By Alexander López
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En mi segunda estancia en España, he tenido la suerte de hacerme más amigos alemanes que de otras nacionalidades.

Cuando conocí, hace cuatro años, a las dos primeras amigas alemanas, ellas me parecieron muy distintas y complicadas. Viajé a Alemania por primera vez y pasé uno de los peores momentos de mi vida en Berlín, entonces llegué a hacer míos los prejuicios (que mundialmente son compartidos) de que los alemanes eran fríos, calculadores, lejanos, aburridos, serios y rudos. Mis sueños de ir a Alemania a estudiar un máster se habían esfumado, ya no quería regresar más a este país.

Los alemanes dejaron de importarme, y continué haciéndome de muy buenos amigos de otras nacionalidades: de Italia y Ecuador (que son de los mejores y valoro mucho), España, Escocia, Bélgica, Austria, China, Portugal y por supuesto de mi querida Latinoamérica (Colombia, Argentina, Honduras, etc.).

Me di cuenta que, nosotros los latinos, éramos muy diferentes a los alemanes (y europeos en general): más de familia, cercanos, amigables, cariñosos, divertidos, calientes, impuntuales (aunque yo trato de echarles en cara lo puntual que soy), dramáticos, “tocones” y bailadores de perreo intenso, entre otros muchos. Y ellos representaban lo opuesto a primera vista o sin conocerlos del todo bien.

Mi perspectiva fue cambiando en los últimos años cuando conocí con más intimidad y personalmente a amigos como Sebas de Dusseldorf, Jan de Frankfurt y Ben de Stuttgart, así que volví a Alemania para pasar algunas semanas con ellos, sus amigos y familias y esas vacaciones fueron muy buenas porque regresé con más amigos, cariño familiar y muchos regalos.

Pero, mi experiencia mejoró aún más el semestre pasado, cuando conocí a mi amigo Michael de ZweiBrücken con quien tuve toda una cátedra de “cómo ser alemán” durante casi todos los días a lo largo de todo el semestre viviendo al máximo los viajes, fiestas, reuniones, discusiones y la buena amistad. Entonces decidí pasar mi cumpleaños 30, la navidad y año nuevo junto a él, sus amigos y familia, y terminé por aprender y experimentar lo acogedores, cariñosos, flexibles, íntimos, honestos, confiables y cercanos que son los alemanes, especialmente a través de la convivencia con sus padres y familia extendida que me transmitieron cognitiva y emocionalmente que el color de piel no importaba y que las diferencias culturales no eran una barrera para compartir el sentimiento de pertenecer a una familia distinta.

Desde entonces, veo con otros ojos a los alemanes y experimento los mismos sentimientos positivos dentro de mi círculo de buenos amigos que también me enseñan que la cultura alemana es de lo mejor: Max, Anke, Laura, Duncan, Daniel, Félix, etc., quienes también me hacen sentir como en familia y muy feliz.

Al final, sucede con las otras nacionalidades o con otras culturas que tú no conoces muy bien: los estereotipos y los prejuicios llegan para querer quedarse en tu cabeza y son difíciles de sacar, hasta el momento que te ves dentro de su círculo social e interactuando propiamente con ellos. Mi experiencia hasta el momento es de las mejores y mi visión de los europeos (especialmente del centro-norte) va mejorando. Me voy sintiendo como en casa después de todo y puedo decir que los alemanes son al final como yo, distintos y geniales, y que solo aquellos que aún piensan que son fríos, son quienes no han tenido la suerte de encontrar amigos y familia como los que he conocido.

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