Soy Silvia, hoy sé que tuve una infancia normal, muy privilegiada, estable, amada y feliz, pero eso no lo veía hace unos 10 años, cuando empecé a darme cuenta que vivía una vida ingobernable; me encontré de pronto en una relación de 18 años, casada con un alcohólico y viviendo una vida de caos e incertidumbre, criando dos pequeños hijos y con mi vida y la de mis hijos a la deriva, incapaz de tomar una decisión e imaginar un futuro. Digo me encontré, porque no fui consciente de cómo llegué a ese punto de inconsciencia en la toma de decisiones de mi vida.

El miedo me invadía y no era capaz de siquiera pensar en qué iba a hacer de mi vida, no me sentía amada, ni sentía amar a mi pareja, de pronto venía un inconveniente con mi esposo alcohólico que me desajustaba aún más, la angustia por la falta de pago de las cuentas, luego unos meses de bonanza y después la crisis.

En los momentos de crisis vivía la angustia de aparentar que todo estaba bien, buscaba culpables por todos lados, daba excusas a todos los familiares y enseñé a mis hijos una incongruencia entre lo que se vivía y se aparentaba, heredándoles así la misma incapacidad de leer la realidad que yo padecía.

En una de las ausencias de mi esposo, las cuales ya eran frecuentes, peores y de mayor duración, empecé a escribir lo que sentía.

Yo siempre creí que escribir un diario era algo cursi, de princesas, algo que yo no era, pero fue esa práctica la que me hizo tomar consciencia de que mi vida no estaba bien; cuando en cada ausencia de mi esposo me acordaba de escribir ese dolor, me percaté de que escribía lo mismo cada semana o cada 15 días.

Por supuesto que esta práctica de escribir fue posterior a los reclamos, peleas, sacarlo de casa, y dinámicas disfuncionales que no me habían dado resultado.

Gracias al Poder Superior recordé que había escuchado un programa de radio en el que hablaban de los Grupos de Familia Al-Anon, me armé de valor y fui a una reunión. No me importó atravesar toda la ciudad para llegar a la reunión más inmediata que encontré ese día, llegué tan destrozada que ni yo sabía qué buscaba o qué encontraría, pero necesitaba saber qué podían ofrecerme esos grupos.  De los grupos yo sabía desde antes, pero nunca pude ver que mi esposo era alcohólico, porque era un bebedor funcional y proveedor.

Para mi sorpresa llegué a encontrar gente normal que parecía contenta, con semblantes relajados y con una habilidad para hablar de una recuperación que en ese momento no entendía. Recuerdo que alguno de los presentes me sugirió llamar a otra compañera, quien con los años fue mi madrina.

Seguí llegando a los grupos, pero solamente a calentar la silla, no participaba en las reuniones, me daba vergüenza y era incapaz de compartir y reconocer que tenía problemas, luego empecé a faltar a las reuniones y en automático estaba viviendo de nuevo el caos con mi alcohólico.

En otra crisis, me volví a acercar a los grupos y a mi madrina y empecé a trabajar el programa de recuperación de Al-Anon, pero con un compromiso y tenacidad que me han devuelto la libertad, la felicidad, la capacidad de tomar decisiones apropiadas para mí.

Ese deseo de recuperarme me llevó a dejar de sentir culpa o vergüenza, a aceptar la realidad que se me presente, a perdonar por mi bienestar, a defender mis límites y hacerlos respetar por mi bien; aprendí también que tengo opciones, y sobre todo entendí a mi enfermo alcohólico. Gracias a su enfermedad descubrí que también yo necesitaba ayuda y estaba afectada.

El practicar el programa me salvó la vida y me enseñó una nueva forma de vivir.

Empecé este artículo con mi niñez, tuve que regresar a ella, y aceptar lo que había vivido. Eso me hizo salir del papel de víctima que me había gustado jugar desde niña y fue hasta entonces que pude ver lo bendecida y privilegiada que había sido. Descubrir esa realidad me devolvió el control de mi vida y me brindó más posibilidades de recuperación.

No ha sido un camino fácil pero sí sanador y con muchas recompensas. Los resultados provienen de mi esfuerzo y trabajo, ambos dirigidos hacia un terreno fértil, decido hacer cambios en mí, cuidarme y quererme, aceptar a los demás como son, entender que cada uno tiene sus propias batallas en las que yo no formo parte, pero sobre todo aprender a amar incondicionalmente.  Y por supuesto, NO dejo mis reuniones, hoy sé la importancia de asistir a ellas y mantenerme enfocada en mi recuperación.

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