Nathalia Sandoval

¿Te has detenido a pensar cuánto te quejas en un solo día? Se estima que una persona promedio se queja entre 15 y 30 veces diariamente. Ahora bien, ¿perteneces a ese grupo? Si la respuesta es sí, vale la pena reflexionar: ¿cuántas de esas quejas realmente intentas superar?, ¿qué haces con ellas?, ¿eres de las personas que únicamente expresan inconformidad o de quienes toman acción para generar un cambio?

Llevando esta idea a una realidad más grande, seguramente alguna vez has escuchado frases como: “Guatemala es un país lleno de corruptos”, “el gobierno no ayuda en nada” o “Guatemala no prospera por culpa de la corrupción”. Incluso, quizás tú mismo las has dicho. Sin embargo, la verdadera pregunta no es cuántas veces repetimos esas frases, sino qué estamos haciendo para cambiar aquello que tanto criticamos.

La victoria política de Bernardo Arévalo estuvo fuertemente influenciada por el impacto emocional y mediático de las redes sociales, donde la imagen del “candidato diferente” tuvo más fuerza que un análisis crítico de su verdadero plan de gobierno. En una sociedad cansada de la corrupción, gran parte de la población votó motivada por la narrativa viral del “cambio” y el simbolismo político que representaba. Plataformas como TikTok y X ayudaron a construir una figura idealizada de Arévalo como un político académico, moderado y distinto a la clase política tradicional, mediante mensajes emocionales y discursos contra “los corruptos”.

Durante su campaña, Arévalo prometió rescatar las instituciones públicas, fortalecer la economía, modernizar infraestructura y combatir frontalmente la corrupción. Su partido, Movimiento Semilla, presentó un plan enfocado en desarrollo social, inversión pública y fortalecimiento institucional. La realidad mostró otra perspectiva mostrando cómo continúan los problemas y no hay acción o cambio con estas. 

Esto refleja un problema más profundo dentro de la política guatemalteca: la creciente influencia de la popularidad digital sobre el análisis racional. Muchas personas terminaron votando por la imagen de un personaje político construido en redes sociales, sin evaluar profundamente la viabilidad económica de sus propuestas ni la capacidad administrativa de su equipo. 

Si somos personas que no se conforman con aquello que les incomoda y toman acción para cambiar aspectos de su vida cotidiana que les generan desacuerdo, ¿por qué no hacer lo mismo con los problemas que afectan a todo un país? Cada decisión que tomamos tiene consecuencias, y precisamente por eso debemos aprender de los errores del pasado para no repetir la historia. No permitamos que nuestros hijos y nietos sigan creciendo entre las mismas decepciones políticas y escuchando las mismas frases de inconformidad generación tras generación. Como guatemaltecos, no podemos acostumbrarnos a que jueguen con el futuro de nuestro país.

Quizás me quejé mucho a lo largo de este texto, pero la crítica nace del deseo de ver un verdadero cambio. Quiero finalizar con una reflexión: cambiemos el “¿por qué pasa esto?” por el “¿qué me enseña esto?”. Convirtámonos en ciudadanos conscientes, críticos e informados. Antes de votar, investiguemos, analicemos las propuestas y entendamos que una elección no debe basarse únicamente en emociones o en discursos virales.

Acercarnos a los puestos de votación sí hace la diferencia, porque el futuro de Guatemala también depende de las decisiones individuales de cada ciudadano. Recordemos que “pueblo unido…”.

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