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Ana Raquel Aquino / Opinión /

De chiquita me acuerdo haber escuchado la historia de un conocido de mi abuelo que por estafas en su empresa, “lo llegó a perder todo”.  Yo tendría unos 6 ó 7 en ese entonces y nunca supe exactamente qué quería decir él con la expresión “perderlo todo” -es que es subjetivo-. Fui creciendo, y el relato se me quedó grabado como uno de los recuerdo de la infancia donde aprendí que hacer negocios era “peligroso”.

Un día, felicitando a una amiga del colegio que había hecho la confirmación en la Iglesia Cristo Rey, nos encontramos con mi mamá a la esposa de ese señor “que lo había perdido todo” por haber hecho un par de negocios “con personas malas”. La ahora ex esposa del señor (él está preso) se veía triste y sus hijos muy serios. No recuerdo mucho tampoco ese encuentro pero me acuerdo de la sensación. A veces uno no recuerda los hechos solo el sentimiento que provocó.

¿Cómo será perderlo todo?

Cuando me enteré del deslizamiento y tragedia en El Cambray II, mi estómago automáticamente se revolvió. Pensé mil cosas, como si conociera a alguien que viviera allí o si podía hacer algo para ayudar. Empecé a leer noticias y era un bombardeo de fatídica información. Un muerto tras otro. Un mensaje de texto diciendo que estaban vivos abajo del polvo, como rehusándose a regresar a la tierra, evitando a la muerte que los tocaba por todos lados.

Mi asombro era latente, me rebasaba indignación. Y entonces se hizo presente el nudo que tengo en la garganta desde el abril pasado. Es el nudo que tengo desde la desmantelación del caso La Línea. Desde abril que no he podido tragar bien.

Entonces, me pegó fuerte. Pensé en los millones de quetzales robados, desaparecidos como por arte de magia; en todo el dinero que el Estado dejó de percibir que pudiese haber ayudado a estas personas ahora soterradas, tragadas por la montaña. No planificar el desarrollo de un municipio o ciudad también es corrupción.

Analicé cómo sería ver todas las casas bajo tierra, todos los cuerpos entre los escombros; todos los recuerdos de estas personas, enterrados para siempre. Me entristecí. Los niños sin papás y papás sin niños. Madres desconsoladas, sin razón para vivir. Visualicé todos los platos, ropa, fotos, camas, mascotas debajo de la tierra como una ciudad sepultada desde hace siglos. Imaginé cómo sería respirar tierra y sentir los pulmones llenos hasta que no queda más remedio que cerrar los ojos a causa del dolor y la asfixia. Y se van, como vinieron. Se van y regresan a la tierra, a donde todos vamos a retornar.

¿Cómo será perderlo todo?

Me admiré en los días siguientes de la ayuda, la unión, la solidaridad y la valentía de las personas que trabajan ahora en los escombros. Como dice Marta, Cambray es el crimen perfecto, sin culpables aparentes. “Con el riesgo anunciado, la tragedia es inevitable”. Ya sabemos lo que está mal, dicen que el Cambray es zona de riesgo desde 1998 y aun así la Municipalidad de Santa Catarina permitió la venta de lotes y la construcción de casas en el área, ¡¿por qué?!

Si el proyecto de teatro al aire libre del municipio se convierte en morgue de nada sirven las ventas de esos terrenos, de nada sirve el dinero. No garantizar la vida, cualquier vida, es delito. Sensibilizarnos es ciudadanía. Los problemas de la ciudad capital, de los municipios aledaños, de los departamentos son de todos, negarlo es retroceder y negarse a cambiar la realidad. Que el derrumbe de El Cambray sirva para arrasar con todas esas prácticas y políticas públicas obsoletas y burocráticas que no dejan nada más que dinero en la bolsa de algún funcionario público corrupto y una deuda que se paga con muertos.

Ahora las personas que vivían en El Cambray -en la colonia enterrada- deberán rehacer su vida. Así como así, de un día para el otro. Sin pertenencias propias, sin hogar, ni familiares; sin nada porque lo perdieron todo.

Perderlo todo por negligencia de un Estado. Perderlo todo y enterrar lo que pudo haber sido. Perderlo todo en un instante y que te cambie la vida por completo. Perderlo todo por falta de organización y previsión. Perderlo todo -y que nos de cólera- por pobreza. Perderlo todo por ignorar una realidad que nos ve de frente a diario. Perderlo todo y vivir con la impotencia y el nudo en la garganta. No nos hagamos los locos, sabemos que podemos volver a perderlo todo, con distintas personas en las mismas circunstancias.

¿Qué se siente perderlo todo sabiendo que pasará otra vez?

Ayer, Amílcar Montejo notificó vía Twitter que una mujer se había intentado suicidar en el puente El Obelisco, perdió a toda su familia en el Cambray. No la culpo. ¿Quién no hubiera hecho lo mismo?

* Esta columna está dedicada a todos los afectados y sobrevivientes por la tragedia del Cambray II; mis más sinceras condolencias. Las tragedias siempre traen consigo hermosas sorpresas. Mi entera solidaridad.

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Tic Times

siglo XXI

Siglo XXI

Sara Miranda (C) cries during the burial of her husband and three sons who were victims of Thursday's landslide, at the municipal cemetery in Santa Catarina Pinula municipality, some 15 km east of Guatemala City, on October 4, 2015. At least 89 people were killed when massive mudslides buried scores of homes on the outskirts of Guatemala's capital city, officials said Saturday, as the death toll continued to climb. AFP PHOTO / JOHAN ORDONEZ (Photo credit should read JOHAN ORDONEZ/AFP/Getty Images)
Sara Miranda (ahora viuda y sin sus tres hijos).

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