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Carlos Martínez / Opinión /

El título pareciera controversial en sí mismo, y sí, sería un error de mi parte tratar de tapar el sol con un dedo y pretender que en realidad no lo es. Por el contrario, me parece evidente que son temas que generalmente encienden la cólera de más de algún fanático religioso, o bien, el racionalismo de alguno que otro ateo pseudo-libertario.

Para la mayoría de personas, religión y política son dos tópicos que deben coexistir total y completamente separados el uno del otro, pues presuponen una aparente mala combinación. Sin embargo, siempre he mantenido una opinión disidente al respecto y voy a tratar de explicar por qué. Desde ya, es probable que alguien pueda sentirse escandalizado por el tema sobre el que he decidido escribir. Creo que es prudente que lean primero mi argumento, y traten de no prejuzgar sin antes analizar mi postura. Calma.

Previo a entrar “en materia”, por decirlo de alguna manera, quisiera empezar subrayando en que estoy de acuerdo, al cien por ciento con la separación que debe existir entre el Estado y la Iglesia. ¿Por qué? “Zapatero a tu zapato” dirían por ahí. Cada quién a lo que le corresponde.

La separación Iglesia-Estado está íntimamente relacionada con la libertad de culto: un derecho humano que se encuentra consagrado en diversos instrumentos legales internacionales, incluyendo la Declaración Universal de los Derechos Humanos – en el artículo 18 para ser más preciso -.

¿Qué pasaría si el Estado y la Iglesia no estuvieran separados? Seguramente, el caos.

Un Estado teocrático, al menos en el mundo occidental, es prácticamente inconcebible. Estaríamos retrocediendo cientos y cientos de años y se hubiese derramado en vano la sangre de aquellos grandes héroes de antaño que guiaron las conquistas sociales de la Ilustración, el Romanticismo y la Revolución Francesa.

En la Universidad me enseñaron que la norma religiosa y la norma jurídica contienen características distintas. Por un lado, la norma jurídica se encuentra revestida de coercibilidad e imperatividad. ¿Cómo así? Es decir, son normas de cumplimiento obligatorio. Nadie puede elegir si las cumple o no. Mientras que, por su parte, la norma religiosa no tiene relevancia jurídica alguna y no tiene ningún tipo de efecto legal. En algún momento podría argumentarse que la norma religiosa inspira la norma moral, que a su vez, es el fundamento de la norma jurídica. Y sí, estoy de acuerdo. Pero en general, reitero mi defensa de la separación que debe existir entre el Estado y la Iglesia. El Estado es laico, y así debería permanecer. Nada qué discutir de mi parte.

Habiendo aclarado el primer punto, quisiera enfatizar también que, aunque soy cristiano católico, cuando hablo de “cristianismo”hago referencia a todos aquellos que creemos en Jesús como Señor y Salvador, indistintamente. La fe cristiana en general.

Mil perdones si alguien que está leyendo esta columna profesa alguna otra religión. La verdad, este artículo va dirigido a todo aquel que se diga cristiano.

Después de este breve exordio, quisiera retomar mi tesis inicial. “Cristianismo y religión: la gran incoherencia.”

Tú, que te dices cristiano(a): ¿no te parece una gran incoherencia que Latinoamérica sea una de las regiones del mundo con más desigualdad social, pobreza, violencia y corrupción, siendo que alrededor del 90% de sus habitantes se dicen cristianos? ¿No te parece una gran incoherencia que Pinochet se decía cristiano? Más aún, ¿no te parece una gran incoherencia que Hitler se decía cristiano?

Trataré de aterrizar un poco más cerca, ¿no te parece una gran incoherencia que Alfonso Portillo – delincuente confeso – se diga cristiano? ¿O que Otto Pérez y Roxana Baldetti se digan cristianos? A mí sí. Me parece absurdo.

La gran problemática del cristiano del siglo XXI es que existe un divorcio entre lo que dice que cree y lo que hace. Esa gran incoherencia, ese divorcio entre fe y vida, es cada vez más evidente. Perdón, pero no me cabe en la cabeza que un cristiano se meta a política y sea corrupto. ¡Si  sos cristiano actuá como tal! O frío o caliente, “(…) porque a los tibios los vomitaré de mi boca” dice el Señor (Ap, 3:16). O sos cristiano o no sos cristiano. Así de fácil.

