Laysa Abril 1

Laysa Palomo / Colaboración /

Llegué a esa institución como cualquier otro lo haría, pensando “¿qué barbaridades voy a encontrar?”. A pesar de que ingresé con una organización que ayuda a las privadas de libertad a reformarse mediante el trabajo, tuve el debate interno: “¿por qué me interesa ayudar?” Incluso sucedió días antes con un grupo de amigos que me juzgaron por creer que ese tipo de proyectos harían algún cambio. ¿Cómo quería yo ayudar a las presas, si solo la escoria de la sociedad está dentro?

Sábado 09 de abril de 2016 11:00 a.m.
Centro de Detención Preventiva para Mujeres Santa Teresa

Desde que llegás a las afueras, el lugar te intimida. Más que intimidar, creo que te recuerda de dónde venís: ese tipo de cultura tan de barrio que tiene Guate. Por más que querrás ignorarlo, te mantenés alerta para evitar cualquier acto violento en tu contra. Presentas tu DPI, te ponen un par de sellos y estás dentro.

La cárcel funciona como un mini reflejo de lo que a todos nos toca vivir día a día.

Las privadas de libertad están divididas por sectores; se sabe que dos de esos son para personas con más plata y el resto cuenta con una diversificación de mujeres con diversos delitos. Tienen iglesias, porque la fe bajo esas circunstancias es importante. Tienen ventas de artículos para poder comprar comida (se supone que el sistema penitenciario gasta Q60 diarios en la comida de las presas, pero según sus cuentas gastan en promedio únicamente Q10 – de acuerdo a las fotografías que vi sobre lo que comen, les creo) y otros asuntos personales.  Cada sector cuenta con una vocera que sería algo así como “la alcaldesa”, quien recolecta una especie de impuesto que sirve para mantener limpios los baños y es quien trata de ayudar a las chicas con cualquier otro problema.

Me llevaron a un cuarto donde conocí a siete de las mujeres que han demostrado mayor liderazgo dentro de la cárcel. Pero no un liderazgo cualquiera, sino aquel que impactaría de forma positiva, tanto en la sociedad de Santa Teresa, como en la sociedad detrás de esas paredes. Una a una me contaron sus delitos y sus historias, me explicaron también cómo un proyecto social en especial les había cambiado la vida.

Ellas no entendían por qué llegué y buscaba apoyarlas.

Y es que no había llegado a salvarlas, solo había llegado a escucharlas. Pero quizá eso sea lo que más necesitaban: personas que se interesen en conocer sus porqués y cómos. Varias de ellas habían sido presas del sistema de justicia tan cooptado con el que contamos, con condenas de hasta 18 años siendo inocentes. Allí comprendí algo importante, esto me puede pasar a mí; y así como habrán muchas mujeres culpables dentro, también hay mujeres inocentes que tienen que encontrar una forma para sobrevivir.

La cárcel debería de servir como un centro de rehabilitación (esa es la palabra que ellas usan) y no como un espacio de depresión en donde las drogas y amenazas te hacen matar el tiempo. Programas como el de “la gringa”1 quizá no impacten a las casi 1000 mujeres dentro de esas paredes, pero les cambió la vida al grupo que logré conocer.  Y es que ser parte de ese grupo también conlleva una elección porque tienen ciertas reglas que deben de cumplir, demostrando su deseo de superación.

No vengo a argumentar por qué creo que el sistema penitenciario necesita una reforma, no vengo a declarar que nuestros jueces están comprados o que los servicios de la cárcel son pésimos. Solo quería contarles que lo vi desde adentro, que me puse en el lugar de esas mujeres y comprendí que no todas son esa escoria de la que todos hablan. No todas merecen la famosa pena de muerte, no todas  manejan prepotencia o intimidación para hablar.

Y eso me dolió, verlas allí como humanos sin poder salir de ese lugar que más que reformarlas las podría envenenar en cualquier momento.

Salí feliz porque pude conocer la diferencia en medio de esa nebulosa gris que tienen todos los días a su alrededor y me pregunté: si yo estuviera en su situación, ¿habría escogido el mismo camino?

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