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Antonio Flores/ Opinión/

[quote]”Cerré mi boca y te hablé de mil maneras silenciosas” – Rumi[/quote]

Antes que nada debo aclarar que esto no viene a ser una contra tesis a la columna de mi compañera Ana Raquel, en la cual nos comparte su perspectiva y experiencia personal en torno a la religión. Me ha parecido algo valiente y certero la forma como ella nos cuenta su historia, sus experiencias y lo que la llevó a tomar su postura. Vengo a escribir esto, por un comentario en esa columna que me ha parecido sumamente insensato, con el cual, su autor quiere desprestigiar a mi compañera escribiendo: “…un “ensayo” hecho por una “patoja rebelde” que se quiere creer muy única…”. Mi experiencia me dice que probablemente el autor de dicho comentario es uno de tantos “fieles” a quienes me ha tocado enfrentarme como joven creyente que soy. Porque aunque ustedes no lo crean, si uno decide ser creyente, no por eso va a dejar uno de pensar diferente.

¿Quieren saber a qué me refiero? Déjenme que les cuente mi historia (como lo hizo mi compañera) y después saque usted sus conclusiones o comente diciendo que soy otro patojo “queriendo ser único y especial” adornando mi ignorancia con palabras bonitas.

Nací en el seno de una familia católica, o como nos describe mi abuela “una familia de católicos de palabra nada más” porque más allá de la misa, los rezos y las procesiones, la dinámica familiar en torno a la fe es la misma que la de cualquier otra. A mí tampoco me preguntaron si quería ser católico, con decirles que no recuerdo nada de mi bautizo y la fiesta que hicieron después; era la tradición, era lo que tocaba. Era la rutina que a cada nuevo integrante de la familia, se le diera el sacramento del bautismo para escribir su nombre con letras de oro en el Libro de la Vida y así evitar que al morir, su alma fuera al limbo. Después de tan “magno evento” nunca tuve problemas con el catolicismo en mi niñez, me encantaba ir a misa con mi abuelita los domingos, escuchar las homilías de los frailes y sobre todo ese sabroso helado de piña que me compraban al salir de la iglesia.

A ella le debo mis primeros pasos en la fe, pero como abuela amorosa que es, jamás me obligó a creer o hacer las cosas.

Entré a un colegio puramente científico y humanista, que no sabía de religiones organizadas o dogmas, simplemente creían en explotar el potencial de cada alumno, para que aprendiera que a veces no se trata de tener todas las respuestas, sino hacer las preguntas correctas. La vida sucedió, llegue a la adolescencia y era el momento de enfrentarme todo eso que uno “adolece” cuando no quiere adaptarse al status quo, era una flor en la pared, mudo testigo de cosas, sucesos, decisiones, mentiras, traiciones, sueños y secretos a donde iba; tanto observé y callé, que con el tiempo cualquier concepto previo de fe, esperanza o religión me llego a parecer estúpido. Lo que tenía ahora, era un corazón con resentimiento, miedo, dolor y ansiedad; pasaba el tiempo riéndome de las personas con fe, destrozando los sueños de mis amigos y burlándome de cualquier individuo que se atreviera a cuestionarme. ¿Y Dios? Había acuñado el concepto de que era el “amigo imaginario” más grande que haya existido jamás.

En este punto probablemente están esperando que les cuente sobre una conversión milagrosa, de esas que mucha gente dice experimentar en un retiro o una noche… lamento decepcionarles, no me ha sucedido algo así.

Si puedo decirles que a los 16 regrese a la iglesia donde mi abuela me llevaba cuando era pequeño, después de algunos años de rebeldía. Me inscribí en las catequesis de jóvenes que buscaban recibir el sacramento de la confirmación, había entrado con las ganas de tener respuestas para todas mis preguntas y de paso, salvar a más de algún pobre del delirio colectivo. Al parecer la vida tenía otros planes, porque la parroquia estaba a cargo de Dominicos, religiosos y laicos para quienes el estudio forma parte fundamental de su fe. Mis preguntas, cuestionamientos o burlas se devolvían con más preguntas, más cuestionamientos y dudas acerca de mis propios argumentos; lo que había empezado como un plan para querer tener la razón, se había vuelto una montaña rusa de información, preguntas, respuestas y creencias. Pero no fue una catequesis, un sacramento o una oración lo que me devolvió a la fe de mi niñez, fue un momento de serendipia entre las montañas del interior del país lo que rompió mis necedades y me quitó de encima tanto resentimiento.

Nada inmediato sucedió, no hubo un viento enorme o lenguas de fuego sobre mi cabeza. Regresé a mi casa y mi rutina seguía igual, los problemas seguían allí, las dudas también, los hambrientos seguían con hambre, aún habían pobres y desvalidos… pero después de ese momento, solo había silencio; la paz antes de la tormenta. Porque lo que vino después fue un aluvión de preguntas y la necesidad de encontrar mis propias respuestas; para explicarme, usare la cita R.W. Emerson “La mente, una vez ampliada por una nueva idea, nunca retorna a su dimensión original” ahora me permitía hacerme mejores preguntas, cuestionarme antes que a los demás, aceptar mi ignorancia. Mi camino y mi forma de ver el mundo, no eran absolutos o únicos, hay demasiadas veredas hacia un mismo destino.

