Claudia García/Corresponsal/

Fotografía: Juan Daniel Ríos

Inspirada en la nota pasaporte para soñar, comparto mi experiencia para tramitar la tan anhelada visa americana. Eran las 10 de la mañana y en compañía de mi hermano Sergio nos dirigimos hacia las oficinas de la embajada norteamericana.  Sergio un poco nervioso; yo en cambio, mantengo una aparente tranquilidad.

Por medio de los documentos guardados en un sobre manila, cual si fueran los requisitos de una persona que se enfrenta a un juicio, demuestro que soy guatemalteca, estudiante universitaria y que tengo un trabajo estable. En resumen, que tengo una vida.

Llegamos a la embajada 

A las afueras encontramos desde personas que por un quetzal venden pegamento en barra para adjuntar la foto al trámite hasta unos interesantes personajes conocidos como los “guardadores”, quien con mochila en mano, nos advierten que no podemos ingresar algunos artículos como celulares baterías de control de la alarma del carro.  Curiosamente, a las afueras de la embajada únicamente se observa un letrero que indica que el artículo terminantemente prohibido de ingresar es el celular.  Pero tampoco podemos ingresar comida, encendedores, armas corto punzantes o de fuego. Estas dos últimas parecen obvias.

Gracias a la orientación de estos cuidadores, sabemos que definitivamente tendremos que entregarles el control de la alarma de mi carro porque no es un objeto apto para ingresarlo. Y como no vengo con más personas que mi hermano, quien también tramitará su visa, debemos recurrir a los “guardadores”, personas que en esa práctica han encontrado una forma de ganarse la vida.

Debo confesar que con un poco de desconfianza entrego mi control y ella me devuelve una ficha, como si estuviéramos en un lugar de paquetes de un centro comercial. La ficha tiene su nombre y número de celular, como medio de prevención por “si no está por allí al salir”.

Lo irónico que es que sin celular ni monedas a la mano, sería un poco difícil contactarla.

La cola avanza.  La cita está pactada para las 11 de la mañana. A esa hora ya me encuentro pasando por el proceso de registro, el cual para ser sincera me hace sentir como que voy ingresando a un reclusorio. Mi sobre con papeles pasa por una banda que permite escanear el contenido del paquete.  En la siguiente puerta una mujer policía con detector de metales en mano, escudriña minuciosamente a hombres y mujeres.

Para mi mala suerte el detector suena. Los objetos que estoy introduciendo son mis tarjetas de crédito, esas pocas cosas que no quise dejar con la cuidadora. Luego de pasar el primer filtro, me asignan un número y la persona a quien le entregué mi pasaporte y una foto reciente como lo solicitan, me pregunta de manera pesada y tajante:

¿Está segura que es usted la que sale en esta foto?

La observo extrañada. Esa fotografía es de apenas hace unas semanas, porque fue la misma que me tomé para tramitar la solicitud en línea de la visa.  “¿Tanto habré cambiada en estos días?”, pienso.

Sentados en la sala de espera, sobre bancas que alucen a una iglesia, se repite continuamente un video que explica en qué consiste el proceso de toma de huellas. La voz de una mujer que se escucha en toda la sala anuncia que en bloques de diez personas, según el número asignado, debemos pasar a la ventanilla 13 e indican quiénes son los que deben subir al segundo nivel donde el proceso continúa.

Llega el medio día y sigo haciendo fila.

La ventanilla 13

Llevo las manos secas cuando me llaman para tomarme las huellas.  Al llegar a la mencionada ventanilla13, la persona que atiende con acento americano, me indica que debo remojar mis manos porque el detector de huellas no logra leerlas. Una amable empleada de la embajada, por supuesto guatemalteca, me remoja los dedos con ¿limpia vidrios? y me coloca la mano sobre el sistema para leer las huellas digitales.

El tiempo transcurre y la desesperación, sed y hambre empiezan a sentirse. Mientras espero mi turno, observo cómo aunque hay más de ocho ventanillas para atender, únicamente se encuentran habilitadas dos. Estas personas están encargadas de atender aproximadamente a unos 60 ciudadanos que nos encontramos en la sala de espera.

Inevitablemente puedo ver cómo el criterio de aprobación o negación de mi visa se fundamentará principalmente en la primera impresión y percepción personal que tenga la persona que de manera aleatoria me atienda en la ventanilla que me corresponde.

Durante mi larga espera observo que a 7 de 10 personas les dicen con un español no muy fluido: “lo siento, usted no califica para tener visa”. Observo cómo a dos familias, la primera de tres integrantes con facciones ladinas, en cuestión de pocos minutos les aprueban la visa.  Mientras tanto, en otra ventanilla, una familia de cinco integrantes de rasgos indígenas y apariencia humilde, se mantienen casi treinta minutos parados frente a la persona que les atiende y después de un minucioso y escudriñozo interrogatorio, la respuesta es la que me imagino, visa denegada.

Podrá haber sido una casualidad, pero me invade la interrogante: ¿Qué criterios utilizarán estas personas para aprobar o denegar este permiso?

Es difícil aceptar que el que aprueben o no una visa simplemente dependa de una decisión tan subjetiva, donde quienes nos atienden juegan el papel de jueces y nosotros el de acusados, donde podemos ser culpables o inocentes, aptos o no para obtener un permiso de viaje.

Llega nuestro turno

Las horas siguen pasando y por fin nuestro turno llega.  Nos atiende la persona que más datos solicitaba a los que iban frente a nosotros. Empieza el interrogatorio: ¿Edad? ¿Por qué desean viajar a los EEUU? ¿Por qué viajan sin sus padres? ¿En dónde trabajan? ¿En dónde estudian? ¿Hablan inglés? ¿Estados de cuenta? Y un largo etcétera.

Aunque me dije a mi misma que no me pondría nerviosa, inevitablemente sucede.  Como si fuera mi examen privado o prueba final para aplicar a un trabajo o ganarme un premio, los nervios me hacen incomodarme; del otro lado del cristal se encuentra esta persona que me mira fijamente y continúa preguntando.  Se da un breve silencio y de manera pesada y fría nos dice: “Les voy a dar la visa, la pueden recoger en tres días”.

La tranquilidad regresa a mí y sin mayor gesto de emoción, doy las gracias y me marcho.

Después de pasar por la experiencia y el proceso de obtención de la visa americana, opino que el gobierno estadounidense tiene el derecho de resguardar la seguridad de su país, pero me cuesta aceptar que tengan el  criterio suficiente que consta en un entrevista de dos minutos para decidir si lo que digo es cierto o falso, si soy o no apto para viajar a su país. También desapruebo que cada uno de los que estábamos allí pagamos una alta cantidad de dinero, la cual en caso mi visa no fuera aprobada, no es reembolsable y en caso de un segundo intento debo empezar de nuevo y volver a pagar.

Después de casi cuatro horas, tuve que pagar más de 80 quetzales de parqueo, salir a buscar a la persona que cuidó mi control y para mi sorpresa no estaba allí. Resultó que un vendedor de dulces a quien me acerqué para preguntarle por ella, fue quien tenía la mochila llena de objetos de diferentes personas que dejaron encomendadas sus pertenencias, dentro del que estaban mi control.  Por el favor, tuve que pagar 10 quetzales más.

Esta experiencia me permitió confirmar porqué para muchos guatemaltecos, sin importar el motivo de su viaje, el tramitar la visa americana es, como diría Juan Luis Guerra,  “buscar visa para un sueño”.

 

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