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Gabriel Reyes / Opinión /

Hay un peligro nacionalista en hacer crítica independiente y sin ataduras al arte nacional, el paternalismo propio de una respuesta al malinchismo de los medios conservadores y el público renuente al arte alternativo o tradicional que se presenta en escena semanalmente ha creado un alto grado de confusión para catalogar o criticar el arte en escena; ya Jorge Sierra, el único crítico honesto de música nacional, ha recibido infames respuestas violentas a sus normalmente acertadas críticas. Si bien el enfoque debe ser constructivo, fomentar la crítica es también fomentar el arte desde una esquina perceptiva de alguien que disfruta una buena puesta en escena, bien lo dijo la artista guatemalteca Helena Solares: “Decir que como un/a artista le puso empeño a su espectáculo yo no puedo decir que su trabajo no me gustó, es mediocre, infantil y hasta dañino. Y también que un/a artista crea que su trabajo es intocable porque le metió mucho empeño es un pensamiento mediocre. Precisamente por pensar así es que las artes en Guatemala están cojas. No se es artista por mandato divino. No es Dios ni los ángeles quienes nos han ungido de talento y por lo tanto no podemos ser objeto de crítica. La crítica es una de las cosas que debe hacernos salir de la zona cómoda para crecer.”

Sin más respaldo que el amor insondable al séptimo arte, aquí mí critica a dos de las puestas en escena más recientes del cine nacional:

Ixcanul, una cachetada de ruralidad…

Envuelta en una mágica ambientación de una ruralidad forastera a la cotidianidad tangible, Ixcanul narra la historia de María (María Mercedes Coroy), una adolescente indígena que rebota en las faldas del volcán de Pacaya. Hablada en kakchiquel, acentúa una realidad donde el lugar antropológico ataca puntualmente el concepto de desarrollo dentro del imaginario colectivo. En Ixcanul, la ruralidad no implica pobreza (aunque ese no sea el caso en su totalidad), la relativiza, acerca al citadino a entender que, también, en las periferias del desarrollo tecnológico y de concreto, se vive, se interactúa.

Se reproducen -en el desarrollo de la historia- los mitos de la imposición machista sobre el futuro de María, quien es obligada a casarse con quien provee empleo a su padre en una finca de café. Dicho pacto es paralelo a la relación entre Juana (interpretada magistralmente por María Telón) y su hija María, quienes a pesar del aislamiento y sometimiento machista, son los pilares de la familia, alimentan y toman decisiones.

El golpe de urbanidad llega cuando la carencia de servicios de salud pública se hace inminente, y ambos espacios convergen en la misma dimensión, la miseria parece ser la fotografía que se percibe ante la dualidad de un espacio intermedio entre la ruralidad sobreviviente y el desarrollo occidental de lo urbano.

Las actuaciones parecen fantásticas, sin embargo la barrera del idioma dificulta hacer una crítica formal, hay un cierto balance entre lo amateur y esa tradición que tiene el cine guatemalteco de adaptar las actuaciones a sus símiles interpretados.

La única deuda mortal, desde mi perspectiva, es la ausencia de acentos musicales que hagan énfasis en momentos específicos del film, que remarquen las emociones que pueden llegar a transmitirse en ese choque cultural y entre la crueldad de la inocencia que se perpetúa en la barrera cultural.

Por lo demás, Ixcanul no es un golpe de realidad, es una clase de levi-straussismo antropológico y un ejercicio para romper mitos tradicionales de la miseria de la ruralidad, del desarrollo occidental y de la superioridad de clase. Ixcanul refleja los mismos patrones de comportamiento que se diluyen en lo proper de la urbanidad burguesa, en el campo. El shock entonces merma la distancia filosófica entre el centro y la periferia. Véala, le tocará algún nervio conservador.

The Hunting Party, de lo hipster a lo cotidiano…

Chris Kummerfelt en una arriesgada mancuerna con Casa Comal, quienes han producido anteriormente cine de mediana calidad, se sumergen el mundo de las películas juveniles e historias cotidianas que ya antes abordó Julio Hernández en “Gasolina”.

La historia no complejiza mucho, tres amigos de personalidades antagónicas vinculados por su carácter cercano a algunos clichés urbanos se aventuran en una tradicional noche de conquista en Antigua Guatemala, después de fracasar, un golpe de suerte les regala una aventurada segunda mitad de la noche.

Primero lo bueno… el esfuerzo por personificar el carácter citadino involucra tanto a la ciudad capital, como a Antigua Guatemala, como elementos intervinientes en el desarrollo de la película, la ciudad es un personaje y juega un rol mágico en el desarrollo de la historia.

La actuación de Chris Kummerfelt, en un papel complejo, que ralla la línea de lo cursi y envuelto en el cliché del poeta de la tragedia, funciona, lo detiene y lo trae al suelo. Desarrolla un par de escenas extraordinarias, sobretodo la conversación de un clásico intercambio intelectual-romántico muy al estilo de Dawson’s Creek, con el personaje de Amy, en un lúgubre bar.

El guión, que aunque se cae por partes, forma una imaginaria gráfica de coseno entre lo cursi y lo intelectual, por momentos converge y cose los eventos en un tejido interesante y elaborado, quizá falto completar aspectos técnicos que pudieran marcar acentos interesantes, como las escenas de pelea y el desarrollo de la relación entre Genevieve y Fausto.

El personaje de Augusto que, por momentos se asemeja a lo que hace Zach Galifianakis en “The Hangover”, es un conocido de todos, harto del call center, delinque en la mediocridad y se transforma en el foco de la historia al enamorarse de una gringa imposible y desplegar la nobleza del chapín más “normal”. Por otro lado, la interpretación de Héctor Pizarro no termina de cuajar por momentos, pero alcanza picos de extraordinario dominio de la escena.

Lo malo… La edición de sonido, sin querer notarlo tiene momentos trágicos, donde se atrasa o se adelanta. La música es normal, el folk intrascendente de la escena hispter abunda en las películas que bordean este formato.

El resto de las actuaciones se diluyen y se dispersan en la película, sin terminar de cuajar y de hacerse creíbles desentona por momentos el personaje de Fausto, que no encaja del todo en la expectativa que genera su complejidad.

Por lo demás “Hunting Party” es una sobredosis de guatemaltequismo, hablada en buena parte en inglés. Es un suspiro de aire fresco, que lo hará sentirse identificado con la juventud que aplana las calles en búsqueda de aventuras, no es Spielberg dirigiendo a Day-Lewis, pero funciona para un domingo por la tarde.

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