Muchas veces he escuchado a cristianos decir que no les interesa la política. ¡Que dilema! ¿no? Por un lado, el falso cristiano que se mete a política para robar. Y por otro, el verdadero cristiano que no se atreve a meterse a política por miedo.

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Guatemala atraviesa momentos difíciles. Históricamente, la clase política había tenido de rodillas a la población y la situación parecía irremediable. Pero, contra todo pronóstico, el hartazgo de la población llegó al límite y el pueblo se levantó de su sueño profundo. Las cosas han empezado a cambiar y la revolución pacífica que ha vivido el país en los últimos meses es un claro ejemplo de ello. Personalmente, considero que es el momento de actuar. Es el momento que los verdaderos cristianos salgamos de la trinchera en la que hemos estado metidos todo este tiempo, y demos testimonio de la luz de Cristo en el mundo.

Ahora bien, no estoy tratando de decir que todos los cristianos deben incursionar en política. Claro que no. No todos tienen madera de políticos y, definitivamente, todos los seres humanos jugamos roles distintos en la sociedad. Eso sí, si querés ser político, tenés que tener una vocación al servicio. Si te vas a meter a política es para servir, no para servirte.

Lo que quiero tratar de decir es que, si te llamas cristiano, entonces demostrale al mundo que lo sos. Que la gente vea en vos, algo que no ve en los demás. Es hora de llevar a Jesús a la escuela, al colegio, a la universidad, al trabajo, a la calle: llevarlo a todos lados. Pero hoy, más que nunca, la política necesita de verdaderos discípulos de Jesús. La política necesita de gente que no le de vergüenza decir que Jesús es su Señor y demostrarlo con actos.

No a la corrupción. No al engaño. No a la mentira. No al robo. No a la mezquindad. No a la avaricia. No al hambre de poder. Necesitamos gente de Dios, para un país que se dice de Dios.

¿Saben cuál es el problema? A los ateos les parece inconcebible que, en pleno siglo XXI, aún existan personas que no hayan sido capaces de “evolucionar” y sigan poniendo su esperanza en la idea de un Ser Supremo que los mismos seres humanos han construido en su mente. Un simple producto de la imaginación del hombre. Es común que se utilicen frases como: “Pobrecitos, la religión les lava la cabeza”. Y la frase anti-religiosa más famosa de la historia: “La religión es el opio del pueblo”.

¡La secularización de la sociedad y el rechazo al cristianismo es culpa de los mismos cristianos! Es nuestra culpa, por vivir una doble vida: por decir que creemos una cosa, y vivir como si creyéramos en otra totalmente diferente.

Con su permiso y, adaptando un poco la frase del maestro Facundo Cabral, me atrevo a decir que: “Si los ateos supieran lo buen negocio que es ser cristiano, fueran cristianos, aunque sea por negocio”. Mucha gente no rechazaría tanto a la religión, si la gente demostrara su fe con obras y diera testimonio de Jesús en su vida diaria.

Quisiera llamar a la reflexión a todo aquel que se diga seguidor de Jesús y le interese la política: tienen la obligación de involucrarse.

El mismo Señor fue claro: que seas cristiano, no significa que seas indiferente ante lo que pasa en el mapa político. ¿Qué dijo Jesús cuando los fariseos le preguntaron si debían pagar impuestos al Imperio Romano? Vos sabes la respuesta: “Dadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Cumplí con Dios, pero también cumplí con tu patria. Te aseguro que a Dios le agrada que ames a tu país. Sería bueno que te preguntaras: ¿no crees que Dios te dio la oportunidad de nacer en un país con mucha necesidad, para que vos hagas algo al respecto?

Ghandi dijo alguna vez: “Me gusta Jesús. Los que no me gustan son los cristianos”. Precisamente por eso, pensálo. Estudiá. Preparáte. Demostrale al mundo lo que significa ser cristiano.

Es hora de cambiar el chip y dejar de vivir en esa gran incoherencia.

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