By Brújula
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Techo-Abril

Antonio De La Roca / TECHO /

¿Hasta donde podemos como seres humanos soportar las atrocidades que en este mundo nosotros mismos hemos creado?

Suena un poco tosco, intenso e incluso exagerado el argumento anterior, pero no creo que haya otra forma de partir al observar y tratar de entender la realidad actual que enfrentamos en nuestra sociedad. Una sociedad donde los síntomas como el consumismo, la polarización, la obsesión, la inequidad, la avaricia y el individualismo parecen ser características y pequeñas réplicas que cada vez nos van deshumanizando más y más, y que a su vez van “engordando” un sistema socioeconómico que desgarra nuestro tejido social al nutrirse de la injusticia e inmoralidad de sus actores sociales; un sistema que ha llegado a límites nunca antes vistos y que realmente hace arder de indignación al percatarnos de la desigualdad y la falta de respuesta de la misma sociedad ante tales hechos denigrantes.

Suena duro, repito, y es difícil imaginarlo -casi imposible he de decir- porque solamente viviendo la brutalidad de la pobreza en carne propia, se llega a entender que es una situación que va más allá del dinero. Las diferentes dimensiones de la misma nos hacen ver que es algo más que la falta de lo material; incluso, se trata de la pérdida de lo humano y la materialización de barreras que impiden el desarrollo, barreras que no te deja salir, que te dicen que la sociedad necesita del pobre y el excluido para que “la cosa se mantenga dando vueltas”. Como consecuencia, nos encontramos obligados a callar, a trabajar literalmente hasta morir y a esforzarnos hasta no dar más, porque vivir en una de estas situaciones es un acto de supervivencia.

Debemos recordar que es inaceptable tener que luchar contra la muerte, tener que apostar por el día a día sin saber que nos depara en el futuro.

Este choque de realidades nos debe hacer reflexionar en torno a lo que conocemos como sociedad. Qué ironía pensar que es necesario ver para creer, que es necesario estar allí para sentirlo. Dicen que el conocimiento te hace responsable, pero no debemos seguir soportando más que creer es una responsabilidad solo de los que queremos actuar porque hemos estado allí, porque lo hemos visto e incluso lo hemos llegado a compartir. ¡La pobreza nos exige presencia e interés! Para generar cambios verdaderos, se necesitan reformas al sistema, que no son cosas que salen en discursos o charlas en las redes, son cosas que se deben trabajar en base al conocimiento de lo que verdaderamente sucede en las comunidades y asentamientos.

Nosotros, los jóvenes, somos esperanza, somos esa fuerza motor que es imparable, LA VOLUNTAD. Las repercusiones de poner mente y corazón a disposición de la sociedad para lograr un trabajo de calidad, pueden ser inmensas, y aunque todo nos indique que nos falta mucho por caminar, muchas puertas que tocar, muchas personas y organizaciones que incluir y mucha fuerza por dar para resonar en la sociedad sabemos que son numerosas las vidas que han sido tocadas por la voluntad y el coraje de generar el cambio para salir adelante y no parar de luchar por esto que tanto queremos.

No importa si el futuro se ve nublado, que el panorama sea incierto o que las oportunidades sean pocos y las manos contadas, sabemos que esperanza no debe quedarse aquí porque el equilibrio entre inteligencia y voluntad nos llevará lejos.

Reflexionemos cotidianamente sobre nuestros actos y hagamos cambios pequeños a nuestras costumbres, ya que no existe otra forma de poder revertir la dirección que está tomando el mundo si no es a través de sus mismos actores y esos pequeños aportes que nutran un verdadero cambio para la sociedad. La suma de todos esos aportes individuales, será lo que nos lleve a poder pensar en colectivo, que nos haga entender que no se trata de unos o de otros, se trata de una misma sociedad que necesita de todos para subsistir.

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