Por: Marcelo Colussi /

La violencia que vive Guatemala no está sólo en la delincuencia, en las maras (los “malos de la película”), tal como la prensa nos acostumbró a verla. Está en una cultura que nos atraviesa a todos y todas. ¡Eso es lo que hay que cambiar! Matar unos cuantos delincuentes no es la solución.

Sólo para muestra veamos el siguiente ejemplo: un diplomático sueco, separado, cuyos dos hijos vivían en Estocolmo, trabajaba en Guatemala. El mayor de ellos, de 19 años de edad, decidió pasar las vacaciones aquí con su padre. Vino hablando muy bien el español; rápidamente se hizo de un grupo de amigos chapines. Luego de tres meses volvió a su país, pero al llegar allá, horrorizada la madre, lo mandó con un psiquiatra. ¿Qué había pasado con aquel muchacho?

Había tomado todas las conductas “normales” de su grupo.

En Suecia era un inadaptado; aquí no. En definitiva: ¿qué hacía? Lo que puede hacer aquí cualquier joven de esa edad de clase media: se embolaba y así, sin cinturón de seguridad, manejaba el carro que le había comprado su padre. La licencia de conducir la había “pisteado”. Pasaba los semáforos en rojo y hacía puyones en las calles, si lo paraba la policía, daba “mordida”.

Una vez estuvo en un linchamiento; él no golpeó al vapuleado, pero asintió la acción porque consideraba, igual que sus amigos, que “así se trata a un caco”.  Cuando de noche iba por el Centro de la Ciudad Capital, se divertía insultando a los travestis, dado que “no es de machos vestirse de mujer”.

En fin, empezó a ver como normales cosas que en su país jamás se le hubieran ocurrido. Por ejemplo: se hacía lustrar los zapatos con lustrabotas, en general niños, y casi siempre de origen maya. No sabía por qué, pero ante las “muladas” de algún amigo decía automáticamente: “¡Qué indio!”. Igualmente le era normal ver policías privados armados hasta los dientes por todos lados, en las iglesias como en los moteles, cosa que es totalmente incomprensible en otras latitudes. Así como que viajaran tres en el asiento para dos de una camioneta. Como muchos de sus amigos, tenía dos o tres novias. A una la dejó embarazada, pero se hizo el loco regresándose a su país convencido que la chava “se lo buscó por provocarlo”.

La violencia es infinitamente más que un ladrón en el semáforo: todo el ejemplo permite ver que la violencia es una construcción social, política, histórica, que termina por hacerse normal. Como se necesitan chivos expiatorios, ahí están los “mareros” como presuntos responsables de la violencia. Pero ¿dónde dejar la impunidad o la pobreza? ¿No es eso violencia?

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