Imagen Familia

Gabriela Maldonado/ Corresponsal/

He pasado los últimos 7 años pensando en que al regresar a casa me reuniría finalmente contigo y así compensar por el tiempo que pasamos lejos. Pero tú te fuiste inesperadamente y yo quedé abrazando tu ausencia.

Esta es la tercera nota que escribo sobre el racismo porque el crecer dentro de una sociedad racista,  tal y como escribí anteriormente, tuvo un efecto negativo sobre mi percepción de la realidad guatemalteca y a la vez limitó mi relación con otros guatemaltecos.

Por 20 años Carlota vivió en la casa de mi familia: nos cuidó y consintió, lloró y se rió junto a nosotros (de hecho su risa, fuerte y resonando dentro de la casa, es uno de mis recuerdo favoritos de ella). A través de los años mi aprecio por Carlota fue aumentando y hoy la reconozco como una de las personas más importante en mi crecimiento.

Sin embargo, a pesar de su importancia mi vida, Carlota nunca se sentó a la mesa con mi familia. Nosotros nunca visitamos su casa en Quetzaltenango ni supimos mucho de la vida de su familia. Y es que nuestra relación estuvo marcada por racismo y clasismo (aunque bastante sutil).

Como bien he escuchado decir: “la ausencia hace que el corazón se vuelva más suave.” Así, en los años que he vivido fuera de Guatemala he podido reconocer la distancia que hubo entre Carlota y yo, distancia que no nos permitió acercarnos como amigas, como madre e hija, como iguales.

Por eso desde hace años comencé a planear nuestro re-encuentro: añorando la oportunidad para agradecerle su amor sin medida y por todo su cuidado. Planeaba agradecerle porque nunca escuché un comentario negativo salir de su boca; al contrario, “somos pobres, pero felices” es una de las frases que mejor recuerdo de ella y que aún me llena de ánimos cuando la recuerdo. Entre mis planes también estaba convivir con ella y conocerla mejor: compartir sus tareas diarias en su aldea, aprender de su sabiduría ancestral y escuchar sus historias y experiencias.

Pero como la vida no depende de los planes de uno, Carlota dejó de habitar este mundo sensorial a finales del año pasado y yo aún sigo a la distancia. Esta dolorosa experiencia de pérdida y distancia ha creado en mí la necesidad de entender mejor las relaciones de raza y clase en Guatemala y buscar formas alternas de convivir.

Reconocer los pensamientos y actitudes racistas en uno mismo es difícil e incómodo, pero es indispensable si queremos ser parte de los que construyen una sociedad equitativa y respetuosa.

Además, como ladinos es nuestra responsabilidad llamarle la atención a otros ladinos cuando se comportan de maneras que perpetúan el racismo o lo normalizan.

Dentro de los círculos de activistas a los que pertenezco se le llama “liberación colectiva” al proceso de despojarse de actitudes opresivas (incluyendo las racistas, clasistas, sexistas, etc.), al mismo tiempo que se reconoce el privilegio que la sociedad le confiere a ciertas identidades. Este proceso conlleva rendir cuentas por nuestras acciones, escuchar las experiencias de otros, y ser críticos de cómo nuestros pensamientos han sido influenciados por racismo o alguna otra clase de opresión social.

A menos de que seamos honestos con nosotros mismos acerca de las dinámicas de poder que nos rodean y nos privilegian, y de que estemos dispuestos a reconocer nuestro sesgo e imparcialidad al entender la realidad del país, estaremos atrapados dentro de los mismos patrones de opresión que persisten en la sociedad guatemalteca y dentro de sus instituciones de gobierno.

Depende de cada uno de nosotros hacer el esfuerzo de examinar las maneras en que cada uno de nosotros contribuimos a la continuación de muchos de estos “ismos” (racismo, sexismo, clasismo), más aún cuando es de manera sutil. Este proceso de liberación colectiva es constante, difícil y muchas veces nuestros avances no serán reconocido por otros. Pero la recompensa es volverse una persona consciente de sus acciones y pensamientos, que no perpetúa los ciclos de injusticia y opresión en el país.

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