By José Andrés Franco
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Hace más de un año escribí una columna haciendo referencia a la situación en Venezuela. En ese momento (agosto del 2017) la Asamblea Nacional Constituyente absorbió las atribuciones legislativas de la Asamblea Nacional, con mayoría de parlamentarios de oposición.

Parte de la preocupación y la crítica hacia la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, también se desarrollaba en torno a la elección presidencial, que se realizó en mayo del 2018. Maduro ganó estas elecciones con más de 6 millones de votos, pero entorno a un rechazo por parte de 14 países debido a una serie de denuncias sobre el proceso. Desde la convocatoria de elecciones por parte de Asamblea Nacional Constituye y no la Asamblea Nacional, el poco tiempo de antelación en que fueron convocadas, como las limitaciones a la participación de varios candidatos, son algunas de las situaciones que se presentaron en el proceso, y que lo hacen tan cuestionado.

Por lo tanto era de esperarse que la oposición, más allá de denunciar y protestar sobre la elección, buscara otra forma más contundente para responder ante la toma de posesión de Maduro.

Es por esta razón que el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, se proclamó como “Presidente Encargado” de la República Bolivariana de Venezuela, argumentando que no se cumplió con un proceso electoral que presentara condiciones para considerarse legítimo.

En la última ocasión que abordé el tema, cuestionaba si Venezuela todavía seguía siendo una democracia que brinda condiciones de una participación electoral competitiva. Es decir, que la Oposición y el Gobierno, en el escenario electoral, compitieran bajo reglas claras que apliquen de igual forma a ambas partes. Por esta razón Guaidó justifica su proclamación: al no presentarse condiciones justas, no hay un presidente legítimo.

A esta proclamación se unen la postura más de 12 países y la Unión Europea, que lo reconocieron como presidente de Venezuela. Estados Unidos, tomando una posición más activa, impuso sanciones petroleras.

Pero, vale la pena hacer la pregunta: ¿Un presidente “encargado” o “interino” podría encaminar a Venezuela a un solución?, o por el contrario, ¿agudizará más la situación en el país?

Está claro que el Gobierno de Maduro no va a ceder de manera sencilla y buscará bloquear de todas las formas posibles, cualquier tipo de acción que termine en reconocer el Gobierno de Guaidó. Por lo tanto, las amenazas de Maduro, deben de considerarse muy en serio cuando está en alerta de no permitir la entrada de ninguna ayuda humanitaria.

Sin embargo, por mucho apoyo internacional que tenga Guaidó, hay un dilema de dos presidentes en Venezuela. No se puede reconocer a uno, ignorando la existencia del otro. La solución al problema está en la forma como uno reconoce la legitimidad del otro, y eso se logra cuando hay un proceso que es respetado por ambas partes.

Un proceso de este tipo, solo puede suscitarse por medio de una negociación que de paso a unas nuevas elecciones. Sin embargo, es claro que no es un camino fácil, pero a partir del respaldo dado a Guaidó y la presión por la entrada de ayuda humanitaria, el Gobierno tendrá que ceder si quiere alcanzar una solución que no implique la fuerza como única solución.

La comunidad internacional tiene mucha responsabilidad para guiar la situación a este camino. Lejos deberían de estar los días en donde se pensaba en intervenciones militares. La presión está ejercida y solo hay que dirigirla en el sentido donde ambas partes se encuentren y pacten un proceso.

Solamente en un proceso electoral en donde ambas partes definan reglas claras, reconociendo y respetando los resultados, podemos volver a  referirnos al Gobierno Venezolano como democrático.

[printe-me]

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Estudiante de la Licenciatura en Ciencia Política en la Universidad Rafael Landivar, me considero inesperadamente diferente y no me gustan las limitaciones que evitan expresarnos. Me gusta vivir para aprender y aprender para vivir.

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