Busqué de nuevo a los dominicos, quienes me recibieron gustosamente y en ningún momento me juzgaron por tener dudas, por querer respuestas, por llenarlos de preguntas… Aún recuerdo sus palabras: Cuestiona todo lo que quieras, cuestiona aquello que te enseñaron, cuestiona tus creencias y argumentos; para llegar a la verdad no hay atajos. Esta es nuestra forma de vivir la fe, de ver al mundo, si es de tu agrado bienvenido seas, si no lo es, siéntete en la libertad de seguir buscando lo que quieres encontrar.” Para no darles más vueltas al asunto, esas palabras me dejaron más inquieto.

¿Era libre yo de escoger en qué creer? ¿Por qué me permitían cuestionarles? ¿Quién jodidos iba permitir eso en la iglesia?

Decidí unirme a ellos, quería respuestas, hacerles más preguntas y quería ver que había más allá de los sacramentos, de la Biblia, de las cuatro paredes de un templo y de los prejuicios; necesitaba saber si de verdad practicaban esas palabras con las que me habían recibido o si solamente era un gancho para captar personas. Puedo decirles que después de eso, hallé tanto que aprender, tantas obras silenciosas, tanto trabajo constante, incoherencias y necedades, historias, personajes, amigos… que nadie pudo sacarme de allí.

De eso han pasado 10 años, de puro crecimiento, de aprendizaje, errores, experiencias y estudio; en ese tiempo me ha tocado escuchar tantas veces “Dios te perdone por lo que estás diciendo/haciendo” cuando expreso abiertamente mis posturas respecto a temas considerados tabúes. Para mucha gente es motivo de escándalo que venga un joven a decir que debemos educarnos sexualmente y dejar de ver la sexualidad como algo pecaminoso, sino algo puro, bello, que podemos disfrutar responsablemente, que no hay nada de malo en hablar de sexualidad con la gente del área rural y enseñarles a ser conscientes de su cuerpo, de sus responsabilidades y derechos. No se diga estar a favor del amor en todas sus formas y respetar esas decisiones, porque el amor siempre gana; muchos no entienden porque mis amistades no se basan en prejuicios y yo no termino de entender por qué eso debe ser así. Y en un país con tantas imágenes, no entienden cómo puedo exigir que la imagen a la que deberíamos amar es nuestro prójimo; me encantan las procesiones y la devoción popular, pero aborrezco la ceguera de quienes ven a Cristo en un taller de madera, antes que en los necesitados, los hambrientos o su propia familia. Les indigna que en lugar de estar llenando corazones y mentes de verdades absolutas, entreguemos los recursos y herramientas a los jóvenes, para que en su libertad decidan en que creer; no asimilan como alguien dentro de la iglesia se cuestione y cuestione tanto, como si la curiosidad fuera pecado. ¿Entonces Dios me debe perdonar por no ser o pensar como ellos?

Tanta gente diciendo “Que Dios te perdone” me hace pensar en las palabras de Francisco que en la JMJ de Brasil  pedía a la juventud ser protagonista de la historia y no balconear la vida, lástima que a la juventud no se le abren espacios tan fácilmente para hacer historia, para crecer, para crear; como si el precio por ser jóvenes, ser auténticos, ser felices y armar lío del bueno, fuera andar pidiéndole perdón a Dios, por no ajustarnos a las normas de un consejo de ancianos.

Al igual que Ana Raquel, les he contado mi historia para contextualizar mis decisiones y mi caminar ¿Por qué? Porque eso es lo que deberíamos hacer todos, no como creyentes o ateos, sino como seres humanos, conocernos; somos rápidos para juzgar basados en lo que vemos o nos dicen y muy lentos para conocer la historia detrás de un rostro, las batallas que ocultan una sonrisa, los fundamentos de un argumento. Entienda usted, que al igual que ella, creer ha sido la elección que he tomado en libertad plena, basado en mis experiencias, dudas, respuestas y oportunidades; escogí ser católico y dentro del catolicismo opte por ser Dominico, y no me arrepiento. Porque he optado por aceptar a Cristo como mi verdad y a Domingo de Guzmán como mi maestro, pero eso no me faculta para desvirtuar a quienes no han encontrado motivos para creer como yo. Porque habrán quienes optaron por el agnosticismo, ser ateos, budistas, evangélicos, mormones, testigos de Jehová, seguidores del monstruo de espagueti o discípulos de Yoda, y de esos caminos, también puedo aprender y crecer. Creo fuertemente que nuestro deber (como ateos o creyentes) no está en convertir a la gente de una religión organizada a otra.

Debemos enfocar nuestra misión en convertir a la gente de la miseria a la felicidad, de la esclavitud a la libertad, de la crueldad a la compasión, y sobre todo del miedo al amor.

[quote]Duda de todo, encuentra tu propia luz – Siddartha Gautama[/quote]

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