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Denise Phé-Funchal/

Si cuentas de uno a cien, decía mi hermana, dormirás. Siempre cuento uno, dos, tres, nada. No puedo volver a dormir. Quiero dormir, pero los párpados no me cubren más los ojos, la luz los atraviesa, me despierta y no puedo volver a dormir. El sueño eterno dicen en el funeral, el sueño de los justos, el sueño. Todos los días es la misma escena, infinita, resonante, quisiera escapar y no sé cómo. Escapo y siempre regreso a este espacio acolchonado, aterciopelado, finito. El cuerpo ya no me cabe, piernas y brazos se salen ya de la caja. La escena es la misma. Leticia en la primera fila, sus piernas cuelgan sobre la alfombra. La escena comienza siempre en el mismo lugar. Leticia de piernas colgantes, Leticia que se para y sube los escalones, Leticia que me habla a través de la tapa de vidrio, Leticia que dice si cuentas de cien a uno despertarás, Leticia que cuenta cien, noventa y nueve, noventa y ocho, Leticia que llora cuando llega al uno, Leticia que dice que debo contar con ella, Leticia. Leticia que abre la caja y toma mi mentón frío entre sus manos, intenta hacerme hablar, grita. Mamá. Mamá que llega y la toma, la arranca de mi rostro, Leticia me araña pero no duele, no sangra. Papá que se acerca con el maletín de cuero en la mano, papá que lo abre, que saca una jeringa, las tías que la toman por las manos, por las piernas, Leticia que patalea, Leticia que grita, que llora. La gente se arremolina alrededor de la escena, dice que duermo el sueño de los justos, que duermo el sueño eterno hasta el día del juicio, que estoy en el cielo con los angelitos, y los ángeles no existen, no existe el cielo, sólo este regreso infinito. Leticia duerme, y yo siempre dentro de la caja, mi caja, viéndolo todo, escuchando todo. No puedo levantar mi espectro, sólo girar la cabeza. En este estado todo es transparente, puedo ver a través de la madera y con el tiempo aprendí a ver a través de los cuerpos, a desaparecer para mi vista y mis oídos a la gente de la escena, a reintegrarlos cuando los quiero escuchar una vez más. Casi siempre escojo quedarme sólo con Leticia que duerme sobre las sillas del fondo, me quedo con sus ojos que se mueven bajos los párpados. Me quedo con su gemido y sus lágrimas. Pero Leticia no me ve, Leticia no me ve. Vuelvo a la escena, elijo a quién ver, a quién escuchar. Mamá no llora. Me gusta oír a las vecinas que hablan quedito y dicen que habrá empanadas más tarde, una de ellas guiña un ojo y muestra un recipiente plástico, las mujeres sonríen y cuando el cura pasa, disimulan la sonrisa tras los rosarios que llevan en la mano, que se han deslizado entre sus dedos mientras hablan de mi muerte, mientras hablan del hombre de los libros por abonos. Era un hombre fino, murmuran, de manos largas y traje azul y la más joven suspira y confiesa que de chica le gustaba verlo pasar desde la ventana, le gustaba la manera como se levantaba el sombrero para saludar a las mujeres. Lo tomaba por la corona -que parecía perderse bajo su mano extendida, larga, delgada- y lo levantaba, juraba ella, siempre a la misma distancia mientras inclinaba la cabeza y miraba directo a los ojos a la mujer que le abría la puerta. Siempre quise que tocara a la mía, pero era papá el que se quedaba en la casa -lamenta la joven- y a papá no le interesaban los libros. A nosotras tampoco, dice la mayor, y las demás sonríen tras los rosarios. Leticia duerme, enfoco a mamá que llora en una esquina, nadie la consuela, nadie le toma por los hombros ni la reconforta, sé que las lágrimas le mojarán el vestido hasta formar una mancha que parece la orilla de la playa. La gente aparece, se sienta, reza por sí misma, no por mí, no por el descanso eterno de mi alma. Morí cuando tenía seis años y Leticia ocho, ahora soy más grande que ella, y ella sigue allí, tan chica, tan niña, dormida a la fuerza, con los ojos en movimiento, con los párpados arrugados. Crecí para protegerla. Leticia. Pero protegerla es imposible. No me ve, no me escucha. Papá no se acerca nunca a la caja, nunca