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Denise Phé-Funchal/

Hace algunos meses mi buen amigo Francisco Juárez me pidió un texto sobre los escritores que me influenciaron y que me llevaron por el camino de las letras, especialmente por el camino de escribir.

Me decía Francisco que en el texto se valía hablar de aquellos que se meten tan dentro en el alma que uno no puede dejar de volver a ellos, de los que imitamos al animarnos a hacer los primeros cuentos, pero para mí, sin lugar a dudas, solamente había un nombre, una influencia certera: Rafael Menjívar Ochoa, el escritor nacido en El Salvador, el escritor que vivió 23 años en México, el escritor con más de 20 libros publicados y muchos más que quizás nunca lleguen a los lectores. En ese momento, cuando Francisco me pidió el texto, no pude escribir sobre Rafa –algo dolía y no sé qué era- y le propuse enviarle el texto para -o luego de- el tercer aniversario de la muerte de Rafael, que fue justo hace unos días, el 27 de abril.

Conocí a Rafael en el año 2006 durante la feria del libro. Unas semanas antes, había encontrado en un diario una convocatoria para un taller con él. He de reconocer que jamás había escuchado hablar de Rafa, seguramente por esta maña mía de seguir leyendo casi exclusivamente el siglo XIX.

Tampoco puedo decir que me considerara a mí misma como “escritora”, es decir, no tenía aspiraciones de publicación, ni conocía personalmente a ningún escritor guatemalteco. Lo que tenía entre pecho y espalda era una necesidad increíble de contar, de escribir. Una necesidad que había aprisionado mucho tiempo, desde la muerte de mi madre que era la persona para la que yo escribía. Así, habían pasado casi 11 años de no tener más que cuadernos llenos de ideas, fragmentos de historias, uno que otro cuento terminado pero nunca corregido. Pero esa necesidad de escribir, de contar, era incontenible.

Un par de meses antes de conocer a Rafael, había asistido a un taller de escritura del que salí francamente decepcionada: me animé a ir a un par de sesiones y fue terrible darme cuenta de que el tallerista estaba dispuesto solamente a validar a aquellos que escribían como él. Ese tipo de cosas no iban, ni van conmigo. Así que abandoné. Afortunadamente.

Me había prometido no volver a poner un pie en un taller. Había jurado arreglármelas sola para encontrar una forma de contar mi historias sin imitar a los que amo, a los que leo y por supuesto, sin comenzar a escribir para agradar a alguien más, a alguien que me “legitimara”. Pero algo pasó esa mañana mientras tomaba el café. Llegué a la página del diario en la que se anunciaba el taller. Leí detenidamente la convocatoria: había que enviar fragmentos de cuentos y el escritor seleccionaría los que le parecieran más interesantes. Era de cupo limitado, era dirigido por un escritor “consumado”, por un escritor que había sido traducido al francés, y sí, ese dato comenzó a seducir a mi yo burgués, pero definitivamente lo que más me gustó de todo fue el nombre del escritor: Rafael Menjívar Ochoa.

Podrá parecer ingenuo, pero creo que la sonoridad del nombre dice mucho sobre quien lo lleva, sobre el ritmo y la esencia de su alma, y cómo resistirse a la tentación de conocer a alguien con ese nombre: Rafael Menjívar Ochoa (Rafa se reía mucho con esta historia, pero le gustaba).

Así que envié fragmentos de los textos –entre estos Chapstick- y un par de semanas después, encontré en mi correo la invitación de Alfaguara (que había convocado y coordinado el taller) para asistir. Ahhhh no puedo dejar de sentir de nuevo la alegría que me dio recibir el correo, de alguna manera sabía que había encontrado a la persona indicada. Alguien con ese nombre no podía mentir.

Conocí a Rafa una tarde al final de julio. Estaba sentado fumando en medio de toda la gente, tenía esa mirada que muchos tachaban de desafiante, de prepotente, pero que en realidad era la mirada de quien espera ser sorprendido. Podría alargarme y describir los días en el taller, la gente que se sintió ofendida por la crudeza de su opinión y que no volvió, pero no lo haré, eso lo guardo para mí.

Prefiero volver al tema que me propuso Francisco hace unos meses, el escritor que me inspiró, que me influenció lo suficiente para hacer que me lanzara a esta santa o endemoniada locura de escribir. Basta entonces decir que de ese primer taller nació algo muy importante en mi vida: la presencia constante de Rafa en ella, incluso después de su muerte.

