By Alanon
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Por: Juan

Siempre he pensado que lo que se ve y escucha de pequeño en casa, es la versión de normalidad que aprendemos como niños. Independientemente de las experiencias, los hijos solemos confiar ciegamente en los padres durante los primeros años de vida. No es hasta que empezamos a tener experiencias y contacto fuera de nuestra casa y familia, que tenemos una versión diferente de “normalidad”, con la cual comparar nuestra propia experiencia.

Crecí en un hogar “normal” (vaya usted a saber qué significa eso en una familia); integrado por un papá ausente en virtud del trabajo y una mamá que se encargó de educar a los hijos. Mi papá trabajaba todo el día, por lo que en la noche, tras regresar a casa, solía tomarse uno o dos whiskys; como recompensa por su ardua labor del día.

En mi adolescencia, visitando la casa de mis amigos, noté que la mayoría de papás no se tomaban ninguno de esos whiskys a diario, empecé a sospechar que mi versión de normal no era “tan normal”. El alcoholismo de mi papá fue progresando con los años y se disparó en la etapa de la adolescencia en mi vida, haciendo que la convivencia se tornara cada vez menos agradable.

Mi papá y yo fuimos los principales protagonistas de las peleas familiares, las otras eran entre mi papá y mi mamá.

Cuando mis hermanas se casaron, pensé que mi vida sería insoportable; pues toda la atención de mi papá se concentraría en mí. Eso no sucedió, su atención estaba en la calle y esto hizo que lo único que se concentrara en mi mamá y en mí, fuera su furia y neurosis. Durante muchos años hice lo que pude para estar fuera de casa y así evitar verlo e interactuar con él, inclusive asistía al gimnasio los domingos a las 7:00 am. Siempre he amado mi casa, pero detestaba estar en ella si mi papá estaba allí, pues su presencia era sinónimo de conflicto y de agresión verbal/emocional, pero nunca física.

Finalmente tuve el valor de independizarme con lo poco que había estado ahorrando. La distancia hizo que las peleas se espaciaran en el tiempo, pero no en cantidad; pues la relación continuó deteriorándose. Siempre sentí que él estaba esperando que yo fracasara y regresara arrepentido a pedir su ayuda. Eso no sucedió.

Curiosamente noté que él necesitaba mi fracaso, no por maldad, sino para continuar ejerciendo control sobre mí, cosa que él mismo me lo confirmó sin darse cuenta.

Todo lo anterior hizo que durante mi niñez, adolescencia y los primeros años de mi vida adulta, fuera una persona sumamente insegura; pero muy hábil para sonreír a pesar que por dentro me sentía vacío, devastado, triste, enojado y sobretodo inmensamente solo. Mis relaciones familiares, de amistad, sociales y laborales eran destruidas por mi actitud.

Finalmente, cuando ya no toleraba ni siquiera verme en el espejo, mucho menos convivir con mi actitud reactiva y explosiva ante cada situación cotidiana, hice caso al consejo de mi mamá y una amiga: busqué ayuda en los Grupos de Familia Al-Anon.

En ellos sentí por primera vez lo que era pertenencia, cosa que nunca antes había sentido ni en mi familia, ni con mis amigos, ni en la universidad, ni el trabajo. Aquí, todos me comprendían y nadie me juzgaba. Recibí cariño desinteresado y una atenta invitación a dejar de pensar en las peleas con mi papá alcohólico, para concentrarme y trabajar en mí. Aprendí que todos esos “defectos de carácter”, es decir, todas esas etiquetas autoimpuestas que pesaban sobre mí como distante, frío, controlador, reactivo y muchísimas otras, no eran más que herramientas que había utilizado para sobrevivir al crecer en mi hogar alcohólico, pero que ahora, como adulto joven, podía reconocerlas como “defectos de carácter” para así, en un acto de amor hacia mí mismo, poderlas soltar y empezar a vivir mi vida con felicidad pura, independientemente que mi papá siguiera bebiendo o no.

Hoy gracias a Dios soy económicamente independiente. Puedo reconocer que mi papá, un enfermo alcohólico, es un hombre extraordinario, responsable, que sigue trabajando para su familia y por su bienestar.

Sigue siendo controlador y esa es su forma de cuidarme y darme amor, y es su manera en la que busca protegerme de lo que él cree necesario. Entiendo que desde su enfermedad, que es el alcoholismo, no sabe cómo decirme “tengo miedo que te equivoques y salgas lastimado”.

 

About the Author

Somos una hermandad formada por parientes y amigos de alcohólicos, que sentimos que nuestras vidas han sido afectadas por la forma de beber del o de los alcohólicos, que comparten experiencia, fortaleza y esperanza.
En Al-Anon perseguimos un único propósito ayudar a los familiares y amigos de los alcohólicos.
Información a los teléfonos: 22347503 y 22347504 ó alanondeguatemal@gmail.com/ GRUPOS DE FAMILIA AL-ANON GUATEMALA/ www.alanondeguatemala.org

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2 Comments
 
  1. Avatar
    Juan José / 17/08/2020 at 12:13 /Responder

    Excelente artículo, me da esperanza de un futuro mejor, gracias!

  2. Avatar
    raquel / 18/08/2020 at 18:24 /Responder

    Interesante esto de creer que se vive en una familia normal y luego al compartir con otros chicos, amigos, etc. nuestro concepto se nos viene encima y conocemos la otra cara de la normalidas que nos lleva a bajar el telòn y admitir que tenemos un problema en casa y en este ejemplo es la enfermedad del alcoholismo.
    Bien hecho Juan por buscar la ayuda. Y seguir amando a tu padre alcohòlico, a travès de conocer que es una enfermedad.

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