Celeste Osorio
Actualmente, Guatemala tiene la tasa de desnutrición crónica infantil más alta en América Latina. Cuatro de cada diez niños menores de cinco años padecen desnutrición crónica en el área rural, mientras que las enfermedades crónicas se expanden con fuerza entre la población adulta urbana y, cada vez más, entre mujeres de todos los territorios. Este fenómeno es una manifestación de las desigualdades estructurales que organizan el acceso a los recursos en Guatemala. Comprender sus orígenes es el primer paso para transformarlas.
María, con 7 años, originaria de Sololá, quien no alcanza la altura y talla ideales para su edad no es víctima del descuido de sus papás. María se suma a los 46,5% de la población infantil con desnutrición en el país. La desnutrición crónica en el área rural no es únicamente debido a factores biológicos o domésticos, está relacionada a condiciones de vida históricamente limitadas, como el acceso restringido a terrenos fértiles, el escaso alcance de agua potable y saneamiento, el difícil acceso a los servicios de salud y la vulnerabilidad de la agricultura y economías rurales ante fenómenos climáticos como la sequía. En departamentos como Huehuetenango y Quiché, estas condiciones llegan a formar entornos donde quienes no tienen acceso a ciertos recursos o ingresos necesarios, no son capaces de mantener un estilo de vida saludable, una dieta balanceada, lo que ha hecho que la seguridad alimentaria se convierta en un lujo.
Al mismo tiempo, Juan José, albañil en la ciudad capital, que desarrolla diabetes tipo 2, que fue diagnosticado a los cuarenta años, tampoco paga las consecuencias de sus propias decisiones. Vive en una colonia donde el único comercio accesible es una tienda de abarrotes surtida de bebidas azucaradas y snacks ultraprocesados. Almuerza en el trabajo, lo que le cuesta menos de quince quetzales, lo que le permite un salario mínimo. Estas limitaciones, como el tiempo, los ingresos y el acceso a mercados con variedad de alimentos con buen valor nutricional, condicionan las decisiones cotidianas de millones de familias. Esto no es solo falta de educación nutricional, las condiciones del entorno social en que vivimos, construidas a lo largo del tiempo, determinan nuestros hábitos alimenticios antes de que podamos elegirlos conscientemente.
La malnutrición es un hecho social que refleja cómo una colectividad organiza o desorganiza su cohesión interna y el acceso equitativo a derechos inherentes como la salud o alimento. Este orden social contribuye a la desigualdad alimentaria. En el área rural, urge garantizar el acceso a la atención primaria en salud, e invertir en infraestructura básica que habilite condiciones mínimas para una seguridad alimentaria. En el área urbana, hay que regular de manera más efectiva el entorno alimentario, el etiquetado de productos, promover mercados y productos locales y la restricción del marketing agresivo de productos ultraprocesados dirigido a niños.
Este problema exige una intervención del Estado, voluntad política y capacidad para identificar las diferencias socioeconómicas de la población. Ver el plato vacío de un niño en la región del interior y la enfermedad crónica de un adulto en la ciudad como consecuencias de la malnutrición es el punto de partida para transformar la realidad guatemalteca actual. La solución no depende únicamente de cambiar hábitos alimenticios desde los hogares, sino también de mejorar nuestro entorno reduciendo estas desigualdades, de mejorar la educación nutricional en las escuelas y de garantizar condiciones alimentarias dignas para toda la población. Al final, como guatemaltecos, ¿cómo podemos aspirar al desarrollo si la gran parte de nuestra población crece entre el hambre y la malnutrición?
