By Martín Berganza
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Martín Berganza / Opinión /

Escribo esto la noche del 30 de agosto, a siete días de las elecciones. Aun no decido si votar, abstenerme, o anular mi voto. Me encuentro en una encrucijada muy difícil. Por un lado, no siento que ningún candidato me represente (con la excepción, quizás, de Aníbal García de MNR). Por otro lado, el miedo a la probable tiranía cleptocrática que seguramente se avecina con Manuel Baldizón, me incita a emitir un voto de rechazo. Esto último, creo, es lo que incitará a votar a la mayoría que no estamos convencidos de votar en un sistema político notoriamente corrupto. Sin embargo, esto no es un voto libre, y no manifiesta una postura ideológica acerca de las mismas elecciones. Por eso mismo, pensaría en votar nulo.

Pero pensarán ustedes: “¿Para qué votar nulo? Es desperdiciar tu voto. Es hacer que Baldizón gane”. En efecto, el voto nulo no tiene un reconocimiento como tal en nuestro ordenamiento jurídico; es mencionado tres veces en el artículo 237 sobre el escrutinio de los votos. Anular el voto sólo acarrea como consecuencia jurídica que no cuente. Punto, nada más.

¿Por qué desperdiciar la valiosa oportunidad de participar en un ejercicio democrático? Pues porque no se está participando en una democracia real.

Vladimiro Naranjo Mesa, constitucionalista colombiano, hace la distinción entre la democracia formal y la democracia real. La democracia real es aquella donde “efectivamente todos los asociados tengan las mismas oportunidades, donde los principios liberales (relativos a la democracia liberal, régimen de organización política vigente en Guatemala) no se limiten a un marco teórico sino que se hagan realidad en la práctica”[1]. En la práctica, tenemos a lo sumo una democracia formal, donde el único acto democrático que el ciudadano promedio ejerce es el voto cada cuatro años. No existe una verdadera igualdad de oportunidades para que el ciudadano pueda participar en la política nacional.

Sumado a esto, el régimen político guatemalteco no ofrece las suficientes facilidades para que exista una democracia participativa. Es cierto, la ciudadanía guatemalteca ha estado adormecida durante años, siendo la sociedad civil organizada, el sector académico, los movimientos indígenas y campesinos, los sindicatos estatales y el sector patronal organizado, los únicos actores políticos fuera del gobierno. El ciudadano promedio rara vez se ha interesado en participar en política porque percibe que el sistema es excluyente y que, por las prácticas ilegales e ilegítmas (como ese pequeño detalle que sacó a relucir la CICIG cuando afirmó, en su informe sobre financiamiento, que un alto porcentaje del financiamiento político proviene de la corrupción y el narcotráfico[2]) que son consuetudinarias en la política guatemalteca, que no vale la pena. Por lo tanto, votar por un candidato que no ofrezca un cambio en las condiciones de la democracia guatemalteca para que ésta sea más participativa, resulta en un ejercicio estéril y risible.

Pero entonces, ¿qué alternativas tenemos? ¿Escudriñar a los candidatos y distinguir entre sus planes de gobierno? No creo que eso sea un método útil, porque los planes de gobierno sólo son guías que saca el partido cada cuatro años para venderse como “serios”, mientras que sus políticas públicas, dado el funcionamiento de la política guatemalteca, se ven afectadas principalmente por el interés para pagar favores políticos. Lean el plan de gobierno del Partido Patriota de 2011 y comparen con cómo fue el gobierno, para sacar sus conclusiones sobre la utilidad de este ejercicio.

Al día de hoy, la única alternativa institucional para cambiar el sistema seudodemocrático en el que vivimos, sería conformar un partido distinto que establezca en sus estatutos que deben celebrarse elecciones internas para designar candidatos y que, sea de la ideología que sea, sea cien por ciento transparente en cuanto al tema de sus finanzas.

Pero esto, amigos y amigas, tendría que hacerse para las próximas elecciones. Para estas, sólo podemos elegir entre las opciones disponibles en la papeleta. Y como dije previamente, ninguna me convence lo suficiente.

Pueden elegir con no legitimar un sistema en el que no creen. Yo haré esto. Voy a hacer esa cola y esperar lo que tenga que esperar para decirle a los políticos que, aunque mi ejercicio sea formalmente fútil, no voy a marcar una X en la casilla correspondiente para darle sustento a este sistema. Pero hago la siguiente salvedad: si ustedes anulan su voto como protesta, no tiene ningún significado, ninguna carga, si esperan los siguientes 4 años a que el sistema cambie sólo así. Ya demostraron que pueden organizarse y salir a manifestar. Ahora toca organizarse para proponer cambios al sistema y fiscalizarlo. Se llama “ser ciudadanos”. Es un ejercicio que tienen que hacer de aquí hasta que su cuerpo y mente no aguanten. Así que los insto a lo siguiente: no avalen el sistema político y voten nulo, pero no se abstengan de participar en política. Es lo que el país necesita para florecer en una democracia real y participativa.

[1] Naranjo Mesa, Vladimiro. Teoría Constitucional e Instituciones Políticas. Colombia, 2012. Editorial Temis, 1ª reimpresión de la 11ª edición. Página 470.

[2] Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala. Informe: El Financiamiento de la Política en Guatemala. Guatemala, 2015. Página 105. Disponible en: http://www.cicig.org/uploads/documents/2015/informe_financiamiento_politicagt.pdf

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Estudiante de Derecho a regañadientes, observador crítico e inconforme. Aprendiendo a vivir y a levantarme después de tropezar repetidas veces.

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    Joaquín Medina Bermejo / 02/09/2015 at 10:47 /Responder

    Comparto sus argumentos.

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