me mira, papá fuma afuera con los otros hombres. Las mujeres disimulan el miedo tras rezos y murmullos. Dos viejitos duermen en la segunda fila, entre sueños se toman las manos y la hija de uno le dice al oído acá no papa, acá no, y separa las manos masculinas que se acarician en sueños, antes de que la gente los vea, antes de que la gente hable. Niños juegan cerca de las flores, no entienden. Si uno de ellos pregunta, los demás responden –como los adultos- está durmiendo, duerme el sueño de los justos dice el más grande, y entonces juegan en silencio. Uno de ellos, a quién no conozco, se levanta y se acerca a su mamá y pregunta por qué a mí no me van a ver cuando duermo, cuándo van a llegar todos a verme dormir y la mujer lo abofetea y luego lo abraza. El chico llora en silencio para no despertarme. Yo no puedo dormir, a pesar de que cuento de uno a cien como me enseñó Leticia. Las mujeres hablan del hombre de los libros, algunas tiemblan, puedo ver a través de sus costillas y ver el corazón de algunas latir más fuerte cuando se habla del hombre de los libros. Ya no hay libros, todos los han quemado dice una de ellas, parece que este niño es el último -dice aliviada, mientras su corazón se acelera a escondidas, ya ni el padre tiene la biblia, los han quemado todos. Papá entra y se acerca a mamá, la abraza, las mujeres suspiran mientras temen, los hombres retienen la respiración mientras dudan. Papá le dice al oído que la maleta está lista, que luego de llevarme al cementerio no vuelva a aparecer, que no la quiere cerca de su hija. Mamá llora. El hombre de los libros, suspira una anciana y suspiran generaciones, disfrazando el temor bajo la nostalgia, mamá percibe el suspiro y todo pasa de nuevo por su cabeza. Ayer es siempre mi cumpleaños. Papá llega con una caja redonda y sonriendo me la entrega al entrar. Conozco la caja, es el sombrero del abuelo, del abuelo y de papá cuando eran chicos. Ligeramente veo las manos de mamá que tiemblan, la veo murmurar un dios mío. Abro la caja y papá radiante lo saca y lo coloca sobre mi cabeza. Mamá sonríe, Leticia aplaude y papá me dice que me descubra la cabeza frente a las damas. Lo tomo por la corona con mi mano extendida, larga, delgada y veo a mamá directo a los ojos. Mamá llora, papá se levanta, se abalanza sobre mí, me patea, me pega, arranca pedazos de cabello, Leticia llora. Duermo, duermo hasta que despierto acá en el espacio de este ataúd que me queda grande. Los niños de mi edad han muerto, muerto por sus manos delgadas, muerto por su mirada fija que busca el alma de las mujeres, muerto por manifestar el deseo de hacer la primera comunión en traje azul. Mamá despierta a Leticia, le dice que debe despedirse de mí, de mi cara saturada de maquillaje. Es necesario cerrar la caja, cerrarla para que tu hermano pueda dormir, le dice y Leticia llora, se inclina sobre mí y me dice al oído quiero dormir contigo. Mamá cierra la caja, toma la mano de Leticia y juntas ponen el seguro. Veo a través de la madera la gente que poco a poco se marcha, la noche llena las ventanas. Van a enterrarme como a los otros, va a enterrarme mamá, sin nadie más, nadie me cargará, mamá jalará mi ataúd hasta el cementerio y luego partirá sin despedirse de Leticia que duerme cuidada por la abuela que sueña con el hombre de los libros. Papá le dice a la abuela que cuide a Leticia mientras él espera a que mamá termine conmigo. Papá sale con mamá a buscar las cuerdas para arrastrarme hasta el cementerio. La abuela duerme, Leticia medio dormida se levanta y se acerca, quita el seguro, abre la tapa, se acomoda junto a mí, cierra la tapa me abraza y duerme de nuevo. Mamá nos arrastra hasta el cementerio, Leticia duerme y me dice que cuando estemos abajo contará hasta cien para dormir, le digo que no duermo, pero no escucha. La tierra cae sobre nosotros. Leticia duerme y yo no quiero que duerma conmigo. Intento despertarla pero ella duerme. Pienso en ella, sentada en la primera fila.

“Uno”, publicado en Buenas costumbres, F&G editores: Guatemala, 2011.

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