Fátima Aracely López Pinto –
“Estoy sobreviviendo a base de café.”
“No he parado en toda la semana.”
“No he dormido nada.”
Frases como estas se escuchan todos los días entre estudiantes y jóvenes. Lo más extraño es que ya no suenan como una queja, sino como algo de lo que sentirse orgulloso.
Vivimos en una sociedad donde estar agotado parece haberse convertido en símbolo de éxito. Mientras más ocupada esté una persona, más admiración revive. Dormir poco reinterpreta como disciplina, vivir estresado como ambición y trabajar hasta el límite como señal de que alguien “sí está haciendo algo con su vida”. Descansar ha pasado a segundo plano y muchas veces genera culpa.
Las redes sociales han intensificado aún más esta idea. TikTok e Instagram están llenos de rutinas imposibles y videos que promueven la disciplina extrema, en los que todo parece avanzar a un ritmo constante. Viajes, dinero, títulos, negocios, ejercicio. Poco a poco, muchos jóvenes empezaron a sentir que ya van tarde en la vida que apenas van empezando simplemente por no estar en el mismo ritmo de esos creadores de contenido.
Y ahí empieza una competencia silenciosa. Personas de veinte años sintiéndose fracasadas porque aún no tiene estabilidad económica, porque no saben exactamente qué hacer con su futuro o porque no logran las expectativas que el internet las ha impuesto todos los días. Se nos olvida que cada persona vive procesos distintos y que no existe un único ritmo para crecer.
El problema es que detrás de toda esta cultura de productividad hay una generación mentalmente agotada. Jóvenes que sienten ansiedad por descansar, estudiantes que normalizan el estrés extremo y personas que creen que detenerse significa quedarse atrás. Muchas veces ni siquiera disfrutan el tiempo libre, porque la mente sigue atrapada en la necesidad de producir de manera constante.
Aunque parezca un problema individual, en realidad es algo muchísimo más profundo. El filósofo Byung-Chul Han habla de una sociedad en la que las personas ya no necesitan que alguien las obligue a producir o las explote, porque ellas mismas se exigen hasta el agotamiento. Vivimos en una época en la que el descanso pasa a segundo plano y siempre parece existir alguien mucho más exitoso, más productivo o más avanzado. Todo esto alimenta una comparación silenciosa haciendo que nos deshumanicemos intentando alcanzar expectativas imposibles y sintiéndonos culpables cuando nos volvemos vulnerables. Poco a poco, el nuestro bienestar dejó de ser prioridad y estar ocupados siempre se volvió la expectativa y la manera en demostrar un valor que no tiene sentido alguno.
La salud mental debería importar más que aparentar estar ocupados todo el tiempo. Porque, al final, ninguna meta vale la pena si para alcanzarla tenemos que autodestruirnos en el proceso. Descansar no debería dar culpa, ni avanzar a otro ritmo hacernos sentir menos. Cada persona tiene su ritmo, dificultades y su propia manera de construir su vida. El problema no es que las personas estén cansada, sino que la sociedad aprendió a admirar que tan rotos somos capaces de estar sin dejar de producir.