Cada relación entre un escritor “consumado” (sea lo que sea que eso signifique) y uno “nuevo” (sea lo que sea que eso signifique) es distinta. Eso lo sé porque cada una de las que Rafael tenía con la gente de la Casa del Escritor –taller que él dirigía en El Salvador y que ha dado frutos maravillosos- era diferente a la que tuvo conmigo. Aunque algunos libros y películas que Rafa me recomendó para aprender algo sobre un punto, una cosita de la narración coincidían con las recomendaciones que había dado a otros, por lo general cada uno vio con él películas distintas, cada uno leyó los libros que necesitaba para sus procesos de escritura. Todos somos distintos, ninguno de nosotros tiene una forma de hacer poesía, una forma de contar que sea similar.

Rafael respetó siempre esas diferencias, más que eso, las disfrutó porque a cada uno le pudo enseñar algo distinto, porque con cada uno pudo exorcizar recuerdos diferentes de su vida, porque las pláticas acerca de todo (y en las que la literatura no era el tema principal, al menos no de manera evidente) eran incomparables. Conmigo hablaba de astrología y de cocina, de la relación con la madre y la importancia de tener un perro en la vida. Hablaba de Sinatra y de cumbias, de Acapulco y sus novias, de la interpretación de los sueños y de la música de la lluvia.

Más allá de enseñarme sobre literatura, sobre esa literatura impresa y reconocida, sobre la que se escribe en serio o como práctica, Rafael Menjívar Ochoa me enseñó sobre la vida. Rafa me rescató de amores que me dejaron en pedazos, me enseñó a hacer una maravillosa pasta con camarones, reavivó mi amor por el mole. Rafa me enseñó que no debía sentirme avergonzada por mi falta de filtro, que al contrario eso es algo bueno, algo raro, algo que me alejaría de la condescendencia, del intercambio de medallitas de comunión.

Probablemente sin Rafael yo no estaría acá, nadie me pediría que escriba nada sobre nada. Quizá sin él mis libros no existirían, seguramente seguiría escribiendo pero nadie, a parte de mi hermano Marcelo, me leería. Rafa me enseñó que escribir es como la escultura, que es un oficio que requiere disciplina, volver y limpiar y volver y limpiar hasta que la historia cobre vida y se escape de mis manos. Rafa me enseñó a ser dios y dejar que mis personajes tengan vida propia, me enseñó a ser el diablo que cuestiona todo y que es el árbitro perfecto que ayuda a decidir si los textos son sólo práctica o si en verdad valen le pena. Rafael me dio las armas para buscar mi propia voz: jamás me dijo cómo era, sólo dónde buscarla. Rafa me enseñó que lo esencial, lo necesario, es juntarse con los “iguales” (esos que son iguales y que son completamente diferentes), que solamente entre ellos se encuentra paz, que solamente en ellos uno puede confiar.

Rafael, a quien no le gustaban los títulos, se ganó el de Master Jedi (y de mi lo aceptaba, incluso me llamaba “mi pequeño Padawan”). Se ganó el título que se da solamente a aquellos que nos enseñan sobre la vida, que nos hacen ver la literatura como un ente independiente, vivo, que no nos pertenece, que nos muestra la decadencia y la belleza humana, incluyendo la propia.

El sepelio de los muertos de T.S. Eliot fue el primer poema que Rafael leyó para mí. Abril es el mes más cruel, son las palabras con las que inicia. Rafa tenía que morir en abril, no podía ser de otra manera…

dhelia

Denise Phé-Funchal (Guatemala, 1977)

Escritora y socióloga.

Ha publicado la novela Las Flores (F&G Editores, 2007),  el poemario Manual del Mundo Paraíso (Catafixia Editores, 2010) y el libro de cuentos Buenas Costumbres (F&G Editores, 2011). Algunos de sus cuentos fueron publicados en Sin Casaca (Centro de Cultura Española, Guatemala, 2008), Región (Interzona Editora, Argentina, 2011), Memorias de la casa (narradores) (Índole Editores, El Salvador, 2012) y Ni hermosa ni maldita (Alfaguara, Guatemala 2012). Sus poemas aparecen en las antologías Poesía para todos (Óscar de León Palacios, Guatemala, 2011) y Memorias de La Casa (Índole Editores, El Salvador, 2011).Escritora y socióloga.

Formó parte del taller de Casa del Escritor –El Salvador, bajo la dirección del escritor Rafael Menjívar Ochoa (1959-2011).

www.lamaleta.blogspot.com

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