Gabriela Maldonado / Colaboradora /

Hola mi nombre es Gabriela Maldonado y confieso ser racista.

No es que yo haya nacido siendo racista, sino que la sociedad en la  que nací me crió de esta manera: todo comenzó en la casa y en el colegio donde me enseñaron a verme como “ladina” a diferencia de “los indios.” Decir esto no es echarle la culpa a la sociedad por mis acciones e ignorar mi responsabilidad personal–no. Si hago esta confesión es porque reconozco que estoy mal, quiero cambiar, y estoy comenzando por reconocer y admitir mis errores.

¿A que me refiero con ser racista? Más allá de definiciones teóricas y análisis sociales de lo que significa el racismo, esto es lo que ser racista ha significado en mi vida:

Durante mi infancia y niñez asistí a colegios* privados (el Montessori por unos años y luego el Suizo Americano hasta que me gradué de bachiller). Todos los alumnos que yo recuerdo en esos colegios eran como yo, ladinos, no indígenas. Así fue como en mi concepción inicial de Guatemala, los pocos “indios” que existían en el país eran pobres, olían raro y trabajaban en el mercado, de jardineros o de muchachas (de hecho cuando estaba viviendo en Guatemala, la única persona indígena que conocí personalmente fue Carlota, quien vivía con mi familia y nos cuidó desde que yo nací hasta el momento en que por razones de salud se tuvo que regresar a su casa en el norte de Quetzaltenango, 20 años después. Pero de alguna manera Carlota nunca ocupó el mismo lugar que el resto de los indígenas–tal vez porque en la casa hablaba español y no usaba corte).

De los recuerdos que tengo de mi niñez existe uno que me persigue como fantasma y es una de las razones principales por las que escribo esto:

Eran como las 3 de la tarde e íbamos en el “bus” del colegio de regreso a la casa–el bus que subía a “Carretera”–y entre mis compañeros surgió una discusión de política. Tendríamos unos 11 o 12 años. Los detalles de la conversaciónn no los recuerdo, pero sí recuerdo las palabras de uno de mis amigos a los que más admiraba porque era muy pilas en todo. Sus palabras, en respuesta a la discusión, fueron las siguientes:

“Cuando yo sea presidente voy a ser como Ubico y no voy a dejar que hayan más ladrones: voy a mandar a matar a todos esos indios huevones que no sirven para nada.”

Hubo un corto silencio después de tan apasionada declaración, pero lo cierto es que nadie lo refutó. En mi interior sentí algo de rechazo en contra de la idea, porque “matar” no es bueno, pero no porque pensaba que “los indios” eran tan dignos como yo de no ser masacrados.

No pretendo analizar cómo es que la sociedad guatemalteca cría niños con deseos de matar a otros guatemaltecos (o ¿tal vez los “indios” nunca han sido guatemaltecos en la mente de algunos?), lo cierto es que sucede. Todos lo sabemos.

Años más tarde, en mi adolescencia, recuerdo caminar desde la parada del bus hacia mi casa y en el camino encontrarme con varios trabajadores domésticos: jardineros, guardianes, empleadas domésticas, choferes. Mi primera inclinación fue ser amable y saludarlos. Pero ese día en particular no estaba de muy buen humor y pensé que no tenía porqué ser amable. Me imagino que mis pensamientos han de haber sido algo como: ¿quiénes son ellos para merecer mi amabilidad y atención? ¿por qué molestarme en saludarlos?

Y así fue como ese día ignoré su presencia. Me sentí superior a ellos. Pensé que no eran ni dignos de un saludo. Claro que no creo haber tardado mucho con esos sentimientos dentro de mí, sin embargo, el hecho es que en algún momento sí pensé así.

Hoy me encuentro a cientos de kilómetros de Guatemala, en el sur de los Estados Unidos. Durante el último año he comenzado a involucrarme con la comunidad guatemalteca que vive acá.  He conocido a varios niños y sus familias siendo voluntaria en una escuela donde un gran porcentaje de niños son de familias que han emigrado para trabajar acá. Por el momento las familias que conozco provienen todas de pueblos en Huehuetenango; algunos hablan Q’anjob’al, otros Akateko y otros Mam.

Al relacionarme con estas familias me doy cuenta de lo poco que conozco Guatemala, en términos de diversidad cultural y no solo por sus paisajes. Al mismo tiempo salen a flote los muchos estereotipos y prejuicios que aún llevo dentro de mi y que aún necesito confrontar y eliminar.

Por eso he decidido ser honesta: aunque la honestidad lo pone a uno en una posición de vulnerabilidad y hasta cierto punto me incomoda.  Pero ser honesta respecto a mis errores, mis miedos, y mis debilidades es la única manera de poder crecer y madurar.

Hoy te reto a tomarte unos minutos para reflexionar y ser honesto contigo mismo… talvez también te atrevas a compartir tus reflexiones en la sección de comentarios.

¿Cual ha sido tu experiencia dentro de esta sociedad que nos enseña a ser racistas desde pequeños? ¿Cómo has confrontado estas barreras y limitaciones?

 

Fotografía: soloparachicas.com.ar

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