poder)-, y la actuación. Desearía describirla como un arte escénico, pero es realmente un arte de opresión. He visto con tristeza que una familia deja de hablar kaqchikel al momento de entrar a un restaurante para que los atiendan. El resto de la gente aplaude silenciosamente la pantomima de hablar una lengua impuesta. La trágica escena de una mujer en la oficina fingiendo amabilidad ante un acosador para evitar la ira masculina. Los jefes y compañeros dejarán buenas reseñas de esta performance de “asertividad” y “madurez”.

Recientemente me acerqué a entrevistar a Andy (él/elle), una persona transmasculina y no binarie con quien comparto un grupo de teatro, además de una comunidad en cuanto a la identificación de género. Ni él ni yo somos actores formales. Y, aún así, hemos experimentado esa misma actuación desde la marginalización. Una experiencia que lo deja “con náusea”. Es parte de una misma cadena: dejar de hablar tu lengua materna, callar la defensa de tu dignidad, tomar el rol de un género impuesto… estos son los roles de la puesta en escena de la periferia.

Comentándole a Andy esta idea -la escenificación del sujeto marginal-, expresó sentirse identificado. Incluso me comentó cómo las personas a veces son asignadas y ridiculizadas porvarios roles, acercándonos al paradigma de la interseccionalidad. Él ha tenido experiencias de discriminación por tez morena, aparte de las que ha recibido por su expresión de género. Nos recuerda cómo todos los sujetos marginales están sobreviviendo bajo un sistema que enlaza todas las formas de discriminación: el colorismo se enlaza con la homofobia, el racismo se enlaza con la exclusión lingüística, la misoginia se enlaza con la aporofobia. Una persona como Andy, transmasculina, no binarie, de piel morena y de origen guatemalteco, sufrirá dentro del contexto mundial la opresión de la cisheteronormatividad, la supremacía blanca y el imperialismo del norte global.

Estas opresiones no son solamente un designio en la escalinata social. Son amenazas fundamentales a la vida de cada persona marginal. Los procesos de dominación imponen una serie de comportamientos aceptables para reconocer al grupo hegemónico y para distanciar a la periferia; el yo del otro, a los hombres de las mujeres, al ladino del indígena. Se escribe un libreto que debe ser seguido para evitar la aniquilación, o bien, para posponerla, para disfrazarla bajo el nombre de asimilación o integración social o identidad nacional/global. Homi K. Bhabha (2002) le llama a estos procesos mímesis: el camuflaje del sujeto marginalizado dentro de su sociedad opresora, la teatralización de una nueva persona que existe únicamente para el placer, la apreciación y comodidad del colonizador.

Mimetizarse incorrectamente se castiga con negación de recursos, represión policiaca, supresión económica, disparidad jurídica… en instancias tanto sistémicas como interpersonales, el sujeto marginalizado ve amenazada su vida en un sentido real y tangible. También su libre acceso a espacios garantizados para la mayoría. Al preguntarle a Andy si su casa era un lugar seguro para expresar su identidad, respondió con simpleza “definitivamente no”. Este es el caso de la mayoría de las experiencias en la comunidad LGBTQ+. La familia se convierte en el primer y gran espacio donde, desde temprana edad, se inculca que la supervivencia está en la actuación (mímesis). La protección parental, similar a la protección social e institucional, es muchas veces dependiente de la capacidad de conformarse a un rol impuesto.

Inicialmente, el enfoque de mi artículo era representar el teatro y otros espacios artísticos como sinónimos de liberación y existencia genuina. La conversación con Andy me llevó a reconsiderar (y reescribir) mis ideas. Cuando me comentó sobre la danza, su medio artístico, encontré que era un espacio donde temía la actitud de su instructora: “perder su apoyo, perder la imagen que tiene de mí”. Incluso cuando él hizo su primer solo, una coreografía sobre la experiencia no binaria, mucho de su vestuario y movimientos fue controlado. Este personaje impuesto, este control sobre su persona y su arte, produce disforia y desesperación en Andy. Dentro del arte mismo, se reproduce la puesta en escena de la marginalización.

La única recomendación viable es identificar  y crear espacios seguros. Para Andy y para mí, nuestro grupo de teatro ha sido una burbujita segura de arte y expresión genuina. Las personas interesadas en desmantelar el teatro de la marginalización tienen en sus manos la posibilidad de mejorar sus ambientes para garantizar la seguridad de las personas en  el . Y, acercándonos más a las elecciones guatemaltecas, veremos cómo se producirá un discurso para destruir estos espacios y regresar a muchas personas -indígenas, LGBTQ+, mujeres, empobrecidas- a la oscuridad de la actuación. Si el voto no es efectivo para frenar estas propuestas, el movimiento inclusivo e interseccional, la organización activa y militante será nuestra forma de luchar para que cada quien decida su propio rol único y digno en esta escena.

A ti, que has actuado toda tu vida por sobrevivir, reconozco tu esfuerzo. Que veas el momento donde podrás dejar de actuar.

Referencia y lectura posterior:

Bhabha, H. (2002). El lugar de la cultura. Argentina: Manantial.

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