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El tipo tenía una playera y una gabacha blanca. Pero no del mismo blanco. Bueno, ni siquiera eran blancas. Eran de un blanco amarillento más bien. Eso sí, tampoco del mismo blanco amarillento. Lo vi muchas veces esa noche. Iba y venía con cajas de pizza. Sin detenerse. Casi no levantaba la vista. Supongo que ofrecía las pizzas pero el volumen del concierto apenas dejaba escucharlo. Esa noche había mucho frío. Fue por eso que lo vi la primera vez. Sus brazos morenos descubiertos acumulaban viento y sereno. Ya alguna vez habrá trabajado al ritmo de estas canciones. Estoy seguro que debía saberse de memoria la mayoría.

Pero esa noche él trabajaba y no estaba para cantar. Yo fui al concierto porque siempre quise escuchar en vivo a esta banda que me parece fascinante. Sobre todo, esa forma lapidaria de contar historias en menos de cuatro minutos. Los admiro. Siempre he pensado que son unos grandísimos narradores. De esas canciones he aprendido el enorme valor de la síntesis y también que el desapego por las formas y las palabras mayores, no necesariamente significan alguna especie de suicidio o desperdicio literario.

Narcos, inmigrantes, relaciones familiares intensas y cotidianas en donde casi siempre el padre lamenta el presente de algún hijo. También de reivindicaciones latinas. Sobre todo eso. Y sí, también de esas que me parecen sus canciones menores. Historias de amor y desamor con un gusto excesivo por la lagrimita cursi. Estas últimas me parecen divertidas. Pero ese soy yo. Pertenezco a ese bando que le encontró gusto a estas canciones después de más de treinta años sonando en las radios y bailes populares. Los han estado escuchándolos desde siempre, son personas como el tipo de las pizzas y que esa noche se detuvo una sola vez. En mi defensa podría alegar mi edad y que nunca me he emborrachado.

Cuando el tipo se detuvo se cruzó de brazos. Habrá sentido un poco de frío. Los señores cantantes ofrecieron la siguiente canción con ese adjetivo posesivo de tercera persona con el que las anuncian todas. “Y aquí les va su directo al corazón, que la disfruten” Habrá sido su descanso de tres minutos y medio. En ese tiempo levantó la vista hacia el escenario. Pero nada de gritos ni alaridos descontrolados, ni bailes con la mano en la cintura, ni menos subir las manos a la cabeza y menearlas de un lado a otro. Después de todo, estaba solo.

Cantó la canción. Más bien, musitó su canción. Al terminar siguió con lo que realmente le competía esa noche: ofrecer porciones de pizza a veinte quetzales de los que se habrá ganado algunos centavos. Por lo menos escuchó y tarareó su canción. Quizá haya sido eso, el cantar y escuchar su canción, y la venta de pizzas solo fueran una excusa para entrar al concierto. No lo sé. El resto de su historia podría contarla desde la ficción. Pero no puedo, a mí, eso siempre me falta.

Ha pasado ya muchísimo tiempo desde aquella noche. Volví a ver a la banda en un concierto con un clima más cálido. Esta vez fue en el interior del país. Otra historia que hasta ahora he sido incapaz de contar y que podría resumirse en esta imagen con que la realidad me lapidó esa otra noche: una niña en brazos de su madre bajo la puerta de un burdel. En la misma calle estaba el estadio al que íbamos. Al salir del concierto ya no estaban. Debo suponer, otra vez, que desde ahí habrán escuchado el concierto. Cuando nos estacionamos frente al burdel, ellas nos vieron y yo bajé la mirada…

Son imágenes como esas, que veo bastante a menudo, las que siempre intento describir. Algunas se facilitan, por simples, y otras se resisten porque es uno es incapaz de abstraerse. Eso sí, por más que uno se esfuerce, las imágenes siempre se impondrán a las palabras. Por eso respeto y admiro tanto a los poetas. Y si a esas imágenes se les pone música, pues bueno, uno de “escritor y narrador” poco más puede hacer.

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Escribo este texto porque me pidieron que contara si algún libro o autor me llevó a la escritura, o cómo fue todo eso. Seguro que hay muchos escritores y libros, pero escribir sobre eso siempre me ha parecido una empresa angustiante. Un asunto del que solo los verdaderamente aventajados pueden salir indemnes.  Así que me coloqué los audífonos, seleccioné algunas canciones, presioné play y me puse a escribir.

Engler García

Ciudad de Guatemala, 1,979. Con estudios en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente colabora con una columna quincenal para Plaza Pública. Durante el 2,012 Editorial Cultura publicó  “Postales”, su primer libro. Forma parte de la antología de narrativa guatemalteca de Editorial Alfaguara “Ni hermosa ni maldita” aparecida en el mismo año.

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