iglesia

Ana Raquel Aquino/ Opinión/

Mi relación con la religión ha sido complicada. Digo complicada por no decir que fue, en su momento, un duelo a muerte; una de las dos debía ceder para que la otra pudiese existir y sobrevivir. Con su muerte vino mi resurrección, por decirlo así.

Y antes de que me tache de hereje, le cuento. Todo empezó, supongo, desde antes que naciera (todavía no entiendo las ganas de imponer las creencias propias a los hijos que ni siquiera pueden hablar) y explotó cuando tenía doce años. Nací dentro de una familia católica. Somos de esas familias con más de la mitad de sus miembros cristianos pero que la mayoría no tienen mucha idea del por qué lo son y no importa, solo lo son. A mis cuatro años empecé a estudiar en un colegio católico feminista al que le debo mi fe inicial, mi razonamiento crítico y también mi agnosticismo.

Es raro, la mayoría de gente piensa que los “colegios de monjas” gradúan el mismo prototipo de mujer: súper creyentes, con letra estilizada y la medalla de la virgen María en el pecho (sin ánimo de ofender). En el colegio fui un poco diferente al resto. Tenía compañeras católicas y otras menos, evangélicas. Recuerdo que éramos 4 (de 90) las que pensábamos abismalmente distinto y nos hicimos muy amigas, aunque de las 4 probablemente era la única que pasó la adolescencia entera peleando con la religión -casi odiándola- y diciendo a los cuatro vientos en un colegio católico, que era atea.

A los doce años, un par de años después del divorcio de mis papás, mi papá decidió cambiarse de religión. Yo ni sabía que eso era posible. Me enteré por shute, revisando unas gavetas de su nuevo apartamento de soltero. Encontré un formulario completado a medias a la par de un librito con letras –ahora sé- hebreas. Supuse que era para entrar a una “iglesia” nueva. Recuerdo haber sentido que algo dentro de mí se hizo pequeño y se quedó del tamaño de una pasa. Estaba atónita y empezó la película mental, esa que sale cuando estamos en momentos de estrés y la que dicen vuelve a proyectarse antes de morir. Volví en recuerdos, a pensar en cuántas veces me había persignado en las lecturas del colegio en la clase de religión, en las misas que odiaba por estar tanto tiempo parada o sentada solo escuchando, las clases de catecismo en la casa de una señora que hablaba lentísimo y los dibujos amorfos del libro que me obligó a comprar que ilustraban los sacramentos.

Fue una verborrea del momento y entonces, llegó la lluvia de ideas que lo cambió todo. Sí, era posible cambiarse de religión, de creencias así por así, significaba que ninguna tenía la razón porque se podía escoger; si era como cambiarse de blusa, no había UNA religión con UNA verdad sino que había varias con diferentes verdades, al gusto del cliente. Todas y ninguna tenían la razón, ¿entonces ese dios padre, hijo y espíritu santo era el mismo en todas o cambiaba? ¿Por qué yo había asistido siempre a la misma iglesia si había varias opciones? ¿Por qué mi papá quería dejar la fe que me habían enseñado? ¿Qué había de malo en ella? Si él me había enseñado esta religión y ahora quería cambiarse, ¿el catolicismo no era la correcta? o es que al final, ¿ninguna es correcta?

Finalmente arribaron las más importantes de todas: ¿Para qué servía dios? ¿Quién era? ¿Era él o ella? ¿Era quién o qué? ¿Estaba allí desde antes de las religiones, de los humanos o era puro invento nuestro?

Digamos que de las crisis existenciales que he tenido, esta ha sido una de las más grandes. A la fecha, lo veo en retrospectiva y ni sé cómo es que una niña empieza a dudar de manera tan radical sobre todo lo que la rodea. Esa experiencia no solo se trataba sobre religión, se trataba sobre mi existencia, sobre mi mundo y lo que a la fecha conocía como “verdad” sobre las bases. Era pura filosofía.

Intenté entender a mi papá cuando me decía que habían muchas religiones y que todas, a la larga, enseñaban lo mismo: amor. Que el mundo estaba basado en esto, que no había respuesta correcta, solo maneras de acercarse a la verdad pero mi mente se hacía pedacitos cada vez que me hablaba y terminaba enojándome con él. Estaba furiosa. Me sentía “estafada”, era como que me habían vendido parte de la historia y me faltaba un gran pedazo. Las personas más cercanas a mí me habían mentido. No podía creer que él me hubiese enseñado algo en lo que él ni creía ¡era ilógico!

Decidí, entonces, hacer voto de silencio -ignorarlo, pues- como por 6 meses. Yo no le dirigía la palabra y mucho menos para hablar de mi “crisis”. Ni hablar de la manera que cambió mi forma de ver las ceremonias en el colegio y las clases de catequesis, las odiaba. Odiaba todo y -en parte- era la edad.

Después vino lo que yo considero la revolución. El momento de rebelión pura, de agotamiento por seguir -sin razón aparente- a la “manada,” empecinada con una idea que lo ha cambiado todo en mi forma de pensar. Para mí fue en una misa de esas conmemorativas de algo, ya no me acuerdo. Había que persignarse y decir unas oraciones, no lo hice. La maestra de lejos me observaba. Ya sabía del “mal” que padecía. La misa siguió y vino el “por mi culpa”. Yo no había hecho nada malo así que no me disculparía de gratis. Me quedé quieta. La maestra se acercaba a mi lugar. Después el Padre dijo algo y todas se pararon y yo me quedé sentada. La maestra me llamó la atención y al oído me dijo: párese ahorita, Ana Raquel. Yo le contesté: no.

