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Juan Pablo Romero/ Opinión/

Durante los últimos 10 años de mi vida he experimentado un proceso intenso y profundo de transformación social, moral y política en cuanto a estar y cooperar con la gente. Desde que inicié mi servicio a la niñez y juventud guatemalteca, la solidaridad y el respeto a las diferencias se han consolidado y fortalecido. Entre tanta indiferencia e injusticia social, he podido mantener mi espíritu libre y atento para convertirme en un sensibilizador social responsable y sumergido completamente en la construcción de una sociedad más justa, equitativa y creativa, le puse un nombre a este proceso: Los Patojos, Sueños e ideas en acción.

La proyección social o el voluntariado para mí y los que me rodean, es un estilo de vida, además un compromiso con nuestra patria.

Recientemente me ha llamado muchísimo la atención la impresionante cantidad de jóvenes (en su mayoría estudiantes de universidades privadas), que han adoptado este proceso tan serio e importante como una simple moda, superficial y hasta de forma irrespetuosa.

Hacer voluntariado es “re cool” dicen algunos, “ala qué chilero” dicen otros mientras sacan sus teléfonos inteligentes de miles de quetzales (que por cierto, imaginen qué podría hacer el niño o niña “pobre” con esa plata) para tomarse una foto y luego publicarla en sus redes sociales, pretendiendo proyectar una imagen de joven responsable o solidario. Yo creo que es válido, pero al mismo tiempo es una falta de respeto a la persona que vive en condiciones distintas y una muestra clara de lo ineficiente y absurdo que es nuestro sistema educativo.

¿Desde cuándo el sufrimiento, el dolor, la injusticia social o la descomposición social es chilera o cool, o se reduce con punteos de clases universitarias?

Mi intención no es ser pesimista, ni denigrar el esfuerzo honesto de muchos que a lo mejor de vez en cuando se proyectan valiente y amorosamente. Sino al contrario, felicitar a aquellos y aquellas que diariamente intentan mejorar sus vidas y la de los demás basándose en el respeto, coherencia y realidades distintas de los contextos de nuestra patria.

La transformación social de este país sucede y será posible, una vez nuestra niñez y juventud este informada, escuche, pregunte y sea activa; cuando pueda comprender  que para estar con los demás también hay que estar con una o uno mismo, que no es cool, que no es chilero, sino necesario y jodido sin caer jamás en la victimización, por supuesto. Que en las clases universitarias se eduque con empatía fundamentada en el amor y cuidado absoluto a la vida, y que no se reduzca a una insignificante foto publicada en las redes sociales, que en lugar de inspirar, solamente visibiliza el desconocimiento y la indiferencia de las realidades sociales de este país y del mundo.

Todos tenemos las mismas 24 horas en el día, vivimos diferente y venimos de distintos contextos sociales, pero a pesar de los pesares, tenemos las mismas capacidades de soñar.

Seamos una juventud más solidaria, mejor informada y proyectemos nuestra intención de mejorar la vida responsable y consecuentemente.  Así entonces, a lo mejor sí podría ser “chilero”.

 

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