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José Ochoa / Opinión /

Trato de comprender la rabia, la furia para que tres personas decidan asesinar a doce por burlarse de sus creencias. Tal vez habrá a quienes les parece normal la reacción. Puede que, de tanto ver la tele, se cree que medio oriente solo produce terroristas, petróleo y mujeres escondidas en trapos. Poco ayudan vídeos de agencia noticiosas donde se muestra a una región que siempre parece estar en guerra, llena de polvo y balas.

En Guatemala, en América Latina -tal vez-, somos ajenos al Islam. Para esta sociedad, la religión de Mahoma es desconocida, pero la barbarie no. Hombres decapitados, mujeres asesinadas, niños que disparan a buses y niñas que son violadas. Lo sanguinario es común en la región y las reacciones desproporcionadas –fanáticas- son usuales, mientras que los motivos para que sucedan son cada vez más absurdos.

Perturba que la sociedad guatemalteca tolere que a una chica de 14 años la quemen hasta la muerte por suponer que disparó a un piloto de tuc-tuc. Para qué presumir de un sistema de justicia, tratando de distinguir modernidad ante los jihaditas, cuando el país también tiene notables menciones honoríficas si de barbarie se trata. Basta con leer las primeras páginas de un Nuestro Diario. La violencia tiene causas absurdas.

El deporte tampoco se queda atrás. A Kevin Díaz, por ejemplo, lo mataron porque creía que Comunicaciones era mejor que Municipal, y por eso lucía una camiseta blanca al momento en que fue atacado por aficionados vestidos de rojo. En Argentina, las disputas entre barras bravas son continuas y sangrientas. España acaba de volver a la tierra al ver un aficionado muerto por un conflicto entre ‘ultras’.

Los episodios sangrientos dentro y fuera del campo reafirman que uno de los problemas de la ignorancia es la imposición.

Cuando se es incapaz de discutir, entender y reflexionar, se cae en la tendencia de negar todo lo demás e imponer una única versión. Ese, lamentablemente, es un mal mundial. El deporte tiene su tarea pendiente en tener seguidores, no aficionados.

Puede que en Guatemala nos parezca una provocación que Charlie Hebdo publique caricaturas de Mahoma. Tal vez porque aquí estamos acostumbrados a no tratar temas religiosos en las comidas familiares. Muchos menos a ver caricaturas que satiricen a Jesús o a la Virgen María. Pero sí vemos cómo Cash Luna, Otto Pérez Molina, Manuel Baldizón y la favorita Roxana Baldetti y más, aparecen en cientos de memes. Nos causa gracia. Algunas bromas demuestran ingenio mientras inducen a la crítica.

¿Es correcto que las personas mueran por hacer reír?

Es probable que aquí ya no se mate por ser de una religión distinta a la del otro y que -30 años después- leer un libro de Karl Marx no es sinónimo de sentencia de muerte. Burlarse del político de turno nos entregará retuits pero no amenazas de muerte. Y, sin embargo, tenemos una tarea pendiente con la discusión, somos una sociedad incapaz de debatir. Lo peor, nos seguimos matando, aún sin comprender que es difícil que la muerte tenga justificación alguna.

La gente no mata por su religión, el fútbol, el amor o la raza. La humanidad, cuando se encasilla en la ignorancia, tendrá reacciones fanáticas. Esto quedará en quienes cuentan con acceso a la educación y se jactan de ser inteligentes erradicar estereotipos, prejuicios y reflexionar.

Queda preguntarse: Y a mí ¿qué me vuelve fanático?

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Más: si leen inglés, estos artículos de opinión en el New York Times y el Telegraph aportan otras perspectivas interesantes.

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