By Daniel Monroy
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Pocos fenómenos son tan interesantes y variopintos como el fútbol. Para unos un deporte y para otros una pasión; para los románticos, la ilusión de un pueblo y para los recatados, una actividad de alto rendimiento. El fútbol prácticamente puede ser todo: un deporte, un fenómeno social, entretenimiento, un negocio, una fuente de empleo, una tarde con los amigos y una larga lista.

En mi caso, lejos de darle una categoría técnica, prefiero irme por el lado plenamente romántico y decir que el fútbol se convirtió en algo así como mi mejor amigo. Como a muchos, si no es que a todos, el encierro emocionalmente me hizo estragos. Si de por sí la monotonía de la rutina es agotadora, la pandemia juntó lo peor de todos los mundos posibles. Y en esa desesperación por encontrar algo que hiciera los días diferentes, el fútbol tocó la puerta y se presentó como ese amigo de la infancia, que por diferentes razones dejas de ver por muchos años y que regresa más amigable, maduro y molestón.

Aunque es cierto que fue en los días de encierro que le abrí la puerta por completo, nuestro encuentro ocurrió meses antes, cuando en la universidad hice un proyecto relacionado con el deporte, que me llevó a adquirir un libro relacionado con mi profesión y el deporte rey. Fue amor a primera vista; pero no fue hasta que el encierro se volvió norma, que le di rienda suelta a tal ilusión.

Aunque si nos vamos al principio de la historia, todo se remonta a mi infancia; cuando pensaba y comía fútbol, sobre todo en los años dorados, cuando vivía en Chiquimula. Es decir, la complicidad siempre ha existido, solo que estuvo desaparecida unos años.

Y quizás para muchos, es exagerado que yo diga que este deporte se convirtió en mi mejor amigo y quizás puede ser así, pero no encuentro una mejor representación. De repente, la pandemia era menos pesada. De repente, tenía algo que me hacía estar prendido en YouTube por horas, sin sentir que estaba perdiendo el tiempo. De repente, sustituimos las pláticas de política con mi papá, para hablar de fichajes y jugadores que no saben de nuestra existencia. Y lo mejor, encontré que el fútbol se llevaba muy bien con mi profesión y que acababa de encontrar una rama fuera de lo común.

El fútbol fue el aire nuevo que estaba esperando desde mucho tiempo (¿ya ven como el fútbol puede ser muchas cosas a la vez?).

Y aunque la descripción parece bastante sentimental, curiosamente, lo que me fascina del deporte es que cuando lo ves con una perspectiva analítica se convierte en algo sumamente interesante. Es decir, la forma en la que veo el fútbol es bastante fría (por decirlo de una manera) y no como hincha acalorado. Y no es que una forma esté bien o mal, simplemente cuando empecé a ver el lado táctico del fútbol, me hizo aprender a valorar cada aspecto del juego, independientemente del jugador, el color de la camiseta y el lugar de origen del equipo.

Desde que la liga nacional regresó, después de meses sin actividad, los fines de semana han sido más alegres. A decir verdad, durante la semana no pasa nada extraordinario pero el fin de semana finalmente hay algo más interesante que todo lo demás. Incluso ahora un canal famoso transmite la liga femenina. Hay fútbol de sobra para pasar el sábado y domingo. Ahora entiendo el sentimiento de muchos.

Sin embargo, siempre que pienso en fútbol, pienso en la vida antes de la pandemia.

Me pongo a pensar en todas las tardes de domingo que pasaba sentado en un café, pasando el tiempo o buscando algo que hacer, para entretenerme un poco. Ahora que lo pienso, no sé por qué nunca agarré el carro para ir a ver un partido a Sanarate o a Guastatoya, que me quedan relativamente cerca; o para no ir tan lejos, al Trébol o a la zona 6, no importa dónde. Creo que la hubiera pasado muy bien, pero estaba metido en un montón de cosas que en ese momento creía importantes e interesantes. Y ahora con esto del covid, ir a un estadio y experimentar la alegría colectiva parece algo lejano (muy lejano). Superficial y lo que sea, pero tengo unas ganas enormes de ir a un partido, a conocer estadios, a ver goles y comer afuera de los estadios; al fin y al cabo, la felicidad es eso: un domingo con la familia, con comida rica y una causa común que une y genera pasiones y emociones que la cotidianidad no es capaz de despertar.

Afortunadamente, después de meses de estar aprendiendo, leyendo y buscando oportunidades, tuve la oportunidad de colaborar en el torneo apertura 2020, con un equipo de la liga mayor de Guatemala, realizando análisis estadísticos; así que quizás Dios me de el regalo de convertir al fútbol en mi trabajo. Si antes era emocionante, ahora mucho más.

Desde que la pandemia empezó, me propuse que cuando todo esto acabe, lo primero que voy a hacer es ir a Chiquimula a sentarme al parque a comer churrascos, como si nunca lo hubiera hecho en la vida. Sin embargo, ahora también está en la lista de deseos ir a un partido a un estadio a pasar la tarde de manera diferente. Afortunadamente, Chiquimula ofrece todo eso (y un poco más), solo queda esperar. Mientras tanto, a seguir imaginando.

Quien quiera unirse, cordialmente invitado.

Qué bueno que pude volver al fútbol. A veces es bueno volver a los viejos amores.

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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