estetoscopio

María Alejandra Morales/ Opinión/

A lo largo de la historia, la especie humana ha podido desarrollar diversidad de habilidades que le han hecho sobresalir del resto de especies; más allá de la capacidad de razonar, que evidentemente poseen los seres humanos, la especialización del trabajo ha sido sin duda alguna uno de sus más grandes logros. Cada vez más nos vemos sorprendidos por los avances tecnológicos que ocurren día con día, y de los cuales somos testigos.

La creatividad, las ganas de emprender y los deseos de innovación de tantos hombres han revolucionado para siempre al mundo.

Una de las especializaciones que cada día me sorprende más es la medicina, la capacidad de los seres humanos de brindar salud a los demás, de prolongar la vida. Afortunadamente gozo de buena salud, por lo que mi contacto con médicos desde la niñez se ha visto relativamente reducido; aunque debo admitir que tuve la suerte de ser tratada por doctores magníficos, excelentes en  profesión y calidad humana. No obstante, es preciso resaltar que no toda mi experiencia ha sido igual, pues en una profesión tan admirable como lo es esta, existen también aquellos que no fueron llamados a servir por vocación.

Este cambio en mi percepción surgió recientemente, a raíz de la enfermedad de mi papá, quien fue diagnosticado en el mes de julio con cirrosis terminal, y su expectativa de vida era de cinco meses aproximadamente.  Esta enfermedad es como un sube y baja, un día se está estable y al otro día muy mal. Lamentablemente cuando se está enfermo no son suficientes únicamente las ganas de vivir, hace falta poseer los recursos para seguir viviendo. Esta situación me puso de frente con la realidad de tantos guatemaltecos, que por falta de servicios públicos eficientes y por carecer de recursos han muerto en el intento. Nuestra experiencia con los primeros médicos que lo trataron nos ha dejado muy malos recuerdos, pues prácticamente nos daban a entender que nuestras esperanzas y buenos deseos no eran todo lo que se requería, hacía falta llenar la cuenta bancaria del médico para que él intentara salvar a mi papá por medio de un trasplante de hígado. Es importante resaltar que este procedimiento aún no se realiza en Guatemala.

Rendirnos no era una opción, y aunque todos los diagnósticos decían muerte, Dios nos decía vida.

Las opciones cada vez eran menos, las esperanzas también, hasta que finalmente una luz en nuestro camino nos llevó hacia Guadalajara. La labor de un médico es bendita, pues son instrumentos de Dios puestos a la disposición del hombre para regalar vida. Nuestra luz tiene nombre y apellido, él es Luis Carlos Rodríguez Sancho, el ángel que le salvó la vida no solo a mi papá sino a todos nosotros, su familia. Verdaderamente he quedado impactada, además de las evidentes capacidades que como médico posee, posee nobleza y compromiso con su trabajo. Su profesión no es su negocio, él se ha especializado para servir por vocación y movido por el deseo de salvar vidas. Lo digo porque soy testigo de ello; la bondad, comprensión y buena voluntad que este personaje nos ha mostrado, sin duda alguna, nos ha cautivado. Qué diferente sería este mundo si todos los seres humanos trabajáramos así, incentivados por las ganas de servir a quien necesita nuestra ayuda, movidos por la satisfacción de saber que hemos contribuido enormemente a la vida de una persona, que hemos cambiado una historia, que hemos sido los autores principales de un final feliz. Yo, al igual que un sinfín de personas, no poseo nada más que admiración y agradecimiento hacia nuestro querido Doctor, que sin darse por vencido luchó sin cansancio hasta regalarle una nueva vida a mi papá, quien es hoy un ejemplo vivo de que los milagros existen y que estos ocurren por medio de ángeles como el Dr. Rodríguez Sancho.

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