Gabriela Maldonado/Opinión/

Esta es la segunda parte del artículo De Cristiana a Feminista.

Me sentí libre cuando finalmente le sonreí al cielo y le dije “adiós”. Eran varias las razones por las cuales tomaba la decisión; por sobretodo, era la inquietud que crecía dentro de mí por enfrentarme a la vida sin depender de Dios.

Y así, me sentí libre al renunciar a la fe cristiana. Libre de las demandas sobre mi cuerpo y mi moralidad. Libre de culpa y de ser juzgada. Libre para hacer lo que se me diera la regalada gana. Era el comienzo del verano y las posibilidades abundaban.

Me sentí libre pero de lo que aún no estaba consciente era de que existía dentro de mí otra clase de opresión, parte de una violencia más sutil pero profunda pues funciona a nivel personal, definiendo y delimitando nuestra existencia por dentro. No llegué a entender esa clase de violencia hasta años más tarde, cuando me encontré siendo soltera inesperadamente y me vi forzada a romper mi corazón hasta que se abriera.

Cuando la relación con mi pareja de dos años terminó sentí mi corazón romperse y los miedos que había tratado de esconder por años lograron escapar. Por un lado, con la excusa de que tenía novio y me sentía amada, había ocultado el miedo por enfrentarme a la vida yo sola. Me sentía insegura de lo que era capaz. Además, había tratado de llenar mi necesidad de crear conexiones profundas con otras personas a través de mi noviazgo pero eso no había sido suficiente. Ahora me aterraba estar sola.

En ese momento mensajes pseudo-espirituales y de auto-ayuda como “atrévete a ser tu misma; deja que fluya tu poder” no servían de mucho porque sentía que las rajaduras llegaban a lo profundo de mi alma y esos mensajes no me ayudaban a entender lo que me sucedía ni de donde sacar fuerzas para vivir completa.

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Llegué a una reunión de DOT después de varios meses de ignorar las invitaciones. Era un apartamento pequeño y nos acomodamos en la sala; algunas nos sentamos en sillas prestadas y otras en el piso. Mi intuición me decía que el feminismo, filosofía que anteriormente había descartado como innecesaria, tenía algo que ofrecerme.

DOT significa decolonizing ourselves together (descolonizandonos juntas) y el grupo había sido formado unos meses atrás cuando unas estudiantes universitarias y activistas decidieron que les hacía falta un espacio para hablar de sus experiencias como mujeres.

La conversación inició con una de las chicas leyendo un texto que definía el proceso de descolonización (1). Luego una frase de bell hooks:

El proceso comienza con cada mujer aceptando que las mujeres Americanas, sin excepción, son socializadas para ser racistas, clasistas, y sexistas, a distintos niveles, y que nombrarnos a nosotras mismas como feministas no cambia el hecho de que debemos de trabajar conscientemente para deshacernos del legado de la socialización negativa.

¿Sería posible que esto explicara lo que yo sentía estaba roto dentro de mí?

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El feminismo me dio un lenguaje y un contexto para entender mi experiencia, no solo como individuo sino como miembro de una categoría de género oprimida. Sí, mi corazón estaba herido pero no simplemente por la desilusión del amor perdido. Poco a poco llegue a comprender que mi dolor surgía de ideas sexistas que había internalizado durante mi vida.

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Como mujer podía sentir el peso de las limitaciones sociales sobre mí. Pero no sólo se trataba de de estructuras externas que me oprimían, sino que había dejado que esas estructuras colonizaran mis pensamientos y forma de ver el mundo. La opresión internalizada era parte del legado de la socialización negativa de la que hablaba Bell Hooks.

Desde pequeña me había sentía orgullosa de no ser como las demás niñas: no era chillona, no me daban miedo los ratones o las arañas, y no tenía problema alguno con ensuciarme al jugar afuera. Prefería juntarme con niños pues me parecía que eran más aventureros, menos complicados, y con ellos podía hablar de cosas complejas e interesantes. Al fin y al cabo, mis primeros juguetes favoritos fueron carritos de control remoto y micro machines. Pero apesar de eso no había escapado ser víctima de una socialización sexista.

Desde niñas se nos enseña a las mujeres que necesitamos a un hombre, “nuestra media naranja”, para ser completas y felices. Se nos enseña a valorarnos sólo en relación a nuestra pareja; que necesitamos de la aprobación masculina para ser validadas. De hecho mi preferencia por relacionarme con hombres reflejaba una creencia sutil de que ellos eran personas de mayor valor.

El sexismo nos enseña, tanto a hombres como a mujeres, que los hombres y la masculinidad son superiores y que las mujeres y la feminidad son frágiles e inferiores. Y así creamos nuestra vida basándonos en estas ideas. Mi rechazo hacia las mujeres también reflejaba ideas esencialistas sobre el género (e.j. “todas las mujeres son emocionales”; “todos los hombres son racionales”).

Además, el cristianismo había dañado profundamente mi habilidad de cuidarme y quererme a mí misma: me había enseñado que mi naturaleza era mala, que mi opinión no importaba, que debía desconfiar de mi cuerpo y mi sabiduría interna.

Las reuniones de DOT, donde abundaba la comida y la conversación crítica, me ayudaron a comenzar el proceso descolonización interna. Para esto fue necesario romper mi corazón un poco más, hacerlo vulnerable y honesto, para ver con claridad las formas en que el sexismo infectaba mis pensamientos. Al abrir mi corazón de esa manera pude comenzar a sanar mi alma, al dejar que nuevas ideas echaran raíz.

A través de este proceso llegué a comprender que mis miedos e inseguridades no eran evidencia de que yo estaba intrínsecamente rota o de que yo era naturalmente mala. No. Esos miedos eran las marcas que la violencia sexista había dejado dentro de mí. El feminismo me ha enseñado a verme de otra manera y desaprender todo lo que se me había enseñado sobre las mujeres y sobre mí misma.

Un par de meses después de asistir a mi primera reunión de DOT e inspirada por el nuevo despertar dentro de mí, escribí en mi diario:

Descubrirme a mí misma es descubrirme en relación a este mundo y sus estructuras de poder y opresión. No siempre he estado consciente de cómo he sido oprimida (marginalizada, limitada, restringida) por el espacio sociocultural que habito. Asimismo no me he dado cuenta de como yo he oprimido a otros al participar inconscientemente en esos espacios opresivos. Ahora mis ojos están abiertos.

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(1) El proceso de descolonización, como lo definen el grupo, es la decisión de despojarse de sexismo internalizado y otras actitudes contraproducentes. Es el proceso de examinarnos a nosotras mismas y ver claramente las maneras en las que el patriarcado, la supremacía blanca, y otros sistemas de dominación y, a su vez, sistemas de privilegio nos moldean social, cultural e interpersonalmente.

 

Fotografía por Marcelino Maldonado.

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