Para qué contar los detalles de las “pláticas” con la maestra, solo voy a decir que después de un par, me envió a “orientación”. La psicóloga del colegio me terminaba contando sus problemas a mí. Fabuloso. Había encontrado cómo darle la vuelta al sistema. Lo mejor era que habían maestras que se quejaban en las juntas de padres y le decían a mi mamá: “Ana es buena alumna, hay maestras a las que intimida porque no quiere hacer las cosas como se le indican y es desafiante.” Mi mamá se reía. Nunca me regañó por algo así y lo agradezco.

Con el tiempo pasé de la “actitud desafiante” a una actitud más crítica y tolerante.

La relación con mi papá mejoró, platicábamos acerca de su nueva religión aunque el tema no dejó de ser sensible. Compré mi primer libro acerca de la historia de todas las religiones, me abrió la mente y pude ver, no solo a lo malo de las religiones (y eso que es bastante): guerras, genocidios y odio, sino también a un dios que, en todas sus envolturas, se interpretaba (o eso intentaba) como el sinónimo de amor. Leí Siddharta de Hesse y dejé de odiar la religión y a impulsar mis dudas. Ahora sabía: está bien dudar de lo enseñado. Desaprender.

El budismo me atrapó con su filosofía no teísta de ver la naturaleza humana. Despertó mi admiración por el cosmos, así que me volví adicta a saber más sobre física, química, matemática y en especial, de astronomía. Le debo mucho a Carl Sagan pero nunca será un dios para mí. Medité un tiempo hasta que por algún motivo “dejó de hacer efecto” y pensé que solo era más de lo mismo el asunto de meditar no sé cuántas veces, por no sé cuánto tiempo, para llegar a no sé qué estado. Era más de lo mismo con mejor fundamentación y entendimiento del mundo, con eso no quiero dejar a un lado que meditar es uno de los ejercicios más relajantes y de autoconocimiento que existen.

Regresé al lugar original, a la duda. Tenía 19 y después de mucho analizar, decidí que no era necesario tener una religión para ser feliz ni para ser buena persona, que la ética y las buenas acciones no están atadas a una creencia ni debiesen estarlo; hacer el bien por hacerlo, no porque alguien lo haya escrito en algún libro. Mi postura desde entonces no ha cambiado tanto, no tengo una religión puesto que me parecen todas tradiciones heredadas de tiempos donde la religión era el método para mantener a las masas calmadas y sin pensar (sigue siéndolo), con la esperanza en que si se “portan bien” aquí en la Tierra, tendrán una recompensa mayor -y vida eterna- allá en el cielo. Nunca entendí dónde quedaba el cielo después de saber que las galaxias más próximas a la Tierra, son la Enana del Can Mayor y la Elíptica de Sagitario.

El título de esta nota dice que soy atea, pero es más complicado que eso. También soy agnóstica porque pienso que no se puede saber a ciencia cierta –todavía- si existe o no dios. Un dios que, de existir, está lejos de ser un ente controlador que sabe, ve y castiga todo lo que es en contra de su voluntad. Agnosticismo, proviene del griego “sin conocimiento” y fue el británico Thomas Huxley quien finalmente acuñó el término en 1869, aunque desde antes había referencia sobre la postura. Muchos autores han comentado sobre esta postura y su perspectiva: Hume, Kant, Kierkegaard, Russell, Darwin, por decir algunos. Tanto en el ateísmo como en el agnosticismo hay escalas de gris.

Se podría decir que mi postura es un ateísmo agnóstico: soy atea en un 99.99% y el restante 0.1%, es la posibilidad de que exista un dios más acercado a lo que define el panteísmo: una energía, fuerza natural, “chispazo inicial” espontáneo de las cosas o como quiera decirle, que en un inicio y mucho -muchísimo- antes del Big Bang “creó” el universo. No creo en la existencia de ninguna deidad y por eso no practico ninguna religión; pero al final nadie puede afirmar que dios existe o que no existe, en mi opinión. Nadie en realidad lo sabe.

En público digo que soy atea. Me encantan las caras de quienes no entienden qué es eso o, mejor aún, de los que juzgan y me dirán que me voy al infierno por negar a dios y no temerle. Tampoco entiendo por qué tenerle miedo a alguien que “con amor” y con sus propias manos “te hizo”. En fin, digo que soy atea un poco por rebelión, un poco por pereza de explicar -una y otra vez- qué es el agnosticismo; el ateísmo, por alguna razón, suena más crudo y menos complicado; y por qué no decirlo, también lo digo a veces por diversión, cuando es un grupo bastante conservador. En este país decir que se es no creyente es un acto de fe, en la tolerancia ajena y ¡vaya que esa es poca!

En el país del “Dios la bendiga” para todo, yo decido contestar: “gracias, cuídese mucho”. 

Porque respeto sus creencias pero no creo en ellas; porque coincido y comparto en desearles lo mejor en su porvenir; porque lo agradezco mas nunca entenderé cómo un dios que todo lo ve -y controla- puede bendecirme a mí (selectivamente) y no a mucha gente que aquí mismo sufre de hambre y muere con el rosario en la mano. 

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