Lorena García

Es natural que las personas se enorgullezcan por el avance que han tenido en sus vidas: cada uno en su superación personal y en la búsqueda del éxito y la felicidad. Cada persona va creciendo y aprende nuevas habilidades, como las power skills, probablemente otro idioma o incluso desempeñar un nuevo puesto en la oficina; todo esto tiene el mérito de ser catalogado como un avance.

Sin embargo, la vida en sociedad —la vida que compartimos con los demás— también merece nuestro ímpetu de superación: la voluntad de mejorar nuestro entorno y hacerlo con una magnitud que va más allá de lo individual, para alcanzar el nivel comunitario. Lamentablemente, entre más personas estamos involucradas, más difícil se vuelve lograrlo.

Tradicionalmente, la práctica del desarrollo se basaba en alcanzar una meta y dejar el resto como reto para la siguiente generación. Claro, cuando una generación llevó al hombre a la Luna, inventó dispositivos que revolucionaron nuestro estilo de vida y conectaron al globo terráqueo por aire, mar, tierra y red, el reto de la siguiente podía enfocarse en la eliminación del hambre mundial, el cese de las guerras o la cura de enfermedades, etcétera.

Caso contrario, el reto de la siguiente generación ha sido reparar los errores de la anterior y pagar sus consecuencias. No ha sido fácil heredar un planeta que agoniza, especies que han desaparecido y nuevas enfermedades que se han descubierto; además, las investigaciones sobre posibles curas muchas veces van en contra de intereses económicos. Aún en pleno siglo XXI, los seres humanos seguimos matándonos entre nosotros porque las ideas de unos “amenazan” a las de otros.

Con todas estas problemáticas aún sin resolver, y con prácticas que siguen apegadas a la tradición, en el escenario sociopolítico aparece la propuesta del relevo generacional: un término tan abstracto como claro en sí mismo. Si me permiten opinar, el tiempo de dejar tareas pendientes o consecuencias a las nuevas generaciones se ha agotado. Es precisamente por eso que son estas generaciones las que vienen a reformar ideas, cambiar estructuras y aportar una mirada fresca para que los retos y problemas puedan transformarse y avanzar.

¡Maravillosa solución! ¿No creen? En el papel suena genial; se supone que ya está en marcha, pero nada parece estar cambiando, y mucho menos mejorando. La realidad es que el relevo generacional no funcionará si los actores tradicionales no dan espacio para que las nuevas mentes comiencen a trabajar.

Algo muy similar ocurre en las campañas electorales: nuevas promesas, nuevos partidos, pero los mismos candidatos una y otra vez. Si no se relevan de sus funciones los actores tradicionales, si no dejan los puestos de directores, jefes o concejales aferrados al poder, seguiremos viviendo crisis democráticas, movimientos migratorios masivos, desnutrición letal, odio entre humanos, desconexión emocional y una deuda eterna.

Si vamos a justificarnos con la idea de que “las juventudes de ahora no podrán con el trabajo”, la verdad es que el proyecto fracasó antes de iniciar. En el camino de la vida no hay certezas: todos hacemos lo que creemos que es lo mejor, nos educamos, nos aconsejamos y nos apoyamos cuando las cosas no salen como esperábamos.

Mucho ojo un consejo, una guía o una mentoría no es lo mismo que tomar el control tras bambalinas y dejar que los nuevos rostros hagan todo el trabajo para luego ser juzgados por decisiones ajenas. No por nada, al igual que en la vida personal, hay que hacer espacio para que lleguen cosas nuevas. Nadie dijo que sería fácil, para todos aquellos que están esperando su oportunidad, ha llegado el tiempo de ir a perseguirla. Si no hay espacio, es su responsabilidad crear uno. 

Si los jóvenes han tenido que cargar con las consecuencias de nuestros errores, no tenemos pretexto válido para negarles el derecho a equivocarse. El relevo generacional, hoy por hoy, en los cargos públicos, las asambleas y las organizaciones, no es solo necesario: es vital. Guatemala no nos necesita mañana, nos necesita hoy. El mundo no necesita hacer cambios mañana, los necesita hoy, para que nuestro futuro pinte mejor que el camino que hemos ido construyendo.

Como siempre, les invito a reflexionar sobre el cambio que queremos ver. Tomen en cuenta que ese futuro diferente inicia en lo pequeño, en lo individual, y se comparte con los demás. No se aferren: den espacio a mejores hábitos, enseñen con el ejemplo y sigan adelante.

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