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Diego Barrientos, Daniel Cos, Yoselin Guinac y Katerin Mejía/ Colaboración para INTRAPAZ/

A ti, joven capitalino:

Quiero contarte un poco sobre mi historia, ya que no quiero que actúes como estas personas lo hicieron.

Me llamo Juan, nací en un pueblo llamado Nahualá en Sololá. Fui criado en una familia de escasos recursos por lo que cuando era niño, nos trasladamos a la Ciudad Capital para que mi papá pudiera trabajar en un lugar mejor, y así mi hermana y yo pudiéramos estudiar. Somos una familia muy unida y apegada a nuestras costumbres, por ejemplo, estamos acostumbrados a usar nuestro traje típico.

Te contaré un poco sobre mí: Cuando entré a la primaria nos asignaban trabajos en grupo para realizar en clase, todos hacían sus grupos, pero a mí me tocaba trabajar solo porque nadie me incluía en las actividades, y cuando lo hacían (porque la maestra los obligaba), rechazaban mis ideas. A la hora de recreo mis compañeros de clase no me invitaban a jugar con ellos, siempre me apartaban del grupo y por eso me sentía excluido. No todo era malo, pero la mayoría de recuerdos no son muy agradables.

Así pasaron los años y tuve que ir aprendiendo a vivir con eso.

Por suerte tuve la oportunidad de conocer a un niño que sufría  los mismos tratos que yo, por parte de otros compañeros. Los dos nos apoyábamos y compartíamos tiempo hablando de cómo podríamos ser aceptados por los demás, comprendimos que nosotros éramos distintos a ellos de muchas maneras, pero que también nos parecíamos en muchos aspectos. Por ejemplo, a todos nos gustaba jugar fútbol.

Pero para ellos, las diferencias parecían más importantes.

Mi amigo y yo somos de diferentes familias, pero tenemos muchas cosas en común, ya que él es originario de Totonicapán y su familia también está muy apegada a sus costumbres. Por eso, ellos también sufrían las miradas y comentarios de aquellos que no los aceptaban. Nos hicimos buenos amigos, siempre nos apoyábamos para salir adelante, entre nosotros las cosas en común eran más importantes.

Al momento de iniciar la secundaria notamos que no todas las personas eran iguales, ya que esta vez fuimos aceptados en la clase y nos tomaban en cuenta en las actividades y a la hora de recreo; nos incluyeron en un grupo donde aceptaban nuestras ideas y forma de pensar. Sin embargo, no todo había cambiado para bien, ya que habían personas que aún nos trataban diferente, contando chistes de mal gusto refiriéndose a nuestras costumbres o burlándose de cómo éramos. Escuchamos varios comentarios ofensivos que nunca podremos olvidar.

A mí me gustaba el baloncesto desde pequeño, así que decidí integrarme al equipo de la colonia donde vivo. El primer día de entreno los demás me gritaron: “Y vos te quitaste el corte”, y se empezaron a reír. El entrenador escuchó la ofensa y les llamó la atención diciéndoles: “Sea la persona que sea, no tienen el derecho de faltarle el respeto”.

Yo no soy el único de mi familia que ha sufrido esto.

Mi papá nos contó que el día que fue a pedir trabajo a una empresa, después de tanto insistir le negaron la oportunidad de trabajar. Más adelante se enteró por medio de un amigo, que allí no daban trabajo a personas indígenas “porque no saben hablar bien”, refiriéndose a que no se expresan como ellos desean. Mis hermanos y mi mamá también han sufrido actos de discriminación en su vida cotidiana.

Y esto no nos sucede solo a nosotros, los indígenas, sino a muchas personas de diferentes lugares, por sus costumbres, su forma de vestir y de hablar… ¡hasta de caminar!  En lo personal me siento triste al ver cómo ha crecido la violencia cultural en nuestro país, las personas no reflexionan  que aunque no todos somos iguales, tenemos los mismos derechos. Existe gente a quien no le importa ofender a las personas con culturas y tradiciones diferentes, causando mucho daño.

La violencia cultural es ejercida no solo en el vocabulario, sino también en las actitudes que toman las personas hacia todos aquellos que no comparten sus costumbres. No dejar que las personas expresen su identidad cultural (no permitir usar el traje típico) y no dar las mismas oportunidades (de empleo, por ejemplo, como le sucedió a mi papá), son expresiones de violencia cultural. Pero ¿sabías que decirles “indios” a tus amigos por ser necios, también es violencia cultural?

Sí, y los chistes racistas también.

Lo que yo puedo hacer desde mi lugar es contarte mi experiencia. Si tú has ofendido a alguien de esa forma o si utilizas adjetivos denigrantes (como indio), no lo hagas. Estas expresiones y acciones alejan a las personas, las hacen sentir excluidas, como si no pertenecieran a la sociedad.  ¿Deseas seguir formando parte de una sociedad que excluye?

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