Ceci era una niña de diez años aunque aparentemente tenía tres o cuatro años más. Era delgada y pequeña de estatura, y la única que entendía y hablaba español del grupo inseparable de cuatro hermanas; el resto habla un idioma maya que no estoy segura de poder identificar. Siendo la más grande de todas, a Ceci siempre la encontrabas sosteniendo la mano de Rebeca o Celina, las hermanas más pequeñas.

Cuando Rebeca llegó a vivir a la casa después de su adopción forzada -su madre había muerto de alguna enfermedad extraña-, quien asumió el rol de hermana protectora fue Ceci. Si Rebeca caía, quien corría a recogerla era ella; si Rebeca lloraba, quien la cargaba era ella.

Ceci era una dulzura de niña; un diamante en bruto.

La conocimos cuando apenas empezaba a caminar y la vimos crecer entre su timidez.  Cuando llegábamos de visita a la casa cercana a donde ellas vivían, las niñas se asomaban curisoas, como buscando algo.  Platicábamos y reíamos juntas, y siempre ingeniábamos algo que pudieran llevarse y compartir con el resto de hermanos.  Una vez incluso fuimos de compras con autorización de sus padres.  Zapatos y sudaderos para las niñas de la familia fue la compra del día, porque los hermanos grandes ya tenían; ellos son los únicos que pueden y van a la escuela.

De esos recuerdos que guardo en mi mente, recuerdo que hoy Ceci ya no está. Murió. Y murió por razones que ninguna niña debiera morir hoy en día. Una úlcera o un tumor y una familia que no supo manejar la enfermedad. Todos creíamos que ya se había recuperado después de aquella ocasión en que nos informaron que estaba en el hospital de Antigua por alguna causa desconocida. A pesar que después de esa ocasión, pocas veces volvió a correr porque se mareaba más seguido, su ternurna y sonrisa nunca la perdió.  En esa ocasión los doctores recomendaron un procedimiento médico para asegurar el diagnóstico.  Por razones que van desde el temor natural de un padre o madre, hasta el desconocimiento de lo que se estaba hablando, se decidió que no realizarían la intervención.

Nunca se supo cuáles habían sido las predicciones de los doctores y la enfermedad que deseaba descartar.  Eso sí, tres meses después de esa noche en el hospital, el corazón de Ceci ya no supo responder más.

Sin embargo, muchas de las personas que conocimos a Ceci tenemos la certeza que un gran culpable de la muerte de Ceci fue el desconocimiento. Desconocimiento de lo que un procedimiento médico implicaba y las ventajas de realizarlo. Hoy más que nunca comprendemos el término prevención.   Y educar en prevención es también un derecho de salud que le es negado diariamente a muchas niños y niñas del país.

Hoy es un buen día para recordar a Ceci, quien seguramente continúa regalándonos sonrisas detrás de los árboles.

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