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José Ochoa / Opinión /

Hace unas semanas caminé ocho cuadras. Fue desde el Obelisco hacia Fontabella, en la zona 10. Lo hice por la Reforma hasta tomar la 12 calle en dirección a la cuarta avenida, donde está el centro comercial.

Me tardé quizás 20 minutos. Y en esos 20 minutos vi a tres mujeres distintas en la calle ser acosadas. “Mi amor” o “preciosa”, todos acompañados de algún sonidito con la boca y una mirada que pretendía quitarles la ropa a ellas, ropas que apenas dejaban destapados los brazos y los rostros. Todas, las tres, se quedaron calladas sin voltear la mirada, como acostumbradas o resignadas a ese abuso.

En las tres oportunidades identifiqué a los violentos y quise restregarles el rostro en el piso, pero luego recordé que evito la violencia y que seguro el restregado iba a ser yo. Me guardé esto por semanas. Me volví a dar cuenta, desde entonces, del “privilegio” que tengo sólo por nacer hombre, y la desgracia que tienen muchas sólo por ser mujeres.

Caminen ocho cuadras y díganme si no necesitamos feminismo.

Me enoja escribir esto. Enoja más que siga pasando. Después de compartir esta historia, varias amigas me escribieron para confirmar que no son sólo tres, sino varias, ellas, las que en sus trabajos, la calle y hasta familia se llevan los piropos que nadie quiere y a la mayoría ofenden.

No funciona, hombres heterosexuales. En serio les digo que no funciona y, sobre todo, no debemos intentar “conquistar” desde los piropos. Porque las mujeres ni son conquista. Tampoco les alegramos el día atentando contra su intimidad e individualidad.

Imaginen mi frustración cuando trato de decirle a extraños que dejen de estar acosando, pero es un riesgo porque también pongo en peligro mi vida. Es peor para ellas, quienes ademas lo sufren y son incluso más atacadas cuando hacen frente al abuso. “¿Qué preferís, Que te insulte?“, le dijeron a alguien que conozco, como si las alternativas fueran o recibir “cariño” o maltrato.

Me queda claro, sí, que lo que podemos comenzar a hacer es denunciarlo.

Cada una de esas experiencias hay que contarlas y difundirlas. Que se enteren, todas y todos, que el acoso es una forma de violencia hacia la mujer, y que estás mal, terrible, cada vez que le clavás la mirada a una mujer mientras silbás. Además de lo ridículo que te ves.

Sólo falta que los mismos hombres que lo hacen son aquellos que, celosos, registran los teléfonos de las novias y prohíben cualquier contacto con algún otro hombre.

Necesitamos esas dosis de feminismo para apartar la violencia, el acoso, reconstruir los géneros y que todos y todas ganemos con la libertad de ser quien somos, sin el acoso o abuso de los retrógrados de la calle y de la vida.

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