By Brújula
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Colaboración-Junio

Secil Oswaldo de León / Colaboración /

Hace ya más de 20 años, las mismas contradicciones que genera la corrupción y la ambición desmedida de poder y riquezas de hoy, despertaron a Guatemala con la noticia a través de cadena nacional, de un nuevo golpe de Estado. Otra vez.

Esta vez con la novedad que no era el ejército, como siempre, sino el presidente civil Ing. Jorge Serrano, ex presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios, AEU. No comprendí muy bien inmediatamente lo que pasaba al escuchar en la televisión encadenada el discurso del golpista presidente, pero sí que había un golpe. Eran como las 7am.

Al llegar a la Universidad de San Carlos de Guatemala, Usac, la encontré vacía, igual que la AEU, la Nave. Muy poca gente había en la universidad, como en las calles. Como a las 9 llegó Memín. Al rato la Chabe. Del Cucho ni me acuerdo., escurridizo como siempre. La Lore llegó a pedirle al Negro que se fueran a Canadá, al exilio, porque estaba súper peluda la cosa y podían matarlos. Vaya si no. Ambos se quedaron.

Como a las 11, ya con la Nave bastante cargada de dirigencia estudiantil, se decidió salir a la calle, a cerrar las unidades académicas y sacar a los pocos estudiantes presentes en el campus. Tomamos la avenida Petapa y cerramos el ingreso a la Usac por la Aguilar Batres y Periférico. En la Petapa erámos como 25 quienes detuvimos el tránsito en ambos lados y poco a poco se iban sumando otros estudiantes.

No tardó mucho en llegar la Policía Nacional con la cual era constante el choque, pues la represión contra el movimiento estudiantil universitario, de educación media y diversificado era su norte. Llantas y barricadas. (En las entrevistas a la prensa en el lugar de las acciones al explicar nuestras razones de lucha, pedimos también perdón por quemar llantas y dañar el medio ambiente).

Las piedras de mano que se encuentran por la calle han sido quizá las primeras armas improvisadas del ser humano. Y para las protestas populares en aquel ambiente el primer recurso ante la presencia de los instrumentos de represión. La recepción a la policía fue una lluvia de piedras, la cual gentil y caballerosamente nos devolvieron, para que continuáramos lanzándoselas, si no, para qué? Y nosotros, gentilmente devolviéndoselas contra sus humanidades bien protegidas con toda la furia que alimentaba nuestra lucha.

Fue célebre la caricatura que publicó El Gráfico al día siguiente, anunciando el estreno de nuevas armas de los antimotines, con un policía dibujado a lápiz, usando una sencilla honda, de hule canche*, estirándola a más no poder contra los estudiantes igualmente armados.

Mientras corríamos para evitar ser alcanzados por las piedras, también íbamos en pos de afianzarnos una, siempre con los ojos bien abiertos hacia el frente, y devolvérselas con la esperanza de pegar en el blanco y neutralizarlos, aunque fuera uno por uno.

Llegó una primer caja de molotovs, que los compas de derecho, economía y otros estaban preparando: gasolina, aceite de carro, jabón en polvo y el respectivo trapito encendedor. Se acabó la primera caja de aguas con molotovs. A correr. Llegó la segunda. La Chabe, tan linda como era, decidió que la antorcha nos serviría de encendedor, en lugar de que le pusiéramos fuego a una por una, era mejor prenderle fuego a todas para que, según ella, sólo tomáramos y tiráramos. Y por supuesto algunos que estábamos alrededor nos salvamos de quemarnos. Ese momento de confusión y de mucho humo gris y negro fue aprovechado por la policía para avanzar contra nosotros, logró hacer que nos replegáramos al interior de la universidad con una andanada de bombas de gas lacrimógeno.

Ya no éramos un grupito.

Y aunque volando, iban y venían de un lado y otro de la Petapa, no teníamos más piedras. Aquél compa que entonces trabajaba en la oficina de derechos humanos del arzobispado, tomó el pickup de su oficina y junto a otros iniciaron a romper los blocks de la construcción que hoy es el parqueo que está a la par de la piscina. Tomamos cuanto material pudiera convertirse en proyectil. El pickup iba y venía al frente de batalla atiborrado y eso nos permitió mantenernos frente a los policías.

Nos quedamos sin gasolina y nos tocó a un par ir a traerla, es decir, en esas condiciones atravesar la Petapa, evadir a la policia en la ida y en la venida, y que además de despacharnos en la gasolinera, nos la regalaran. Al hacerle la amable solicitud a la administradora del negocio, asustada pero quizá ya habituada, nos ofreció toda la gasolina del mundo, pero que por favor las llantas y barricadas las pusiéramos lo más lejos posible de las bombas.

La logística fue sorprendente, en poco tiempo tuvimos a disposición tanta piedra, que logramos armar tres filas del ancho de los dos carriles de la salida de la Usac a la Petapa. Nos coordinamos para lanzar piedras, después de varias pasadas, logramos sacar corriendo a los policías en desbandada. Retomamos la Petapa.

Al retomarla, lo maravilloso fue ver cuánta gente se había sumado a la lucha de los estudiantes. Obreros, oficinistas, trabajadores de los alrededores junto con profesores y trabajadores de la Usac corríamos detrás de los policías en fuga de la furia popular. Testimonio de esas jornadas de lucha quedaron estampadas en el mural del edificio de Bienestar Estudiantil, tomadas de las fotos de los diarios de entonces.

Como el Negro no podía dar declaraciones a la prensa, por ser un personaje público podía ser reconocido tras la capucha, me pidió que yo enfrentara a la imágenes.

En un momento de la pausa, en medio de la batalla urbana, hijo dependiente que era, tuve que llamar a mi madre para avisarle que estaba bien, que no se preocupara, que no había podido llegar a almorzar, pero que iba a llegar más tarde. La llamé de uno de los teléfonos públicos de la Petapa. “Ya te me venís a la casa, dejá de estar metiéndote en babosadas, patojo cerote. Sos mi hijo y te reconozco vestido o desnudo, aquí y en la Conchinchina. Yo te parí y te crié, tu voz me es inconfundible. Soy tu madre, cabrón”

Ese día terminé con un hondazo en las costillas. El brazo me lo quebré en mi casa cuando tocó salir despepitados porque algunos de los reporteros nos metieron miedo que el ejército estaba en camino con tanques y con la orden de tomar la Usac. Corrimos con la Chabe a vaciar la Nave.

En el medio del todo, mi misión era cuidar, incluso de sí mismo, a uno de los dirigentes de educación media, quien tenía ya precio sobre su cabeza. Había ensartado un pupitre en el vidrio delantero de una radiopatrulla, la cual fue exhibida por muchos días en el palacio del ministerio de gobernación. Antes de ir al hospital a enyesarme, fuimos a depositar en un lugar seguro al colocho**, estudiante perseguido. Lo dejamos en el albergue que había habilitado el sindicalista Robles, el Cami. Pudimos sacarlo a Canadá.

Mucha agua ha corrido desde entonces y hoy nos encontramos con una coyuntura inédita, pero con muchas referencias a ese pasado.

Un homenaje a toda esa bandada estudiantil que hoy se encuentra dispersa alrededor del mundo. Para los que no se torcieron, ni venían torcidos, mi homenaje en mi recuerdo. Para los traidores, la sangre de los mártires se recordará por siempre de todos y cada uno y una de ustedes…

* un tipo de hule, rubio
** pelo ondulado

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