By Natalia Zelaya
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No sabía cómo explicarle a mis amigos, a mi familia y a personas desconocidas, cuál era mi labor moral con mi país. Te voy a contar la historia de una “chava” de 19 años, que decidió ser bombero. Una capacitación larga, un año sin fines de semana, faltando a actividades de amigos, familiares, cosas típicas que hacemos los jóvenes. Un año duro, lleno de altibajos emocionales fuertes, pero que siempre supe que iba a dar fruto, como el que te comes; que te endulza la boca y siempre vas a querer más. Eso es para mí ser bombero, una manera de vivir; insaciable de buscar todo lo que es bueno para las personas, apoyar y ayudar a completos extraños, siendo esta la única satisfacción.

Cuando empezó la pandemia de COVID-19 en Guatemala, muchos dejamos de ir a cumplir nuestros turnos; todos con miedo a contagiarnos y/o contagiar a alguien más. Después de dos meses de completo encierro, empecé a preguntarme ¿Por qué no estoy cuidando a las personas como me estoy cuidando yo?

Fácil. Se me olvidó.

Se me olvidó que había personas que contaban con nuestra ayuda, para la más mínima necesidad. Y es que a las personas les fascina llamarnos “Héroes sin capa”, hasta que uno de ellos se te acerca en época de pandemia. Las críticas llegaron por montones. ¿No te pones a pensar en tu familia?, ¿Qué pasa si por ti se contagia alguien más?, ¿No tienes más criterio que eso?

Francamente, a ninguno sabía cómo responderle. Cuestionaba tanto si estaba haciendo lo correcto, arriesgando mi vida y la de las personas que viven conmigo, por un extraño. Pero eso precisamente es, dejan de volverse extraños. Crudo, desde el atropellado que recogimos de la banqueta, hasta la señora que le dolía el estómago, no es un extraño; es la vida de alguien en tus manos. Y no podría explicar en palabras lo preciosa que es esa sensación. Nadie la tiene que entender.

Decidí entonces dejar que las personas hablaran, no rendirle cuentas a nadie, seguí haciendo lo que más me gusta. No me malentiendan, el miedo de contagiarme siempre existió y de contagiar a alguien, aún más. Son dos cosas que no puedo poner en una balanza para explicarlas; qué vale más, tu vida, la de tu familia, o la de un completo extraño. Como ya expliqué, dejan de ser extraños.

Hay sentimientos que sólo caben en el cuerpo de la persona que los siente. No voy a permitir que la vida trunque todo lo que hace del mundo, un lugar habitable. A mí nadie me va a hacer olvidar todo lo que he pasado, todo el miedo que he sentido, lo mal que hablaban de mí por “no cuidarme, ni a mi familia”. Espero en serio que todas esas personas sean tan felices como aparentan, que sean felices con todo eso que tal vez les falta. Pero su crítica, su crítica no volverá a ser mi pandemia.

 

 

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