máscara

Cristina Figueroa Opinión

Nacemos en un mundo en el que nuestro futuro parece estar escrito por un gen fantasioso. Todo lo creemos, amar es fácil y las ilusiones son infinitas. A nuestros sueños los cargan colores y emociones desbordadas. La alegría es nuestro sello y nuestra identificación.

Un dígito se suma, el mundo se nos rompe un poco y la mayor parte del tiempo, nuestro cerebro ya no puede con lo que sentimos. La decepción se vuelve importante y el dolor también. Algunos más dramáticos que otros, pero siempre nos acobardamos ante la idea de seguir sufriendo un poco más. ¿Cuál es el punto? nos repetimos y repetimos y repetimos, sin entender que solo estamos aprendiendo a ser fuertes, que darnos de cara contra la realidad nunca puede ser un golpe suave y que el acero no se adhiere sin ardor.

Felicidad, es una palabra intensa aunque cabizbaja. Nuestros sueños ya son distintos, tal vez quisiéramos cambiar el mundo, pero eso se va muy rápido cuando nos damos cuenta de que en él, hasta la muerte pasa desapercibida después de unos días.

¿Cuál es el punto? ya nadie se pregunta, pues preguntar ya perdió el sentido.

Crecemos, aceptamos. Crecer es aceptar nos decimos mientras dormimos. El descanso es un regalo y la soledad es cuestión de paranoia. Nos atamos a una rutina gris y opaca. Dejamos que nos consuma el vértigo, la conformidad y la rectitud. ¿Para qué tener sueños, si nadie los va a cumplir por nosotros? La ilusión está muerta en la memoria; y la fantasía es solo una ilustración en un libro para pintar.

Reactivamos el ciclo en nuestra descendencia y esperamos. Esperamos a que no suceda lo mismo, a que se encuentre la forma de arreglar la rueda, a que el mundo escuche, a que las ideas sucedan. Pero no podemos enseñar algo que nunca experimentamos y nuestra ayuda es vaga; somos una base fuerte pero delgada. Tal vez algún día sepamos crecer, es el consuelo de las mañanas.

Andamos más despacio, observamos sin decir nada. Nos reímos de las vibraciones y los encantos. Notamos que el éxito perdió su chiste hace cientos de años y que es mejor volver a marcar nuestra presencia con sellos de un dígito. El arrepentimiento, es el firmante de nuestras cartas, la oscuridad se engloba ante una visión arcaica.

Morimos sin tropezar, solo morimos. Una historia millones de anexos, rutinas, mapas, esquemas, ideas, estructuras, matices, oleadas; mentiras, puras mentiras.

Tanto que vino antes de morir, tanto que hicimos para no llegar. Pero es lo que sucede por lo ya acontecido;  tanto fue, tanto se amontonó en nuestras nubes que en ningún punto nos preguntamos si alguna vez alguien supo, si alguien tuvo alguna idea o algún destello, si alguien chocó su frente con la nuestra y se detuvo a admirar eso que nos hacía falta; esa imagen descriptiva, transparente y clara de lo que alguna vez fuimos debajo de cada excusa innecesaria.

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