Cris Figueroa/

Un colibrí ha dejado el puerto; en su ramita seca se ha ido a navegar. Nadie advirtió que dejó de cantar, dejó de aletear, porque él desea volver a empezar. Nadie notó que el huracán le arrancó sus plumas y ahora ya no sabe cómo mover sus alas para que brillen y reflejen al mar.

Un colibrí ha dejado el puerto; y no hace más que creer en lo que en él va a pasar. Su confianza está en el cielo, en las estrellas deposita su sonrisa; porque sabe que ellas sueñan más perfecto y más grande que cualquier niño descubriendo a las conchas asoleadas en la arena.

Un colibrí ha dejado el puerto; se deja llevar por la voluntad de las olas. Conoce que en ellas existe un misterio, que atento, él debe aprender a escuchar. Porque es cierto que en una ramita seca es que se aleja, pero de ella, el colibrí podrá brotar a una rosaleda que le dé las alas de vuelta a su nido, a la inocencia que construyó su hogar.

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